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Liturgia Catolica

Razón de ser de la liturgia


1066. En el Símbolo de la fe, la Iglesia confiesa el misterio de la Santísima Trinidad y su "designio benevolente" (Ef 1,9) sobre toda la creación: El Padre realiza el "misterio de su voluntad" dando a su Hijo Amado y al Espíritu Santo para la salvación del mundo y para la gloria de su Nombre. Tal es el Misterio de Cristo (cf Ef 3,4), revelado y realizado en la historia según un plan, una "disposición" sabiamente ordenada que S. Pablo llama "la economía del Misterio" (Ef 3,9) y que la tradición patrística llamará "la Economía del Verbo encarnado" o "la Economía de la salvación".


1067 "Cristo el Señor realizó esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios hizo en el pueblo de la Antigua Alianza, principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión. Por este misterio, `con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida'. Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia" (SC 5). Por eso, en la liturgia, la Iglesia celebra principalmente el Misterio pascual por el que Cristo realizó la obra de nuestra salvación.


1068 Es el Misterio de Cristo lo que la Iglesia anuncia y celebra en su liturgia a fin de que los fieles vivan de él y den testimonio del mismo en el mundo:
En efecto, la liturgia, por medio de la cual "se ejerce la obra de nuestra redención", sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye mucho a que los fieles, en su vida, expresen y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia (SC 2).


Significación de la palabra "Liturgia"


1069 La palabra "Liturgia" significa originariamente "obra o quehacer público", "servicio de parte de y en favor del pueblo". En la tradición cristiana quiere significar que el Pueblo de Dios toma parte en "la obra de Dios" (cf. Jn 17,4). Por la liturgia, Cristo, nuestro Redentor y Sumo Sacerdote, continúa en su Iglesia, con ella y por ella, la obra de nuestra redención.


1070 La palabra "Liturgia" en el Nuevo Testamento es empleada para designar no solamente la celebración del culto divino (cf Hch 13,2; Lc 1,23), sino también el anuncio del Evangelio (cf. Rm 15,16; Flp 2,14-17. 30) y la caridad en acto (cf Rm 15,27; 2 Co 9,12; Flp 2,25). En todas estas situaciones se trata del servicio de Dios y de los hombres. En la celebración litúrgica, la Iglesia es servidora, a imagen de su Señor, el único "Liturgo" (cf Hb 8,2 y 6), del cual ella participa en su sacerdocio, es decir, en el culto, anuncio y servicio de la caridad:
Con razón se considera la liturgia como el ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo en la que, mediante signos sensibles, se significa y se realiza, según el modo propio de cada uno, la santificación del hombre y, así, el Cuerpo místico de Cristo, esto es, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público. Por ello, toda celebración litúrgica, como obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia (SC 7).




La liturgia como fuente de Vida


1071 La Liturgia, obra de Cristo, es también una acción de su Iglesia. Realiza y manifiesta la Iglesia como signo visible de la comunión entre Dios y de los hombres por Cristo. Introduce a los fieles en la Vida nueva de la comunidad. Implica una participación "consciente, activa y fructífera" de todos (SC 11).


1072 "La sagrada liturgia no agota toda la acción de la Iglesia" (SC 9): debe ser precedida por la evangelización, la fe y la conversión; sólo así puede dar sus frutos en la vida de los fieles: la Vida nueva según el Espíritu, el compromiso en la misión de la Iglesia y el servicio de su unidad.


Oración y Liturgia


1073 La Liturgia es también participación en la oración de Cristo, dirigida al Padre en el Espíritu Santo. En ella toda oración cristiana encuentra su fuente y su término. Por la liturgia el hombre interior es enraizado y fundado (cf Ef 3,16-17) en "el gran amor con que el Padre nos amó" (Ef 2,4) en su Hijo Amado. Es la misma "maravilla de Dios" que es vivida e interiorizada por toda oración, "en todo tiempo, en el Espíritu" (Ef 6,18)


Catequesis y Liturgia


1074 "La Liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza" (SC 10). Por tanto, es el lugar privilegiado de la catequesis del Pueblo de Dios. "La cateq uesis está intrínsecamente unida a toda la acción litúrgica y sacramental, porque es en los sacramentos, y sobre todo en la Eucaristía, donde Jesucristo actúa en plenitud para la transformación de los hombres" (CT 23).


1075 La catequesis litúrgica pretende introducir en el Misterio de Cristo ( es "mistagogia"), procediendo de lo visible a lo invisible, del signo a lo significado, de los "sacramentos" a los "misterios". Esta modalidad de catequesis corresponde hacerla a los catecismos locales y regionales. El presente catecismo, que quiere ser un servicio para toda la Iglesia, en la diversidad de sus ritos y sus culturas (cf SC 3-4), enseña lo que es fundamental y común a toda la Iglesia en lo que se refiere a la Liturgia en cuanto misterio y celebración (primera sección), y a los siete sacramentos y los sacramentales (segunda sección).


LA LITURGIA, OBRA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


I. El Padre, fuente y fin de la liturgia


1077 "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado" (Ef 1,3-6).


1078 Bendecir es una acción divina que da la vida y cuya fuente es el Padre. Su bendición es a la vez palabra y don ("bene-dictio", "eu-logia"). Aplicado al hombre, este término significa la adoración y la entrega a su Creador en la acción de gracias.
1079 Desde el comienzo y hasta la consumación de los tiempos, toda la obra de Dios es bendición. Desde el poema litúrgico de la primera creación hasta los cánticos de la Jerusalén celestial, los autores inspirados anuncian el designio de salvación como una inmensa bendición divina.


1080 Desde el comienzo, Dios bendice a los seres vivos, especialmente al hombre y la mujer. La alianza con Noé y con todos los seres animados renueva esta bendición de fecundidad, a pesar del pecado del hombre por el cual la tierra queda "maldita". Pero es a partir de Abraham cuando la bendición divina penetra en la historia humana, que se encaminaba hacia la muerte, para hacerla volver a la vida, a su fuente: por la fe del "padre de los creyentes" que acoge la bendición se inaugura la historia de la salvación.
1081 Las bendiciones divinas se manifiestan en acontecimientos maravillosos y salvadores: el nacimiento de Isaac, la salida de Egipto (Pascua y Exodo), el don de la Tierra prometida, la elección de David, la Presencia de Dios en el templo, el exilio purificador y el retorno de un "pequeño resto". La Ley, los Profetas y los Salmos que tejen la liturgia del Pueblo elegido recuerdan a la vez estas bendiciones divinas y responden a ellas con las bendiciones de alabanza y de acción de gracias.
1082 En la Liturgia de la Iglesia, la bendición divina es plenamente revelada y comunicada: el Padre es reconocido y adorado como la fuente y el fin de todas las bendiciones de la Creación y de la Salvación; en su Verbo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros, nos colma de sus bendiciones y por él derrama en nuestros corazones el Don que contiene todos los dones: el Espíritu Santo.


1083 Se comprende, por tanto, que en cuanto respuesta de fe y de amor a las "bendiciones espirituales" con que el Padre nos enriquece, la liturgia cristiana tiene una doble dimensión. Por una parte, la Iglesia, unida a su Señor y "bajo la acción el Espíritu Santo" (Lc 10,21), bendice al Padre "por su Don inefable" (2 Co 9,15) mediante la adoración, la alabanza y la acción de gracias. Por otra parte, y hasta la consumación del designio de Dios, la Iglesia no cesa de presentar al Padre "la ofrenda de sus propios dones" y de implorar que el Espíritu Santo venga sobre esta ofrenda, sobre ella misma, sobre los fieles y sobre el mundo entero, a fin de que por la comunión en la muerte y en la resurrección de Cristo-Sacerdote y por el poder del Espíritu estas bendiciones divinas den frutos de vida "para alabanza de la gloria de su gracia" (Ef 1,6).


II La obra de Cristo en la liturgia
Cristo glorificado...


1084 "Sentado a la derecha del Padre" y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por él para comunicar su gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo.
1085 En la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su Hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre "una vez por todas" (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida.
...desde la Iglesia de los Apóstoles...


