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† Doctrina Espiritual


CAPÍTULO VI

IMITAR A NUESTRO SEÑOR EN LA HUMILDAD

Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón .

Solamente Jesucristo puede enseñarnos a ser humildes. Y para llegar a serlo, debemos hacer un estudio especial de su humildad, entrando en sus sentimientos e imitando sus ejemplos.
Primer punto. La medida de la humildad de Nuestro Señor es el anonadamiento a que se redujo el Verbo al hacerse hombre. De este anonadamiento se pueden señalar cinco cualidades principales :

1 ) Es infinito ; porque hay una distancia infinita entre Dios, que es el Ser universal y necesario, y la criatura que, por muy perfecta que sea, no es en todo caso por sí misma sino pura nada.

2) Es tan grande y tan profundo como puede serlo, suponiendo, lo que es cierto, que Dios no puede unirse hipostáticamente a una criatura irracional ; porque entre las que están dotadas de razón y libertad, el hombre es la inferior. Además, al tomar un cuerpo, tomó lo que hay de más bajo en la naturaleza, sujetándose a las mil bajezas que lleva consigo la condición de hombre.

3 ) Es substancial, y no solamente accidental como son nuestros anonadamiento. Porque cuando nos humillamos o nos humillan, no perdemos más que ciertas ventajas, cuya privación no nos degrada por eso de nuestro ser.
Muy a menudo incluso nuestros anonadamiento no son más que imaginarios; pero el del Verbo lo degrada a un estado inferior al suyo, rebajándolo hasta llegar a ser verdadero hombre.

4 ) Es entero y total: lo que demuestra San Pablo cuando dice que toda la plenitud de su divinidad habita corporalmente en Jesucristo. Porque puede decirse que la divinidad se anonada según se comunica a la humanidad.

5) Es eterno y no cesará jamás, porque el Verbo permanecerá eternamente hombre. Maravilloso anonadamiento. Misterio incomprensible. Anonadamiento que es principio de toda la grandeza y de toda la gloria de los ángeles y de los hombres.

Segundo punto. Jesucristo en su santa Humanidad, al ver el anonadamiento del Verbo, se humilló a ejemplo suyo de todas las maneras posibles, y sobre todo en la Santa Eucaristía, que tiene maravillosos puntos de contacto con la Encarnación.
He aquí los fundamentos de su humildad : primera, la continua vista del anonadamiento del Verbo; segundo, el conocimiento claro de lo que es en cuanto hombre: que la naturaleza humana que Él ha tomado, y que su unión con la persona del Verbo hace impecable e infinitamente santa, está por si misma sujeta al pecado, a toda clase de miserias y a la condenación;
tercero, la infinita rectitud de su voluntad que hace que conociendo que nada es debido a la criatura sino la abyección, la pobreza, los trabajos y las penas, haya deseado todo esto y lo haya escogido por su herencia sobre la tierra.

Tercer punto. Estamos muy lejos de tener estos humildes sentimientos de nosotros mismos. No pensamos más que en elevarnos y engrandecernos. Nuestra propia superioridad es el centro de todos nuestros pensamientos, deseos y aspiraciones del corazón; y no obstante ante Dios, que es la verdad misma, los sentimientos favorables que tenemos de nuestros méritos, no son más que errores y mentiras; los deseos de ser estimados, alabados y honrados, injusticias; esta vanagloria y esta estimación a que aspiramos, son el centro de la verdadera bajeza; y este brillo y esta grandeza mundana que tanto buscamos no son sino miseria y pobreza. Así como por el contrario, la verdadera grandeza está en humillarse, amar la abyección y no desear más que el desprecio. Los santos ángeles se elevaron a la gloria por su humildad, y loa ángeles rebeldes cayeron al infierno por su orgullo.