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Doctrina Espiritual

Llamada Universal a la Santidad

 

I. Llamamiento y modelo


a) El llamamiento a la santidad


Dios nos llama a que seamos santos, Dios nos ha puesto en el camino de la santidad, Dios desea que alcancemos esa santidad, y esto nos obliga a poner en santificarnos todo el corazón. Si nuestro corazón ha de estar en el cumplimiento de la voluntad divina, ha de estar en la santificación que Dios desea, y ha de estar con la gratitud, con la vigilancia, con la delicadeza, con la generosidad que exige la vocación divina, que, al fin y al cabo, es una infinita misericordia. Si por vocación somos santos, no podemos descansar hasta que hayamos realizado por entero esa vocación.

 


Antes de que nosotros existiéramos y antes de que hubiera sido creado el mundo, ya Dios nos escogió; es decir, Dios usó de predilección con nosotros, Nos escogió para que fuéramos santos e inmaculados en su acatamiento, El corazón de Dios tiene unos deseos infinitos de pureza y de santidad. Arrebatado de estos infinitos deseos de santidad y de pureza, eligió unas criaturas, nos eligió a nosotros para hacernos puros y santos, y saciar en nosotros sus anhelos de pureza y santidad.


Pureza aquí es una participación de la pureza infinita de Dios. Desea Dios que imitemos su infinita pureza, que participemos de ella, que no haya en nosotros nada que desdiga de ella, nada donde El no pueda pasar sus ojos divinos; y para ello quiere purificarnos de todo lo que nos mancha y de todo lo que le es desagradable.
Al afán de Dios nuestro Señor de hacernos santos e inmaculados en su divina presencia, por fuerza ha de responder el afán nuestro de vivir deshaciendo nos por adquirir esa pureza y santidad que Dio nos pide, o, mejor dicho, que Dios quiere otorgarnos

b) Puerta abierta para todas las almas

Dios nuestro Señor quiere que todas las almas progresen en la virtud, porque a todos dijo estas palabras: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, 0 sea, de santidad; aquellos que andan anhelosos de perfeccionarse en la virtud. A todos les dijo estas palabras: Aspirad a ser perfectos, coma vuestro Padre celestial es perfecto. Para todos dejó abierta, de par en par, la puerta de la sabiduría. Esa es inconcuso. Y no solamente abre la .puerta, sino que a todos ayuda y llama, y a todos quiere atraer, y en todos despierta esos deseos, que alguna vez sentimos que llama a nuestro corazón pidiéndonos esto. Pues, cuando Dios trabaja en nosotros de modo que por propia experiencia la sabemos, no podemos dudar de que ese camino es para nosotros.

 

Esta palabra de Cristo [sobre la necesidad de tomar la cruz] no fue una palabra dirigida a unas cuantas almas escogidas llamadas a una especial santidad también con especial vocación, sino que esta palabra era para todos, se dirigía a todas las almas, y era un bien que el Señor ofrenda a todos los corazones humanos.
Para todos, 'pues, es esta sentencia a todos conviene esta doctrina; y no hemos de establecer nosotros una categoría".  especial de personas a quienes ahora se dirija el Señor. Esas categorías de personas que a veces se establecen cuando se oven ciertas sentencias del Evangelio, sin tomar fundamento del mismo, Evangelio para distinguir así categorías, entre otros males, tiene el inconveniente de privarnos de frutos hermosísimos que recogeríamos si supiéramos agruparnos al auditorio del Señor.

Ese desprendimiento generoso de los bienes terrenos, ese aceptar con amor las humillaciones que Dios nos mande, ese arrostrar la persecución que suele padecerse cuando se quiere seguir las sendas del Evangelio, porque el mundo no deja en paz a quien no sigue sus caminos, todo esto se puede hacer, Esto es buscar la perfección. Será muy arduo, será dificilísimo para una naturaleza que está llena de malos hábitos, para quien no conozca bastante todavía la que vale la virtud y la que debe a Jesucristo; pero no es una cosa irrealizable. Los débiles, los cobardes, se quedarán atrás; pero las almas generosas, las a1mas iluminadas, pueden llegar ahí, y el ser alma generosa e iluminada está en nuestra mano, porque Dios nuestro Señor no niega a nadie la gracia para alcanzar la santidad.