1086 "Por esta razón, como Cristo fue enviado por el Padre, él mismo envió también a los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, no sólo para que, al predicar el Evangelio a toda criatura, anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del poder de Satanás y de la muerte y nos ha conducido al reino del Padre, sino también para que realizaran la obra de salvación que anunciaban mediante el sacrificio y los sacramentos en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica" (SC 6).
1087 Así, Cristo resucitado, dando el Espíritu Santo a los Apóstoles, les confía su poder de santificación (cf Jn 20,21- 23); se convierten en signos sacramentales de Cristo. Por el poder del mismo Espíritu Santo confían este poder a sus sucesores. Esta "sucesión apostólica" estructura toda la vida litúrgica de la Iglesia. Ella misma es sacramental, transmitida por el sacramento del Orden.está presente en la Liturgia terrena...


1088 "Para llevar a cabo una obra tan grande" -la dispensación o comunicación de su obra de salvación-"Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, `ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz', sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues es El mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: `Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos' (Mt 18,20)" (SC 7).


1089 "Realmente, en una obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia, su esposa amadísima, que invoca a su Señor y por El rinde culto al Padre Eterno" (SC 7).
...que participa en la Liturgia celestial


1090 "En la liturgia terrena pregustamos y participamos en aquella liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos participar con ellos y acompañarlos; aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste El, nuestra Vida, y nosotros nos manifestamos con El en la gloria" (SC 8; cf. LG 50).




III El Epíritu Santo y la Iglesia en la liturgia


1091 En la Liturgia, el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe del Pueblo de Dios, el artífice de las "obras maestras de Dios" que son los sacramentos de la Nueva Alianza. El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que él ha suscitado, entonces se realiza una verdadera cooperación. Por ella, la Liturgia viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia.
1092 En esta dispensación sacramental del misterio de Cristo, el Espíritu Santo actúa de la misma manera que en los otros tiempos de la Economía de la salvación: prepara la Iglesia para el encuentro con su Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea; hace presente y actualiza el misterio de Cristo por su poder transformador; finalmente, el Espíritu de comunión une la Iglesia a la vida y a la misión de Cristo.




El Espíritu Santo prepara a recibir a Cristo


1093 El Espíritu Santo realiza en la economía sacramental las figuras de la Antigua Alianza. Puesto que la Iglesia de Cristo estaba "preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza" (LG 2), la Liturgia de la Iglesia conserva como una parte integrante e irremplazable, haciéndolos suyos, algunos elementos del culto de la Antigua Alianza:
– principalmente la lectura del Antiguo Testamento;
– la oración de los Salmos;
– y sobre todo la memoria de los acontecimientos salvíficos y de las realidades significativas que encontraron su cumplimiento en el misterio de Cristo (la Promesa y la Alianza; el Exodo y la Pascua, el Reino y el Templo; el Exilio y el Retorno).


1094 Sobre esta armonía de los dos Testamentos (cf DV 14-16) se articula la catequesis pascual del Señor (cf Lc 24,13- 49), y luego la de los Apóstoles y de los Padres de la Iglesia. Esta catequesis pone de manifiesto lo que permanecía oculto bajo la letra del Antiguo Testamento: el misterio de Cristo. Es llamada catequesis "tipológica", porque revela la novedad de Cristo a partir de "figuras" (tipos) que la anunciaban en los hechos, las palabras y los símbolos de la primera Alianza. Por esta relectura en el Espíritu de Verdad a partir de Cristo, las figuras son explicadas (cf 2 Co 3, 14-16). Así, el diluvio y el arca de Noé prefiguraban la salvación por el Bautismo (cf 1 P 3,21), y lo mismo la nube, y el paso del mar Rojo; el agua de la roca era la figura de los dones espirituales de Cristo (cf 1 Co 10,1-6); el maná del desierto prefiguraba la Eucaristía "el verdadero Pan del Cielo" (Jn 6,32).


1095 Por eso la Iglesia, especialmente durante los tiempos de Adviento, Cuaresma y sobre todo en la noche de Pascua, relee y revive todos estos acontecimientos de la historia de la salvación en el "hoy" de su Liturgia. Pero esto exige también que la catequesis ayude a los fieles a abrirse a esta inteligencia "espiritual" de la Economía de la salvación, tal como la Liturgia de la Iglesia la manifiesta y nos la hace vivir.


1096 Liturgia judía y liturgia cristiana. Un mejor conocimiento de la fe y la vida religiosa del pueblo judío tal como son profesadas y vividas aún hoy, puede ayudar a comprender mejor ciertos aspectos de la Liturgia cristiana. Para los judíos y para los cristianos la Sagrada Escritura es una parte esencial de sus respectivas liturgias: para la proclamación de la Palabra de Dios, la respuesta a esta Palabra, la adoración de alabanza y de intercesión por los vivos y los difuntos, el recurso a la misericordia divina. La liturgia de la Palabra, en su estructura propia, tiene su origen en la oración judía. La oración de las Horas, y otros textos y formularios litúrgicos tienen sus paralelos también en ella, igual que las mismas fórmulas de nuestras oraciones más venerables, por ejemplo, el Padre Nuestro. Las plegarias eucarísticas se inspiran también en modelos de la tradición judía. La relación entre liturgia judía y liturgia cristiana, pero también la diferencia de sus contenidos, son particularmente visibles en las grandes fiestas del año litúrgico como la Pascua. Los cristianos y los judíos celebran la Pascua: Pascua de la historia, orientada hacia el porvenir en los judíos; Pascua realizada en la muerte y la resurrección de Cristo en los cristianos, aunque siempre en espera de la consumación definitiva.


1097 En la Liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos es un encuentro entre Cristo y la Iglesia. La asamblea litúrgica recibe su unidad de la "comunión del Espíritu Santo" que reúne a los hijos de Dios en el único Cuerpo de Cristo. Esta reunión desborda las afinidades humanas, raciales, culturales y sociales.


1098 La Asamblea debe prepararse para encontrar a su Señor, debe ser "un pueblo bien dispuesto". Esta preparación de los corazones es la obra común del Espíritu Santo y de la Asamblea, en particular de sus ministros. La gracia del Espíritu Santo tiende a suscitar la fe, la conversión del corazón y la adhesión a la voluntad del Padre. Estas disposiciones preceden a la acogida de las otras gracias ofrecidas en la celebración misma y a los frutos de vida nueva que está llamada a producir.




El Espíritu Santo recuerda el Misterio de Cristo


1099 El Espíritu y la Iglesia cooperan en la manifestación de Cristo y de su obra de salvación en la Liturgia. Principalmente en la Eucaristía, y análogamente en los otros sacramentos, la Liturgia es Memorial del Misterio de la salvación. El Espíritu Santo es la memoria viva de la Iglesia (cf Jn 14,26).


1100 La Palabra de Dios. El Espíritu Santo recuerda primeramente a la asamblea litúrgica el sentido del acontecimiento de la salvación dando vida a la Palabra de Dios que es anunciada para ser recibida y vivida:
La importancia de la Sagrada Escritura en la celebración de la liturgia es máxima. En efecto, de ella se toman las lecturas que luego se explican en la homilía, y los salmos que se cantan; las preces, oraciones e himnos litúrgicos están impregnados de su aliento y su inspiración; de ella reciben su significado las acciones y los signos (SC 24).


1101 El Espíritu Santo es quien da a los lectores y a los oyentes, según las disposiciones de sus corazones, la inteligencia espiritual de la Palabra de Dios. A través de las palabras, las acciones y los símbolos que constituyen la trama de una celebración, el Espíritu Santo pone a los fieles y a los ministros en relación viva con Cristo, Palabra e Imagen del Padre, a fin de que puedan hacer pasar a su vida el sentido de lo que oyen, contemplan y realizan en la celebración.


1102 "La fe se suscita en el corazón de los no creyentes y se alimenta en el corazón de los creyentes con la palabra de la salvación. Con la fe empieza y se desarrolla la comunidad de los creyentes" (PO 4). El anuncio de la Palabra de Dios no se reduce a una enseñanza: exige la respuesta de fe, como consentimiento y compromiso, con miras a la Alianza entre Dios y su pueblo. Es también el Espíritu Santo quien da la gracia de la fe, la fortalece y la hace crecer en la comunidad. La asamblea litúrgica es ante todo comunión en la fe.


1103 La Anamnesis. La celebración litúrgica se refiere siempre a las intervenciones salvíficas de Dios en la historia. "El plan de la revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; ... las palabras proclaman las obras y explican su misterio" (DV 2). En la Liturgia de la Palabra, el Espíritu Santo "recuerda" a la Asamblea todo lo que Cristo ha hecho por nosotros. Según la naturaleza de las acciones litúrgicas y las tradiciones rituales de las Iglesias, una celebración "hace memoria" de las maravillas de Dios en una Anámnesis más o menos desarrollada. El Espíritu Santo, que despierta así la memoria de la Iglesia, suscita entonces la acción de gracias y la alabanza (Doxología).


El Espíritu Santo actualiza el Misterio de Cristo


1104 La Liturgia cristiana no sólo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes. El Misterio pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que se repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu Santo que actualiza el único Misterio.


1105 La Epiclesis ("invocación sobre") es la intercesión mediante la cual el sacerdote suplica al Padre que envíe el Espíritu santificador para que las ofrendas se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y para que los fieles, al recibirlos, se conviertan ellos mismos en ofrenda viva para Dios.


1106 Junto con la Anámnesis, la Epíclesis es el centro de toda celebración sacramental, y muy particularmente de la Eucaristía:
Preguntas cómo el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino...en Sangre de Cristo. Te respondo: el Espíritu Santo irrumpe y realiza aquello que sobrepasa toda palabra y todo pensamiento...Que te baste oír que es por la acción del Espíritu Santo, de igual modo que gracias a la Santísima Virgen y al mismo Espíritu, el Señor, por sí mismo y en sí mismo, asumió la carne humana (S. Juan Damasceno, f.o., IV, 13).


1107 El poder transformador del Espíritu Santo en la Liturgia apresura la venida del Reino y la consumación del Misterio de la salvación. En la espera y en la esperanza nos hace realmente anticipar la comunión plena con la Trinidad Santa. Enviado por el Padre, que escucha la epíclesis de la Iglesia, el Espíritu da la vida a los que lo acogen, y constituye para ellos, ya desde ahora, "las arras" de su herencia (cf Ef 1,14; 2 Co 1,22).


La comunión del Espíritu Santo


1108 La finalidad de la misión del Espíritu Santo en toda acción litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo. El Espíritu Santo es como la savia de la viña del Padre que da su fruto en los sarmientos (cf Jn 15,1-17; Ga 5,22). En la Liturgia se realiza la cooperación más íntima entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu de Comunión permanece indefectiblemente en la Iglesia, y por eso la Iglesia es el gran sacramento de la comunión divina que reúne a los hijos de Dios dispersos. El fruto del Espíritu en la Liturgia es inseparablemente comunión con la Trinidad Santa y comunión fraterna (cf 1 Jn 1,3-7).


1109 La Epíclesis es también oración por el pleno efecto de la comunión de la Asamblea con el Misterio de Cristo. "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo" (2 Co 13,13) deben permanecer siempre con nosotros y dar frutos más allá de la celebración eucarística. La Iglesia, por tanto, pide al Padre que envíe el Espíritu Santo para que haga de la vida de los fieles una ofrenda viva a Dios mediante la transformación espiritual a imagen de Cristo, la preocupación por la unidad de la Iglesia y la participación en su misión por el testimonio y el servicio de la caridad.


Resumen


1110 En la liturgia de la Iglesia, Dios Padre es bendecido y adorado como la fuente de todas las bendiciones de la Creación y de la Salvación, con las que nos ha bendecido en su Hijo para darnos el Espíritu de adopción filial.


1111 La obra de Cristo en la Liturgia es sacramental porque su Misterio de salvación se hace presente en ella por el poder de su Espíritu Santo; porque su Cuerpo, que es la Iglesia, es como el sacramento (signo e instrumento) en el cual el Espíritu Santo dispensa el Misterio de la salvación; porque a través de sus acciones litúrgicas, la Iglesia peregrina participa ya, como en primicias, en la Liturgia celestial.


1112 La misión del Espíritu Santo en la Liturgia de la Iglesia es la de preparar la Asamblea para el encuentro con Cristo; recordar y manifestar a Cristo a la fe de la asamblea de creyentes; hacer presente y actualizar la obra salvífica de Cristo por su poder transformador y hacer fructificar el don de la comunión en la Iglesia.






Qué es la liturgia? en corto


Etimología
El termino liturgia procede del griego clásico, leitourgía ( de la raíz lêit – leôs-laôs- : pueblo, popular; y érgon: obra) lo mismo que sus correlativos leitourgeîn y leitourgós, y se usaba en sentido absoluto sin necesidad de especificar el objeto, para indicar el origen o el destino popular de una acción o de una iniciativa, independientemente del modo como se asumía ésta. Con el tiempo la presentación popular perdió su carácter libre para convertirse en un servicio oneroso a favor de la sociedad.

Liturgia vino a designar un servicio público. Cuando este servicio afectaba al ámbito religioso, liturgia se dirigía al culto oficial de los dioses. En todos los casos la palabra tenía un valor técnico

Uso del término “liturgia” en la Biblia
En el AT: El verbo leitourgeô y el sustantivo leitourgía se encuentran 100 y 400 veces, respectivamente en la versión de los LXX, y designan el servicio cultual de los sacerdotes y levitas en el templo. El término en hebreo es algunas veces shêrêr (cf. Núm 16,9) y otras abhâd y abhôdâh, que designa prácticamente siempre el servicio cultual del Dios verdadero realizado en el santuario por los descendientes de Aarón y de Leví. Para el culto privado y para el culto de todo el pueblo los LXX se sirven de las palabras latreía y doulía (adoración y honor). En los textos griegos solamente, leitourgía tiene el mismo sentido cultual levítico (cf. Sab 18,21; Eclo 4,14; 7,29-30; 24,10, etc.).
Esta terminología supone ya una interpretación, distinguiendo entre el servicio de los levitas y el culto que todo el pueblo debía dar al Señor (cf. Ex 19,5; Dt 10,12). No obstante, la función cultual pertenecía a todo el pueblo de Israel, aunque era ejercida de forma especial y pública por los sacerdotes y levitas.

En el griego bíblico del Nuevo Testamento, leitourgía no aparece jamás como sinónimo de culto cristiano, salvo en el discutido pasaje de Hch 13,2.

En el NT: La palabra liturgia se utiliza con los siguientes sentidos
en el NT:
a) En sentido civil de servicio público oneroso, como en el griego clásico (cf. Rm 13,6; 15,27; Flp 2,25.30; 2 Cor 9,12; Heb 1,7.14)
b) En sentido técnico del culto sacerdotal y lévitico del AT (cf. Lc 1,23; Heb 8.2.6; 9,21; 10,11). La Carta a los Hebreos aplica a Cristo, y sólo a él, esta terminología para acentuar el valor del sacerdocio de la Nueva Alianza.
c) En sentido de culto espiritual: San Pablo utiliza la palabra leitourgía para referirse tanto al ministerio de la evangelización como al obsequio de la fe de los que han creído por su predicación
(cf. Rm 15,16; Flp 2,17).
d) En sentido de culto comunitario cristiano: El texto de Hch 13,2 («leitourgoúntôn») es el único del NT donde la palabra liturgia puede tomarse en sentido ritual o celebrativo. La comunidad estaba reunida orando, y la plegaria desembocó en el envío misionero de Pablo y de Bernabé mediante el gesto de la imposición de manos (cf. Hch 6,6).

Esta reserva en el uso de la palabra liturgia por el Nuevo Testamento obedece a su vinculación al sacerdocio levítico, el cual perdió su razón de ser en la Nueva Alianza.

Evolución posterior


En los primeros escritores cristianos, de origen judeocristiano, la palabra liturgia fue usada de nuevo de nuevo en el sentido del Antiguo Testamento, pero aplicada al culto de la Nueva Alianza (cf. Didaché 15,1; 1 Clem. 40,2.5).