Otros caminas no serán para nosotros, pero este camina de santidad es para todos, cualquiera que haya sido nuestra vida.

 

 c ) Hambre y sed de santidad

 

Esta es la condición de la virtud, despertar hambre y sed nueva de santidad. Por eso, mientras que en un alma vulgar el hambre y la sed de justicia es muy apagada, en las almas santas, esa hambre y sed es verdaderamente devoradora. Todavía esa hambre y sed pueden tomar proporciones inmensas cuando prenden en un alma apostólica, porque entonces no es sólo hambre y sed de santificarse a si misma, sino que es hambre y sed de santificar a los demás, de hacer que todos los hombres sean verdaderos hijos de Dios. Y  todavía por encima de ese grado que parece supremo hay otro.  Cuando un alma llega a un desengaño tan profundo de las cosas de la tierra, que puede decir que su corazón ha muerto a ellas, y no puede amar sino a Dios, siente un hambre y sed de cielo, es decir, de santidad consumada en la plena posesión de Dios en el cielo un hambre de la Vida Eterna, en la que está la verdadera santidad sin sombras y sin temores, que en su comparación todas las anteriores palidecen.


Conviene distinguir una doble hambre y una doble sed de las almas. Hay almas que son como el hijo pródigo: padecen de hambre y padecen de sed y van a saciar su hambre y su sed en las cosas creadas en las inmundicias .que les ofrecen las propias concupiscencias, en los propios deseos terrenos de su corazón. Y hay otra hambre y otra sed que no son coma las del hijo pródigo, sino que podemos compararías con el anhelo que sentía María Magdalena en el día de la resurrección cuando buscaba a su Maestro divino. La primer a hambre y la primera sed son una desgracia del corazón son una miseria del hombre, son un mal. La segunda hambre y la segunda sed son una dicha del hombre son una riqueza del corazón, son una bendición divina.
 
El que sabe cómo obra Dios en las almas, entiende muy bien n no sólo el que puedan compaginarse el hambre y la sed, sino el que esa misma sed y esa misma hambre sean una verdadera hartura. Este es el misterio de esos deseos de los santos, por una parte, atormentadores, y por otra parte, dulcísimos; por una parte, prueba y destierra y soledad, y por otra parte unión con Dios.


d ) Cristo, modelo divino de santidad

La santidad viviente, la santidad en concreto, es Cristo Jesús. Y, por consiguiente, todo el que aspire a la santidad tiene que ejercitar virtudes; si no se alcanzan, todo es ilusión, y, si se alcanzan, se tiene todo.

No hay vida de perfección sin El. Toda vida que vaya por otro camino no es vida de perfección. Este concepto es para todos.

Forjad en vuestro entendimiento todos los tipos de santidad que queráis; la que esos tipos de santidad tengan de común con el sentir de Cristo Jesús, será verdadero; la que no tengan de común con el sentir de Cristo Jesús, no es verdadero.

El camino de la santidad está abierto delante de mi siempre; en cualquiera disposición que me encuentre, siempre podré imitar los sentimientos de Jesucristo, unirme a El. ¿Que estoy sufriendo tentaciones? Procuraré vencerlas, coma El la hizo en el desierto. ¿Que estoy en una amarga desolación? Imitaré sus disposiciones al sufrir en la cruz el abandono del Padre celestial. ¿Que El permite que se me subleven las pasiones y me invada el tedio y la tristeza? Me uniré en su agonía en el huerto.

¿ Que me quiere llevar un momento al Tabor? Pues también al Tabor con Cristo Jesús.