Después la palabra liturgia ha tenido una utilización muy desigual. En las Iglesias orientales de lengua griega leitourgía designa la celebración eucarística. En la Iglesia latina liturgia fue ignorada, al contrario de lo que ocurrió con otros términos religiosos de origen griego que fueron latinizados. En lugar de liturgia se usaron expresiones como munus, oficcium, ministerium, opus, etc. No obstante San Agustín la empleo para referirse al ministerio cultual, identificándola con latría (cf. S. Agustín, Enarr. in Ps 135, en PL 39, 1757.).

A partir del siglo XVI liturgia aparece en los títulos de algunos libros dedicados a la historia y al explicación de los ritos de la Iglesia. Pero, junto a este significado, el término liturgia se hizo sinónimo de ritual y de ceremonia. En el lenguaje eclesiástico la palabra liturgia empezó a aparecer a mediados del siglo XIX, cuando el Movimiento litúrgico la hizo de uso corriente.

Definición de Liturgia en el Concilio Vaticano II

Los documentos conciliares, especialmente la Sacrosanctum Concilium, hablan de la liturgia como un elemento esencial de la vida de la Iglesia que determina la situación presente del pueblo de Dios: «Con razón, entonces, se considera a la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella, los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, la Cabeza y sus miembros ejerce el culto publico íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica por ser obra de Cristo Sacerdote y de su cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia.» (SC 7).

Esta noción estrictamente teológica de la liturgia, sin olvidar los aspectos antropológicos, aparece en íntima dependencia del misterio del Verbo encarnado y de la Iglesia (cf. SC 2; 5;6; LG 1; 7; 8, etc.). La encarnación en cuanto presencia eficaz de lo divino en la historia, se prolonga «en gestos y palabras» (cf. DV 2; 13) de la liturgia, que reciben su significado de la Sagrada Escritura (cf. SC 24) y son prolongación en la en la tierra de la humanidad del Hijo de Dios (cf. CEC 1070, 1103, etc.).

El Concilio ha querido destacar, por una parte, la dimensión litúrgica de la redención efectuada por Cristo en su muerte y resurrección, y, por otra, la modalidad sacramental o simbólica-litúrgica en la que se ha de llevar a cabo la «obra de salvación».

De esta manera, en la noción de liturgia que da el Vaticano II, destacan los siguientes aspectos :
a)es obra de Cristo total, Cristo primariamente, y de la Iglesia por asociación;
b)tiene como finalidad la santificación de los hombres y el culto al Padre, de modo que el sacerdocio de Cristo se realiza en los dos aspectos;
c)pertenece a todo el pueblo de Dios, que en virtud del Bautismo es sacerdocio real con el derecho y el deber de participar en las acciones litúrgicas;
d)en cuanto constituida por «gestos y palabras» que significan y realizan eficazmente la salvación, es ella misma un acontecimiento en el que se manifiesta la Iglesia, sacramento del Verbo encarnado;
e)configura y determina el tiempo de la Iglesia desde el punto de vista escatológico;
f)por todo esto la liturgia es «fuente y cumbre de la vida de la Iglesia» (SC 10; LG 11).

Así pues, en la noción de liturgia que ofrece el Concilio podemos definirla como la función santificadora y cultual de la Iglesia, esposa y cuerpo sacerdotal del Verbo encarnado, para continuar en el tiempo la obra de Cristo por medio de los signos que lo hacen presentes hasta su venida.

Lo litúrgico y lo no litúrgico

Son acciones litúrgicas (lo litúrgico) aquellos actos sagrados que, por institución de Jesucristo o de la Iglesia, y en su nombre, son realizados por personas legítimamente designadas para este fin, en conformidad con los libros litúrgicos aprobados por la Santa Sede, para dar a Dios, a los santos ya los beatos el culto que les es debido. Lo no litúrgico son las demás acciones sagradas que se realizan en una iglesia o fuera de ella, con o sin sacerdote que las presencie o las dirija (a estas también se les llama ejercicios piadosos).

Lo litúrgico «es lo que pertenece al entero cuerpo eclesial y lo pone de manifiesto» (SC 26) y constituye la eficacia objetiva de los actos de culto. Los ejercicios piadosos evocan el misterio de Cristo únicamente de manera contemplativa y afectiva.

La eficacia de los actos litúrgicos depende de la voluntad institucional de Cristo y de la Iglesia, y de que se cumplan necesariamente las condiciones para su validez; por eso estos actos actualizan la presencia del Señor. La eficacia de los ejercicios piadosos depende tan sólo de las actitudes personales de quienes toman parte en ellos.










Qué es la liturgia?

La palabra liturgia proviene del griego clásico profano ("obra para la comunidad"). La traducción del Antiguo Testamento al griego, realizada por los judíos de la ciudad de Alejandría, en Egipto, durante los siglos III y II antes de Cristo, conocida como la Versión de los LXX, así como el Nuevo Testamento (NT) cristiano suelen utilizarla en un sentido cultual. Cfr. Hebr. 8, 2 y Rom. 15, 16 donde a Cristo y Pablo se les llama "liturgos".
En la iglesia primitiva griega se redujo el uso de la palabra al de "culto divino", y más tarde al de "misa". En el occidente europeo la palabra entró mucho más tarde con el humanismo renacentista con ese sentido restringido, y sólo desde el siglo XIX lo utilizan los documentos eclesiásticos en un sentido amplio de culto divino en la Iglesia.


La discusión sobre cuál es la correcta definición de "liturgia" entró en una nueva fase a partir de documentos eclesiásticos sobre ese tema: Encíclica "Mediator Dei" (MD), 1947; Instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos del 3-IX-1958; Constitución "Sacrosantum Concilium" (SC) del Concilio Vaticano II aprobada el 4-XII-1963 sobre la sagrada liturgia.
En la MD se rechaza como definición insuficiente a la que entienda a la liturgia únicamente como la parte externa de las ceremonias y rúbricas (reglas que enseñan la ejecución y práctica de las ceremonias) del culto divino. La liturgia es el mismo culto divino: El culto público íntegro del cuerpo místico de Jesucristo, de su cabeza y de sus miembros.
Jurídicamente, en el Código de Derecho Canónico, su primera promulgación fue en 1917, se entendía únicamente como liturgia a los actos realizados según los libros litúrgicos de la Santa Sede, y a todos los demás actos cultuales se les llamaba "pia exercitia" (ejercicios piadosos). Hasta los tiempos del Vaticano II y especialmente después de la promulgación del Nuevo Código de Derecho Canónico, 1983 se distinguía claramente entre "actos litúrgicos" (la Misa) y "actos no litúrgicos" (el rezo del rosario), que hoy se consideran como actos litúrgicos en un sentido amplio, a los que la MD considera "incluidos de alguna manera en el orden litúrgico".


En el núcleo fundamental de la liturgia vive y actúa el sacerdocio de Cristo que se desarrolla a través de los siglos. Pero también el mismo culto a Cristo en el Espíritu Santo (1 Cor. 12, 3) está en el más perfecto sentido de la palabra liturgia según la MD: "El culto... que la comunidad de los fieles cristianos tributa a su fundador y por él al Padre eterno".
Por todo ello una teología de la liturgia no puede entenderse desligada de una teología de la Iglesia y de los Sacramentos.
Ya en el NT encontramos algunas antiquísimas descripciones de textos litúrgicos (p.e. 1 Cor. 16, 20-24; Ef. 5, 14; Filip. 2, 6-12). La descripción de los himnos celestiales en el Apocalipsis p.e. 11, 17-18; 12, 10-12... debemos considerarla como una imagen de los himnos litúrgicos de la comunidad terrestre.
Se conservan algunos textos litúrgicos del siglo II y hacia el 215 tenemos el primer texto de una plegaria eucarística que se nos haya conservado. Se trata de un escrito de Hipólito en su "Traditio Apostólica" (Tradición Apostólica). En todos ellos nos encontramos no con textos normativos, sino con ejemplos de cómo deben resolverse las tareas de improvisación en la liturgia.
Los primeros testimonios de fórmulas liturgias ya fijas y determinadas las encontramos en los siglos III y IV en µfrica, que al principio se refieren a los puntos fundamentales de la plegaria eucarística. Sólo hacia el año 600 aparecen determinadas en Roma el conjunto de las oraciones sacerdotales con las fórmulas de los "Sacramentarios", los libros que regulaban la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos.
La liturgia posterior tiene sus raíces más profundas en la liturgia del cristianismo primitivo. Hoy se reconoce un profundo enraizamiento de éste en las ceremonias del culto divino del judaísmo. Después de un período que podríamos llamar de libertad e improvisación, a partir del siglo IV empieza a notarse en las grandes metrópolis cristianas (Antioquía, Alejandría, Roma...) que se van fundando como familias litúrgicas en las que al principio se advierten muchas diferencias regionales y locales.
Posteriormente Constantinopla en oriente y Roma en occidente, se preocupan de conseguir una uniformidad litúrgica y para ella junto a motivos religiosos se ven también otros de índole político-eclesiástica. Es notable como en todas partes el "centro de la piedad", Jerusalén, tiene un influjo normativo litúrgico. (Recordemos p.e. el Via Crucis).


Las liturgias orientales

Estas familias litúrgicas podemos agruparlas en dos grandes secciones, las orientales y las occidentales. Aunque nosotros equivocadamente casi identificamos "liturgia católica" con "liturgia romana" y nos interesa estudiar sobre todo a ésta, no debemos desconocer algunos rasgos característicos de las orientales.
Notemos que las liturgias orientales subsisten hoy en las iglesias orientales, tanto las separadas de Roma (a las que frecuentemente llamamos "ortodoxas") como las unidas a Roma ("orientales unidas") y que en muchos casos las liturgias de los unidos y los separados a Roma se parecen muchísimo entre sí.
Las liturgias orientales desde el comienzo resaltaron ciertos datos teológicos y simbólicos más de lo que lo han hecho las occidentales. Consideremos algunas de sus características generales.
Ya desde los siglos III y IV resaltan algo que ya se percibe en la Epístola a los Hebreos y en el Apocalipsis, la participación del culto divino que los ángeles realizan en el cielo en la liturgia terrestre (recordemos la introducción al "Sanctus" en nuestra liturgia de la Misa). También, a partir del siglo IV, se nota lo que podríamos llamar una "dramatización en la celebración de los misterios".
Como consecuencia del desarrollo de la Cristología (la teología sobre Cristo), recordemos las luchas contra los arrianos (que negaban la divinidad de Cristo), la función mediadora de la segunda persona de la Trinidad no se considera tanto como la del que "está sentado a la derecha del Padre" cuanto la historia de su misión salvífica entre nosotros, o como un reflejo de la omnipotencia del "Logos" divino.
Consecuencia de ello es la gran importancia que dan los orientales a la "Epíclesis", (la invocación que implora el poder divino para que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo), en los textos de las Anáforas (plegarias eucarísticas) y su significación en la concepción de la liturgia, como representación de los hechos salvíficos de Cristo (Teodoro de Mopsueta, primer ejemplo de una alegoría rememorativa) o como imagen de la actuación de la "Jerarquía celeste" (Dionisio el Areopagita, en parte influido por el neoplatonismo).
Otras características notables de las liturgias orientales son, sobre todo en la liturgia bizantina, las oraciones secretas (en voz baja), el ocultamiento del Santísimo (velos), y la gran importancia que se da a la mediación de los santos (iconos en las paredes...)
Como tipos más importantes de las liturgias orientales podemos mencionar:
1. La liturgia griega de Alejandría 2. La liturgia copta (Egipto) 3. La liturgia etiópica. 4. La liturgia griega de Antioquía 5. La liturgia siria occidental 6. La liturgia siria oriental (Irak, Irán) 7. La liturgia bizantina 8. La liturgia armenia
Hoy en muchas zonas del oriente medio están muy mezcladas las comunidades (unidas o separadas de Roma) de muy diversas liturgias. En una misma ciudad pueden encontrarse varias muy diferentes. Jerusalén sigue siendo un centro donde "quieren estar todos".


Las liturgias occidentales

El desarrollo histórico de la liturgia en occidente está determinado por la yuxtaposición de un tipo de liturgia, típicamente occidental, romano-africano, y otro, la liturgia galicana, con grandes influjos orientales. El primero se caracteriza por su moderación y sencillez, mientras que el segundo está lleno de riqueza poética.
Durante mucho tiempo se considera a Milán como la cuna y el centro de la liturgia galicana, pero hoy se la considera mucho más como un producto simultáneo originado en el fondo religioso de casi todo el occidente cristiano.
Poco a poco el crecimiento de la importancia religiosa de Roma fue imponiendo su liturgia y las costumbres y prácticas romana acabaron dominando en todo el Occidente. En esta romanización influyeron en los distintos países el regreso y las experiencias vividas en Roma por los "romeros" (peregrinos que acudían a Roma, de ahí la palabra castellana "romería" como equivalente casi a peregrinación). Los benedictinos expandiendo su liturgia y los emperadores carolingios buscando la uniformidad religiosa de su imperio trabajaron mucho para el predominio de la liturgia romana.
Hacia el siglo XI puede decirse que la liturgia romana se ha impuesto casi totalmente en occidente, la liturgia que más subsistió a su lado fue la milanesa, y de alguna manera las costumbres y ritos locales que no pudieron ser eliminados fueron como absorbidos en la liturgia romana.
Como rasgos característicos de las liturgias occidentales y especialmente de la romana podemos señalar:
La acentuación de la función mediadora de Cristo, que se percibe claramente en el "por Cristo..." de las oraciones sacerdotales de la Misa, y que ha hecho resaltar el elemento Eucarístico frente al de la Epifanía (la manifestación de Dios), y que ha llevado a una piedad centrada en la Misa y en la Eucaristía.
En la liturgia romano-africana se nota una ausencia casi total de libertad de expresión litúrgica, que fue eliminando de alguna manera las oraciones populares a Cristo. stas subsisten, pero como tapadas por las oraciones y salmos que "con" Cristo se dirigen al Padre.
Otra característica occidental es la diversificación de oraciones según las fiestas del año litúrgico que ha desarrollado una importante teología de la "historia de la salvación" a lo largo de las fiestas del Señor y de los santos.
También es notable la distancia y la separación en las ceremonias. En cuanto al simbolismo las posturas han perdido su valor dramático y poético. La celebración eucarística más que por un movimiento dramático se caracteriza por su seriedad y solemnidad que hace intervenir muy poco al pueblo con aclamaciones. Parte de esta "seriedad" se debe al influjo que el ceremonial imperial ha tenido en la liturgia , y al consideración de la Eucaristía como una "ceremonia sagrada del Estado" frente a la consideración oriental que la ve como la celebración de un misterio cargado de sentido escatológico (para la vida eterna).
Antes de hablar de la liturgia romana mencionemos rápidamente las principales liturgias occidentales.

La liturgia mozárabe (española). Tuvo su momento de esplendor en la época visigoda, (siglo VII). Empezó a ser fuertemente reprimida por la romana hacia el siglo XI y sólo subsiste hoy en un par de capillas (Toledo y Oviedo) como una "reliquia histórica".

La liturgia ambrosiana o milanesa. Remonta sus orígenes a San Ambrosio (siglo IV) y aunque poco a poco fue romanizándose, todavía ha llegado a nuestros días vigente en la diócesis de Milán y algunas zonas vecinas.

La liturgia antigua galicana (Francia). De ella conservamos el libro litúrgico más antiguo de la iglesia latina (siglo V). Tuvo un poderoso influjo oriental. Vivió una especie de renacimiento en los siglos XVII y XVIII en diversas liturgias regionales como la de Lyon.

La liturgia celta. Surgió en los pueblos de origen celta del occidente europeo. Está bastante relacionada con e influida por la galicana. En Inglaterra desapareció ya en el siglo VII bajo el influjo romanizador de los benedictinos. En la Bretaña francesa se mantuvo hasta el siglo IX y subsistió hasta el siglo XII en Irlanda.