Esta perfección sin término, en la cual debemos avanzar siempre hasta que llegue la eternidad, no ha de ser una perfección inventada por la torpeza de los hombres. Ha de ser la perfección evangélica, basada en la doctrina y en los divinos ejemplos de Jesús. Jesús es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. La senda que El nos mostró mientras vivió en este mundo es la que hemos de recorrer nosotros si queremos llegar al reino de Dios. No finjamos otra senda para la perfección, si no queremos engañarnos a nosotros mismos.

Si no se llega a la entrada de la imitación de Cristo, que es esta imitación de su santa pobreza y de su santa humillación, para desasirse y despojarse de todo a fin de vivir únicamente para Dios ; si no se hace esto y el corazón sigue prendido en las criaturas, se conseguirán ciertas virtudes y se evitarán ciertos pecados, pero la perfección y la santidad no se conseguirán .

II. Caminos múltiples, pero guía única

a) Múltiples formas de la santidad cristiana Aunque ciertos ras rasgos generales los han de tener todos los santos, porque todos han alcanzado la santidad, la forma concreta de la santidad de un santo no es la forma concreta de la santidad de otro ni aun dentro de la misma orden re1igiosa.


Todos los santos, por el hecho de serlo, pueden y aun deben hacer suya aquella pa1abra de San Pablo: Para mi, el vivir es Cristo (Phil 1,21), pero cada uno realiza

 estas palabras en una forma concreta que le es peculiar. Basta recordar a San Francisco y a San Bruno.
Dios nuestro Señor no es un artista humane pobre de ideas; tiene una sabiduría infinita, y cada vez que hace un santo rompe el molde para no hacer otro igual,

y se complace en que cada santo que El hace sea original­ no sea como otro. Cuando el Señor hizo a Santa Teresa, rompió el molde y luego formó una Santa Teresita, y lo volvió a romper.

Sabios o sencillos, ciertos o dudosos, contemplativos militantes, los santos no son más que matices de una misma santidad; la santidad de Cristo descompuesta en los prismas del amor santo.

Nos hemos de santificar de la manera a que Dios quiera por los caminos de santidad que Dios quiera de nosotros, por los modos que El nos lleve. La santidad nuestra no ha de ser la que nosotros queramos, sino la que quiera Dios.

b) Dios abre muchos caminos

Tiene Dios muchos caminos para llevar a las al­ mas.


Hay una manera de entender la vida espiritual de demasiado sistemática, que no reconoce ni la diversidad de las vocaciones, ni la diversidad de las circunstancias sino que quiere calcar en cada persona lo que se ha vista en un santo determinado. Almas que no conocen más que un camino de santificación, creen que porque ellas no conocen más que ese camino, no puede haber otro por donde las almas encuentren a Dios y se unan íntimamente con El.


Cada uno tal y como es, dentro de las circunstancias en que se encuentra, tiene que arreglarse de modo que consiga lo que Dios quiere de él. El fin es el mismo, los caminos nunca lo son, porque no hay dos personas que tengan un mismo camino en la vida por lo que toca a la consecución del reino de los cielos.

c) Clave de la santidad: el cumplimiento fiel de la voluntad divina

¿ En qué consiste la santidad? Podemos decir que consiste en vivir enteramente para Dios. Para santificarse hay que entender las palabras vivir para Dios en toda su amplitud, hay que corregir toda desviación del corazón, hay que mortificar todas las afecciones desordenadas, hay que ponerse de lleno en la voluntad de Dios. Y todo esto no se hace sino cuando se ha conseguido la desnudez espiritual.

Para santificarse es condición indispensable vivir en la verdad.

Hay en nosotros coma dos voluntades; una que podemos llamar superficial, que aparece al exterior, y que en las personas religiosas suele estar siempre dirigida hacia lo bueno, y otra voluntad profunda, que queda disimulada en lo hondo del corazón, que es mucho más fuerte y eficaz que la anterior, y que es la que en realidad gobierna nuestros deseos. A veces, ni nosotros mismos tenernos plena conciencia de dónde está puesta, de hacia dónde se dirige nuestra voluntad profunda, pero es necesario descubrirlo. Para ser santos es necesario que esta voluntad profunda esté puesta de veras en la santificación y nada más que en la santificación (VII 203).

Todos nosotros deseamos el reino no sólo por salvarnos, sino porque Dios reine con dominio absoluto. Esto es evidente. Pero este deseo, (es el fundamental? Al lado de ése, (no ha otros más o menos confesados, más o menos sutiles y misteriosos, pero que en realidad nos influyen y dirigen nuestra vida? ¿Noes a caso nuestro corazón, coma decía el Señor allá, en el sermón de la Montana,  un siervo que pretende servir a dos señores? A Dios, si, pero condicionalmente; no con una entrega total, sino con reservas; reservándose nuestra alma el maniobrar a su modo para conservar ciertos afectos, ciertos deseos que tiene en su corazón.
el examinarnos sinceramente, (podemos asegurar que no hay en el nuestro ninguno de ellos escondido y que subrepticiamente lo gobierne? Yo sólo sabría decir que, si eso fuera verdad, habríamos llegado a la cumbre de la santidad, porque la santidad es esa: la entrega total de un alma a Dios realizada, vivida. Y, si no, (por qué no hemos llegado a la cumbre de la santidad? Porque, junta al deseo del reino, hay otros que lo impurifican, que lo contienen para que no se desarrolle en toda su fuerza. (Cuáles? Cada alma los conoce. Pero, si no ha llegado a la santidad, es porque existen en ella, porque su voluntad escondida no está puesta de veras sólo en Dios.

La diferencia que hay entre una vida que es santa y otra que no lo es, es ésta: en las vidas de santas, la iniciativa la tenemos nosotros, y en las vidas santas la iniciativa es sólo de Dios. Dejarle a El la iniciativa siempre y en todas las cosas, plegarse y entregarse con dulzura, con alegría y con amor a esa iniciativa divina, es el gran secreto de la santificación.

La clave de toda santidad es el cumplimiento de la voluntad divina lo mismo en la vida del alma más sencilla que en la vida del alma más sublime y levantada.

El fin de mi vida no es adaptarme a las circunstancias del mundo, sino adaptarme a la lev de Dios.

Saber vivir coma al margen de ese rio interior, corno flotando sobre sus olas, es un secreta necesario para la santidad. El curso del rio lo traza Dios, y, a veces, el mismo Señor permite que nuestros enemigos vengan a enturbiar o a encrespar las olas. No está en nuestra mano el dirigir esa corriente por los caminos que más nos agraden, pero si está en nuestra mano el saber navegar sobre ella sin estrellarnos contra un escollo y sin caer en el abismo. En toda esa complejidad interior hay algo que importa y algo que tenernos que dejar pasar sin que nos cautive. Lo que importa es que cada onda de ese rio se convierta por nuestra voluntad, ayudada por la gracia del Señor, en glorificación divina y en mérito eterno. Lo que no importa es que nosotros sintamos unos u otros vaivenes. Si el alma vive con la única preocupación de esos vaivenes y sin levantar los ojos más arriba, se pierde. Si, en cambio, en todos los vaivenes sabe mirar al cielo, va atesorando méritos indecibles y va creciendo en el amor. La corriente, ora impetuosa, ora mansa, la llevará siempre a Dios.


d) En las circunstancias concretas de la prosa diaria


El mejor modo de santificarme es aprovechar en el momento presente lo que tengo a mi alcance para ejercitar virtudes, las virtudes que eso me exija, Y no solamente es el mejor medio de santificación, sino el único medio, porque ésta es la realidad de mi vida y aquí es donde se ha de decidir mi santificación o mi no santificación, y todo lo demás es sonar