Todas estas y algunas otras de menor importancia fueron absorbidas por la


Liturgia romana

Muy frecuentemente en vez de llamarla "romana" se utiliza o se ha utilizado las expresiones "liturgia latina" o mucho más "rito latino".
Sus más primitivos textos los encontramos en la "Traditio apostólica" de Hipólito (290 - 302). En su desarrollo histórico podemos señalar los siguientes acontecimientos fundamentales.

a) Hacia el año 370 la total substitución de la lengua griega primitiva en la liturgia romana por la lengua latina. (Recordemos que subsistían reliquias como el "Kyrie eleyson" en la misa latina).

b) Hacia el 600 se realiza la reforma del papa Gregorio el Grande que logra una clarificación sobre todo en el sector de los sacramentos.

c) Hacia el 950 comienza la reincorporación de elementos galicanos procedentes sobre todo de Alemania.

d) Pasado el año 1000 comienza con Gregorio VII e Inocencio III la etapa final de esta asimilación. Aparecen los libros litúrgicos oficiales de la curia romana que son extendidos por todo occidente especialmente por los franciscanos.

e) Entre 1568 y 1614 Roma crea de acuerdo con las determinaciones del Concilio de Trento (1545-1563) los libros que unifican la liturgia de la Iglesia latina: Breviario (1568), Misal (de San Pío V, 1570), Pontifical (1598), Ceremonial de los obispos (1600) y Ritual (1614).
Como el Breviario y el Misal no tenían carácter obligatorio en el caso de que existiesen tradiciones, otros ritos diferentes con una antigüedad superior a los 200 años, pudieron conservarse bastantes costumbres locales, aunque fueron pocas las que subsistieron a la corriente romanizadora del siglo XIX. Entre las que se conservaron citemos las de las diócesis de Braga (Portugal), Lyon (Francia) y las liturgias propias de algunas órdenes religiosas (Cartujos, Cistercienses, Premostratenses, Carmelitas, Dominicos...)

f) A mediados del siglo XX comienza una renovación litúrgica cuyos pasos fundamentales fueron la reestructuración de la Semana Santa y el nuevo rito de la Vigilia Pascual (recordemos que la conmemoración de la resurrección se adelantaba al sábado santo por la mañana y que en aquella época no se permitían las misas vespertinas... Por eso hace medio siglo en toda Europa y también América los grandes estrenos teatrales tenían lugar el Sábado de Gloria al anochecer, ya que ya había terminado la Cuaresma y el Señor ya había resucitado).

g) El Concilio Vaticano II con la "Sacrosantum Concilium" inició un período todavía no terminado de grandes reformas litúrgicas (uso de los idiomas vulgares, reestructuración de la práctica de los sacramentos, con una gran descentralización que puede llevar a la creación de nuevos tipos de liturgias, pensemos en los pueblos africanos, adaptados a la vida moderna).

Esta gran obra del Concilio no surgió de la nada. Estaba insinuada y preparada por lo que se ha llamado el movimiento de reforma litúrgica, al que se le ha conocido por diversos nombres: "Movimiento litúrgico", "Renovación litúrgica", "Reforma litúrgica"...
El Movimiento litúrgico en la Iglesia católica ha sido una tendencia de renovación con raíces anteriores, pero ya claramente visible a fines del siglo XIX, que dejó plenamente maduro el terreno para la reforma del Vaticano II.
Algunas personalidades y algunos centros de investigación, especialmente monasterios benedictinos (que con su lema "Ora et labora", "reza y trabaja", han sido en la Iglesia los pioneros en el movimiento litúrgico) fueron los que iniciaron estudios sobre el nacimiento, desarrollo y naturaleza de los elementos litúrgicos, y su perfecto conocimiento fue el primer paso para purificarlos de las deformaciones y degradaciones producidas a lo largo del tiempo.
En los grandes monasterios benedictinos como Solesmes (Francia), María Lach o Beuron (Alemania) se lograron revivir las mejores tradiciones de la Iglesia latina, se redescubrió el sentido del año eclesiástico, se encontraron muchos tesoros perdidos en las frases y contenido de los antiguos libros litúrgicos, se renovó y comprendió el canto gregoriano...


Este elemento musical fue corroborado e impulsado por el Motu Propio (uno de los diversos tipos de documentos papales) "Tra le sollecitudini" sobre la música sacra de Pío X (22-XI -1903) y la edición vaticana de los libros corales, y la reforma litúrgica de los años 1911-1914.
También hay que entender en relación con esta "Renovación litúrgica" el famoso decreto de Pío X sobre la comunión frecuente y la edad de la primera comunión de los niños que hasta entonces se recibía a los 14 o 15 años. En él se menciona el principio fundamental de la renovación litúrgica, el de la "participación activa" de los creyentes en las festividades de los sagrados misterios y en la oración solemne de la Iglesia.
Quien dio un gran impulso al movimiento litúrgico, con el apoyo del Cardenal Mercier, fue el abad benedictino de Mont-Cesar (Lovaina, Bélgica) y su discurso del 23-IX-1909 en Malinas en el "Día Católico" lanzó un movimiento de renovación litúrgica que llegó muy pronto en Bélgica y Holanda hasta las últimas parroquias, pero que en el resto de Europa se redujo al influjo de las grandes abadías benedictinas.
El portaestandarte del movimiento fue durante algún tiempo la abadía benedictina de María Lach (Alemania) donde Odo Casel escribió su famosa obra sobre la "Teología de los misterios". Importante fue también la parte del movimiento juvenil de Romano Guardini que llevó a la participación litúrgica de la juventud.
Después de la guerra europea, la encíclica "Mystici Corporis" del 29-VI-1943 había abierto ya un paso más, y el centro de pastoral litúrgica de París fundado en 1943 ayudó a la preparación de una serie de elementos que culminaron en la encíclica de Pío XII, la "Mediator Dei", del 20-XI-1947, que fue la Carta Magna de la libertad litúrgica, que partiendo de la reforma litúrgica de Pío X la desarrollaba en muchos puntos.
Notemos en el pontificado de Pío XII (1939-1958), además de la Mediator Dei, la aprobación de numerosos rituales con textos y cantos en los idiomas vernáculos, la nueva traducción del salterio a partir del texto original hebreo, la renovación de la Vigilia Pascual y de las ceremonias de la Semana Santa, la simplificación de las rúbricas, el permiso de las misas vespertinas, la simplificación del ayuno eucarístico, la encíclica "Musicae sacrae disciplina" y la Instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos "De musica sacra et sacra liturgia".
Juan XXIII encomendó al Vaticano II que decidiera sobre las líneas fundamentales de una futura reforma general de la liturgia.


El dominio al que se extendió el movimiento litúrgico fue todo el campo del culto cristiano: la celebración de la Santa Misa y la celebración de las horas (tanto el breviario canónico, como los oficios parvos privados, así como las horas santas y otros tipos de ceremonias que suelen estar impregnadas de espíritu litúrgico); la administración de los sacramentos, las consagraciones, bendiciones y procesiones, la música sacra (especialmente el gregoriano y la polifónica, pero también los cantos populares); la construcción y disposición de los templos; el formato de los utensilios litúrgicos.
Pero su dominio principal es la renovación, mejor comprensión y restauración del culto divino de la Iglesia como celebración comunitaria de los que se reúnen en nombre del Señor y realizan el culto con distintos roles de acuerdo a sus distintos grados jerárquicos fundamentales en el sacramento del orden. Predicar la palabra de Dios, alabar. glorificar y dar gracias a Dios, celebrar el memorial del Señor y prepararse continuamente para su futura venida, es el objetivo principal, siempre actual de la Iglesia peregrina en la tierra.
Este movimiento litúrgico hubiese sido imposible sin una verdadera y seria ciencia litúrgica, íntimamente relacionada con la teología y sobre todo con la Historia de la Iglesia, y no podemos aquí mencionar ni su desarrollo histórico ni sus elementos fundamentales, ni sus más ilustres representantes. Tampoco debemos hablar acá de los Institutos litúrgicos, de las Comisiones litúrgicas ni de los Congresos litúrgicos.
La Constitución sobre la Sagrada Liturgia, "Sacrosantum Concilium" fue la primera constitución aprobada por el Vaticano II en diciembre del 63, y a casi cuarenta años de distancia podemos decir de ella lo siguiente:
En ella podemos encontrar objetivos de reforma inmediatos y otros más mediatos. En cuanto a los inmediatos en líneas generales casi todos ellos se han cumplido incluso avanzando más de lo que en ese momento suponía el Concilio.
Históricamente el Concilio despertó un período de cambios, reformas y ensayos litúrgicos, muchos de ellos muy positivos y otros ciertamente exagerados. Al cabo de unos años se prohibieron los ensayos salvo casos concretos y determinados, y puede decirse que en este momento estamos en un período de serenidad y decantación de los resultados obtenidos.
Ciertamente los cambios litúrgicos al principio resultaron hasta escandalosos para una minoría del pueblo cristiano, y en algunas cosas se buscó demasiado lo nuevo. Pero el tiempo ha ido haciendo percibir lo positivo de los nuevos logros litúrgicos y también reestimar algunos elementos tradicionales que fueron dejados de lado por muchos, pero cuyo valor se comprende hoy mejor...
En cuanto a los objetivos más mediatos todavía le queda mucho a la Iglesia y a los liturgistas para reactualizar y renovar. Citemos acá como ejemplo todo lo referente al Sacramento de la Reconciliación.