El camino corto y sencillo para santificarnos, para imitar a Jesús, para acercarnos a Dios, es este camino de hacerlo todo bien, desde lo pequeño hasta lo gran de, desde lo más oculto hasta lo más publico, desde lo que es mas individual hasta lo que es muy colectivo , muy familiar o muy social. Hacer las cosas bien; es

decir, hacer las cosas guiados por el Espíritu del Señor, con la recta intención de seguir las santas inspiraciones de ese Espíritu: hacer las cosas bien, no buscándonos a nosotros en las cosas que hacemos, ni dando pábulo a nuestras pasiones, ni procurando satisfacer deseos dormidos de nuestro corazón, sino olvidándonos de ellas para buscar a Dios nuestro Señor ; hacer las cosas bien, o, lo que es igual, hacerlas en unión con Dios, porque lo mismo que se une la mente con Dios cuando está recogida en la oración, puede unirse cuando está en medio de su trabajo cotidiano, y, aun en medio de esos afanes y esos apremios que las circunstancias de la vida tienen muchas veces, hacer las cosas unidos a Dios, hacerlas bien; es decir, no hacerlas guiados por criterios humanos o por la prudencia de la carne y de la sangre, sino por la palabra del Señor, con fe en esa palabra, sin discutirla, sin pensar en las consecuencias que esa palabra puede tener: he cumplido la palabra del Señor, y esto me basta; .hacer las cosas bien, es decir, no hacer las cosas con solicitud inmoderada del éxito o del fracaso, con la solicitud inmoderada del provecho o del perjuicio, de la honra 0 de la deshonra, del gusto o del sacrificio, sino dejando aparte todas estas cosas, como quien se abandona en Dios, cumple la palabra divina y sigue las inspiraciones del  Espíritu Santo; en una palabra, mira únicamente a Dios.



La verdad es ésta: que sea el mundo como sea, en rodos los ambientes se pueden santificar las almas. Estará el mundo todo lo corrompido que queráis; pero, aun viviendo en el mundo, las almas se pueden santificar.



La santificación no es un tesoro que hay que buscar muy lejos, como dice la Sagrada Escritura hablando de la mujer fuerte, sino que está a nuestro alcance, a nuestro lado, dentro de nosotros mismos, porque toda ella se reduce a que convierta yo todo esto que veo en ocasiones de ejercitar virtudes viéndolo con ojos de fe.
Pónganme en el ambiente que me pongan, en las ocupaciones que quieran, entre las facilidades o las dificultades que se les antojen a los demás, siempre, si yo sé verlo todo con ojos de fe, me encontraré con una serie de medios que Dios me ha puesto en las manos para creer en la vida interior. Únicamente variará una cosa:
las virtudes que tendré que ejercitar.

 


e) El heroísmo de las virtudes perfectas

 


La santidad es una sola. Lo mismo en el apóstol que en el alma contemplativa, lo mismo en el que vive en suma pobreza que en el que posee bienes de este mundo, consiste únicamente en la perfección de la caridad, que se adquiere únicamente con la perfecta abnegación de si mismo.

 

La santidad consiste en un gran amor de Dios, pero con condiciones indispensables, sin las cuales la santidad o no existe o no es perfecta; por ejemplo, ciertas virtudes que a la naturaleza se le hacen muy difíciles, como, por ejemplo, la humildad, el desprecio de todas las cosas del mundo, la mortificación, la negación de si mismo, etc. La santidad sin esto es una santidad ilusoria, sonada; la santidad verdadera incluye todo esto;· no de una manera superficial, no contentándose con tener esas virtudes de cualquier modo, sino de suerte que signifique la posesión de estas virtudes de un modo generoso y perfecto.

 

El reino de los cielos es el reino de la santidad; la corona gloriosa de los santos, y el modo de conquistar lo es desplegar todos los heroísmos sobrenaturales y evangélicos que el mundo y las almas tibias califican de exagerados y excesivos. El heroísmo de nuestro Redentor se percibe en seguida aunque no hagamos más que recordar este su rasgo fundamental: El pudo redimir al mundo con una sola palabra, y quiso redimirlo con una abundancia indescriptible de humillaciones y sacrificios. Toda su vida está llena de virtudes heroicas desde el principio hasta el fin.

 

 f) Sin glosa, sin mutilaciones

 

Hay dos discreciones, una sobrenatural y divina y otra humana y natural. Ahora bien: ¿ qué diferencia hay entre un alma buena y corriente y un santo? Pues que esa alma buena está gobernada por la discreción natural, anda mirando y dando vueltas a «si podré o' no podré, si será conveniente o si no será conveniente», y la otra es un alma que, cerrando los ojos a todo eso, se abandona a la acción del Espíritu Santo para vivir puramente en espíritu de fe.

 

¿Qué es un santo? Un santo no es más que un alma que se ha fiado por entero de la palabra de Jesucristo y la ha tornado por única norma de su vida, sin glosas,
sin mutilaciones, sin interpretaciones humanas, tal como salió de los labios de Jesús y tal como suena en los oídos de las almas escogidas: esa es un santo.

 


Los santos, que sabían mirarlo todo con ojos de fe, no atendían en sus trabajes y en su ministerio al brillo que éstos puedan tener a la faz del mundo; no atendían a los aplausos de los hombres , no atendían a las consecuencias humanas que de esos trabajes podrían derivarse ; atendían iónicamente a Dios, aprendan únicamente a la sangre de Cristo, profanada en tantas almas.  El paso más difícil en el camino de la perfección es precisamente salir de las apariencias buenas para ponerse en el bien; desvanecer las ilusiones para ponerse en la verdad, Y ese paso hay que darlo, si no queremos que nuestros deseos de perfección sean un engaño
doloroso. Nos pasaremos la vida perorando de la perfección evangélica con los acentos más arrebatados; pero cada vez estaremos más lejos de la perfección.


Prácticamente, la gente que quiere servir a Dios no pierde la santidad por una caída gruesa, sino porque Satanás entra por medio de pequeñas infiltraciones, y
estas pequeñas infiltraciones rebajan el espíritu, quitan el jugo, desquician las virtudes; éste es el arte por el que consigue que almas llenas de deseos de santidad
no acaben de santificarse.          

 

III. Clases de santidad


a) Las santidades autenticas La santidad que más cuesta es la santidad más verdadera es la santidad que consiste en borrarse. Una vida santa, Pero borrada, es lo mismo que si el Señor hubiera ido pintando primorosamente en un cuadro una figura de santo, pero al mismo tiempo la hubiera ido borrando.

En la santidad suele haber dos cosas: algo escondido, secreto, y algo que sale al exterior, que se muestra a los ojos de todos. La santidad, fundamentalmente, consiste en el ejercicio heroico de las virtudes; pero unas veces esas virtudes heroicas están revestidas de tal manera en el exterior, que hieren la atención, atraen la mirada, roban el corazón de aquellos que las presencian; y otras veces, por la fuerza misma de las circunstancias, por la práctica de la humildad, por los designios de Dios, no llevan esas circunstancias exteriores, no tienen ese aspecto exterior. Por esa suele haber dos géneros de santidad: una santidad que es muy asequible para el vulgo de los hombres y otra santidad que es tanto.


Esta entrega total, filial, en complete abandono y en perfecto olvido de nosotros mismos, esto es centrarnos n la santidad y vivir centrados en la vida espiritual. Para esto no ha ce falta más que vivir en la santa oscuridad de la fe y en la perfecta abnegación. Asta será posible que lleguemos a ser santos y que no se entere nadie. Las santidades temibles son las santidades que se ven, porque es el que lleva un tesoro visible, que está expuesto a que lo roben; pero las santidades seguras son estas que esconde el Señor y que no las ve nadie.