Posturas y gestos

Las posturas y gestos, así como los ademanes en la oración son manifestaciones y participaciones corporales de la oración interna. La liturgia necesita del uso de signos sensibles y formas externas: palabras, cantos, símbolos, gestos... que excitan y son expresión de la devoción interna y relacionan a la misma oración con los actos internos.
En el Antiguo Testamento abundan los ademanes en la oración: El que reza está de pie delante del Señor (Gen. 18,22; 1 Sam. 1, 9 y 26), mira hacia Yavé (hacia arriba) (2 Cron. 20, 12; Ps. 24, 15), extiende las manos o las eleva (Ex. 9, 29; 17, 11; 1 Re. 8, 22; Ps. 27, 2; 62, 5; ...), se inclina o se prosterna en tierra (Gen. 17, 3; Jos. 5, 15; Deut. 9, 18; Ps. 5, 8; Dn. 8, 17), se arrodilla (1 Re. 8, 54; Is. 45, 23), dirige su mirada hacia el templo o hacia Jerusalén (Ps. 5, 8; Da. 6, 11)
En el Nuevo Testamento Cristo utiliza en el culto divino del templo o de la sinagoga los gestos y posturas de oración normales en el culto judío, aunque en algunos momentos corrige algunos excesos de los fariseos (Mt. 6, 5); levanta los ojos al cielo (Mt. 14, 19; Mc. 6, 41), se arrodilla (Lc. 22, 41) o se prosterna en tierra (Mt. 26, 39; Mc. 14, 35). Esos mismos ademanes se los recomienda a sus discípulos (Mc. 11, 25). Los apóstoles y discípulos siguen su modelo (Hech. 7, 55; 9, 40; Ef. 3,14; Filip. 2, 10; 1 Tim. 2, 8)
Las posturas y gestos en la Iglesia provienen fundamentalmente del culto primitivo, pero no faltan usos y costumbres profanas que reciben un sentido nuevo, específicamente cristiano.
El estar de pie (o "parados" en argentino) en la oración se considera como un símbolo de la resurrección y de la alegría pascual. Por eso se reza de pie los domingos y en el tiempo pascual (Tertuliano: "De oratione" 23)...
Pero siempre en la Iglesia ha habido gente "más papista que el papa", y ya en el primer Concilio Ecuménico, Nicea, año 325, ante una situación concreta que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia y en concreto después del Vaticano II, pensemos en los lefebrianos y otros grupos, el Concilio de Nicea, en su último canon, el 20, determina:


"Sobre el rezar de rodillas.


Ya que hay algunos que se arrodillan en los días domingo y en el tiempo de pentecostés (hoy diríamos "en tiempo pascual") para que en todos los lugares haya un perfecta uniformidad, le parece ben a este santo concilio que las oraciones a Dios se hagan de pie."
Este primitivísimo texto nos enseña algo que sigue siendo hoy la doctrina de la Iglesia. No hay posturas de oración que sean las "divinamente reveladas y únicas", sino que han variado en muchas ocasiones a lo largo de los tiempos. Incluso en muchos casos quedan opciones libres dependientes frecuentemente de circunstancias externas... El pueblo cristiano se sienta en los bancos de las iglesias, pero no lo hace de igual modo en una "misa de campaña". Son distintas las posturas oyendo una Misa dentro de una iglesia con bancos y sillas, que haciéndolo en la Plaza de San Pedro del Vaticano... Y la razón que alega el concilio niceno no es sino "para mantener la uniformidad"... Los obispos son los únicos que pueden dar leyes o reglas en ese terreno, y también cambiarlas a lo largo de los tiempos. Aunque no faltan algunos "iluminados" a quienes su "espíritu santo particular" les dice que ellos y toda la Iglesia debe adoptar tal postura. Casi siempre me encuentro con que a mí mi espíritu santo particular me dice lo contrario que a esos señores...
La última aceptación y determinación de las posturas y ademanes tolerados, permitidos u ordenados, corresponde al Episcopado. Notemos que el cambio de posturas y generalmente también el de muchos otros elementos litúrgicos no suele implicar profundos problemas teológicos(como algunos equivocadamente pretenden creer), sino más bien problemas de adaptación, conveniencia y mayor utilidad para conseguir una mayor participación del pueblo.
El estar de rodillas simboliza el reconocimiento de la culpa y la penitencia, por eso se estimula en tiempos de cuaresma y adviento, que suelen ser los de ayuno y abstinencia, aunque esas penitencias en la liturgia actual se han reducido a un mínimo.
La genuflexión simple (con una sola rodilla) es algo desconocido en la primitiva liturgia romana; primitivamente era en la edad media un gesto de reverencia y sumisión frente al señor feudal, después se hizo a los obispos, muchos de los cuales eran también señores feudales, y no entró en la liturgia hasta finales del medioevo.
La genuflexión doble con inclinación de la cabeza estaba hasta hace relativamente poco tiempo reservada como saludo de adoración a la Eucaristía expuesta para la adoración de los fieles. Hace poco tiempo ha sido sustituida por la genuflexión simple.


La inclinación o reverencia ha sido una de las posturas más frecuentes, p.e. en las oraciones sobre el pueblo.
La postración en el suelo era frecuente al comienzo del acto de culto. Hoy sólo se conserva así el Viernes Santo.
El extender las manos en la oración aparece frecuentemente descrito en los autores primitivos (Tertuliano, "De oratione" 14; Ambrosio, "De virginibus" II, 4, 27) y el arte (los "orantes") y se le da un nuevo fundamento como símbolo de la crucifixión del Señor (Tertuliano, "De oratione" 17; Ambrosio, "De sacramentis" VI, 4, 18)
El juntar las manos es algo que procede del derecho feudal germánico y simboliza fidelidad al señor (en este sentido se conserva todavía en la ordenación sacerdotal), aparece en la liturgia desde el siglo VIII y se generaliza en la segunda mitad de la edad media.
Puede decirse que la unificación de las posturas corporales se consiguió en la Iglesia latina a partir de las rúbricas del Missale Romanum (1570) y el Pontificale Romanum (1596) y han permanecido casi inmutables hasta el Concilio Vaticano II.


Las posturas del pueblo quedaron ya determinadas a finales de la edad media. La postura fundamental en la Misa era de rodillas, lo que se interpretaba como una confesión de fe en la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento (y esto se resaltó más como reacción a la postura contraria del protestantismo.)
El movimiento litúrgico y los documentos eclesiásticos (cfr. SC 30) pretenden una nueva integración de las posturas corporales en el culto divino, la liturgia y la oración, buscando una mayor participación del pueblo.


La música sagrada

Es una parte integrante de la liturgia solemne (MP de 1903 I, 1) que debe acompañar a las acciones litúrgicas (Instrucción de 1958, nn. 1, 5-9, 12) que surgió con la liturgia y está inseparablemente unida a ella. Como "principal servidora de la sagrada liturgia" (Carta del Cardenal Secretario de Estado al Cardenal Frings del 26-Y-1961) tiene un lugar primordial sobre todas las demás artes en la liturgia.
El canto gregoriano es la forma más elevada de la música litúrgica (MP de 1903 II 3-4) (SC 116). La música coral o polifónica tiene también una gran tradición dentro de la Iglesia.
El canto religioso popular (SC 118) debe ser fomentado en las acciones litúrgicas para lograr una mayor participación de los fieles.
En cuanto a los instrumentos musicales, se considera como instrumento musical tradicional el órgano de tubos, pero pueden admitirse otros instrumentos (guitarra) con el consentimiento de la autoridad eclesiástica territorial correspondiente, siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles (SC 120)
Notemos que también corresponde a la autoridad eclesiástica territorial (el episcopado) determinar qué cantos pueden o no pueden cantarse en los actos litúrgicos.