La santificación de un alma muchas veces está en esa especie de desierto, en ese vivir siempre en la sombra, en una gran oscuridad, en una tierra sin flores, en una soledad que es hermosa, pero abrasada. A veces, el Señor quiere santificar a las almas en esa especie de pobreza interior. En saber vivir asta y quedarse en ese desierto está el paso decisivo para la propia santificación


Los santos siempre viven en el mundo en una soledad espantosa, mientras que los mundanos siempre tienen en torno suyo rumores de muchedumbres inmensas.


Los santos no se baten en retirada cuando arrecia el furor de la guerra contra el mismo ]Jesucristo para evitar el caer heridos o morir. La muerte para ellos siempre ha sido su ganancia y su corona.  Lo que hay que hacer es santificarse en la monotonía rutinaria de la vida, que es santificarse con una santidad que ni tiene nada de llamativo ni atrae la atención del mundo.


b) Las santidades sospechosas
Uno de los caminos por donde naufraga la santificación es el camino de la pesia. Sonar con que pueden acaecernos tales pruebas, sonar con que yo pueda llevar a cabo tal empresa, sonar con que yo me pueda encontrar en tales circunstancias ... , y es tan fácil! Pero por ahí naufraga la santidad. Nos mecemos en esos ensueños poéticos, esperando que por ahí despunte para nosotros el sol de nuestra santificación, y entre tanto tenemos la santificación en nuestras manos, en la prosa cotidiana de nuestra vida, viéndolo todo en Dios y aprovechándolo todo según Dios, y nos descuidamos, la perdemos de vista para seguir sonando.


Uno de los mayores enemigos que tiene la santificación de las almas son las santidades hipotéticas. Las santidades hipotéticas, por su misma naturaleza, no suelen realizarse. Deja el alma escapar la realidad que tiene delante, en la cual se debería santificar, y se echa a sonar con situaciones irreales, creyendo alucinadamente que en ellas se santificaría.

La santidad no consiste en ciertas prácticas devotas que exteriormente se hagan, la santidad no está en una vida exterior muy ordenada; eso es superfluo; todo lo más, secundario; la santidad está en las virtudes verdaderas; ni siquiera está en los sentimientos, sino en la manera como el alma reacciona cuando siente o no siente; si reacciona siempre según la virtud, según la perfección de las virtudes, entonces la santidad será verdadera, y la santidad verdadera tiene como características las grandes virtudes religiosas: la humildad, la pobreza, la perfecta abnegación, la completa obediencia, que es como la base y la piedra fundamental de la perfección; y sólo cuando esas virtudes llegan a ser virtudes puras con toda la perfección que el Evangelio les atribuye, entonces es cuando se está en justicia y santidad verdaderas.


Hay una gran diferencia entre el alma fervorosa, que se ha entregado de veras a Dios y que ve y busca a Dios en todo, y las almas tibias, amigas de si mismas. Las almas fervorosas tienen un instinto sobrenatural, una habilidad divina para encontrar a Dios en todo: en lo próspero y en lo adverso, en el amor y en el desamor de las criaturas, del que sacan el fruto de despegarse de ellas; en las alegrías, que miran como migajas que les caen de la mesa del Padre celestial, y en las lágrimas, porque saben unirlas con las de Jesús; en sus fervores, que son como un vuelo que las acerca a Dios, y en sus sequedades y desolaciones, que las unen con Jesús en el huerto de la agonía. Siempre encuentran a Dios, .nada hay que las estorbe para unirse con El; diríase que desafían a todas las criaturas, seguras de vencerlas. As! son las almas santas.

Todo lo contrario es la condición de las tibias. Hasta en las cosas saritas encuentran tropiezos; donde hay la menor cosa, ellas sacan más, van mendigando el amor de las criaturas; su desamor las desilusiona y las llena de amargura, porque no buscan a Dios, sino que se buscan a si mismas. Si tratan con Dios, no le, buscan a El, sino sus consuelos, y así por todas las sendas espirituales 0 temporales de la vida convierten en daño lo que debía serles provechoso........ continua