HISTORIA DE LA LITURGIA


SUMARIO

I. Desarrollo histórico:

1. En la liturgia, parte inmutable v parte sujeta a cambio;
2. Las diversas fases de la obra de salvación realizada por Cristo y actuada en la liturgia.


II. Los comienzos:

1. En la vida de Jesús;
2. Las primeras realizaciones apostólicas:
3. El contexto:

a) El culto judío del siglo I.
b) Las formas cultuales del helenismo contemporáneo.


III. Las concreciones en el período subapostólico.
IV. Las grandes familias litúrgicas.
V. La liturgia romana clásica.
VI. Las transformaciones de la liturgia romana al encontrarse con el genio franco-germánico.
VII. Transformaciones, desarrollos, reformas:

1. La liturgia de la curia;
2. El breviario de Quiñones;
3. La reforma de Trento y de Pío V;
4. La reforma inspirada en el movimiento litúrgico:

a) Pío X,
b) Malinasi L. Beauduin,
c) Pío XII: "Mediator Dei" y vigilia pascual




I. DESARROLLO HISTÓRICO


1. EN LA LITURGIA, PARTE INMUTABLE Y PARTE SUJETA A CAMBIO.

El conjunto de la liturgia, mediante el cual, especialmente en la celebración de la eucaristía, "se ejerce la obra de nuestra redención" (SC 2), no agota ciertamente la actividad de la iglesia (SC 9), pero es la cumbre y la fuente de toda acción eclesial (SC 10). "Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo, que es la iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia... no la iguala ninguna otra acción de la iglesia" (SC 7). Ahora bien, ese conjunto ha estado sujeto a un continuo devenir a lo largo de la historia.

En él ciertamente existe "una parte que es inmutable, por ser de institución divina"; pero existen también "otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aun deben variar..." (SC 21). En los párrafos siguientes se tratará de iluminar la historia de esos cambios, del devenir, del desarrollo y de las correcciones que en el curso de dos milenios han ido dando vida, si bien de una manera lenta, al imponente edificio de la liturgia de la iglesia, a partir del origen divino establecido en Jesucristo.

2. LAS DIVERSAS FASES DE LA OBRA DE SALVACIÓN REALIZADA POR CRISTO Y ACTUADA EN LA LITURGIA.

Jesucristo es el centro de todo el culto cristiano, el único mediador entre Historia de la liturgia Dios y los hombres (1 Tim 2,5). Toda la predicación apostólica tiende a introducir en la "plenitud de la inteligencia" y a hacer "llegar al conocimiento del misterio de Dios, que es Cristo" (Col 2,2). Hacia él tiende toda la historia de la salvación. "Dios, que quiere que todos los hombres se salven..., habiendo hablado antiguamente en muchas ocasiones de diferentes maneras a nuestros padres por medio de los profetas, cuando llegó la plenitud de los tiempos envió a su Hijo, el Verbo hecho carne... En Cristo nostrae reconciliationis processit perfecta placatio, et divini cultus nobis est indita plenitudo" (SC 5). Esta es la obra salvífica realizada en la historia de la salvación, que ocupa el centro de todo nuestro culto: "Esta obra..., preparada por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la antigua alianza, Cristo el Señor la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión... Del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de la iglesia entera" (SC 5). Es misión de la iglesia actuar esa obra salvífica, porque Cristo "envió a los apóstoles... no sólo a predicar" el contenido de esa acción redentora mediante el anuncio del evangelio, "sino también a realizar la obra de salvación que proclamaban mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica" (SC 6).

II. LOS COMIENZOS

La verdadera tarea de la liturgia, en adoración y glorificación del Dios vivo y para salvación de los hombres, es la realización (representación) del misterio salvífico de la pascua de Cristo. A fin de que esto fuese Historia de la liturgia posible, los apóstoles predicaron y reunieron a los fieles para realizar acciones cultuales.

1. EN LA VIDA DE JESÚS.

Podemos hablar de primeras formas de acciones cultuales solamente en la edad apostólica. Los documentos al respecto -las cartas de los apóstoles y los Hechos - se remontan a una época que dista ya algunos decenios de los comienzos. En las confesiones de fe en el Señor resucitado y con la fuerza del Espíritu Santo ya se celebran acciones cultuales. Pero ya en la redacción de los evangelios se refiere que el fundamento y los primeros pasos de esas acciones se deben buscar en la vida de Jesús anterior a la resurrección. Los evangelios delinean la figura de Jesús como la del hijo de una familia que vive según la ley de Moisés: circuncisión del niño al octavo día (Lc 2, 21), sacrificio de la purificación en el templo (2, 22), peregrinación anual de toda la familia al templo por la fiesta de pascua (2,41). Al comenzar la actividad pública, Jesús se hace "bautizar" por Juan (3,21; Mt 3, 13 ss; Mc 19 ss); enseña en las sinagogas (Mc 1,21; Mt 4, 23 Lc 4 14 ss) y participa activamente en el culto sinagoga¡ (Lc 4,17-21). Es el gran orante, que pasa las noches en oración (Lc 6, 12) y enseña a los discípulos a orar (11,1-4). Con frecuencia se acerca al templo, aunque nunca se nos dice que participe en los sacrificios que allí se realizaban. Pero celebra las fiestas de Israel, y sobre todo, se señala, celebra con sus discípulos la cena pascual, en la que introduce la nueva acción memorial de la ofrenda de su cuerpo y de su sangre bajo las especies del pan y del vino. Seguramente habrá pronunciado, quizá en el seno de su propia familia, muchas de las oraciones cotidianas de los judíos piadosos de su tiempo: efectivamente, conoce y recuerda el Schemá Israel ("Escucha, Israel") de la oración de la mañana (Mc 12 29), utiliza las alabanzas (berakoth) (Mc 6,41; 8,7; 14,22-23) y las transforma en su propia oración (alegría mesiánica: Mt 11,25-27). Por otra parte, hace sentir su crítica y propugna la pureza y la sencillez del culto: cuando expulsa a los vendedores del templo (Mc 11,15); cuando explica la recta observancia del sábado, del que es señor el Hijo del hombre (Mc 2,1828); cuando exige una actitud interior recta en el sacrificio, y sobre todo en la oración (Mt 5, 23; 6, 5 ss; Lc 18, 13). Finalmente, el evangelio de Juan pone en sus labios palabras relativas al verdadero culto de Dios: "Llega la hora, y ésta es, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad" (Jn 4, 23). Los evangelistas hablan de la explícita institución de acciones cultuales: el mandato de bautizar (Mt 28, 19s) y el encargo de celebrarla cena: "Haced esto en recuerdo mío" (Lc 22, 19).

2. LAS PRIMERAS REALIZACIONES APOSTÓLICAS.

Enviados por el Señor y fortalecidos por el descenso de la fuerza de lo alto, los apóstoles predicaron la buena noticia de la resurrección, del perdón de los pecados y del don del Espíritu Santo (He 2, 38-40). Administraron el bautismo, y los nuevos discípulos se agruparon alrededor de ellos: "Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones" (He 2, 41-42). Seguían participando cotidianamente en el culto del templo, mientras que en las casas hacían una comida en común, "partían el pan... con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios" (2, 46 s).Entre los actos cultuales del templo se menciona, por ejemplo, la oración "ala horade nona" (3,1). En este cuadro general de una comunidad estrechamente unida podemos insertar los datos particulares mencionados en los escritos neotestamentarios, es decir, los Hechos de los Apóstoles, las cartas y el Apocalipsis de Juan: el baño (la inmersión) bautismal, administrado "en el nombre del Señor Jesús" (He 19, 5); a éste sigue la imposición de las manos para comunicar el Espíritu Santo (He 8, 15-17; 19, 56); la reunión de la comunidad para hacer una comida de una naturaleza especial, el deípnon kyriakón, consistente en una "fracción del pan" acompañada de una "eucharistía" y en la ofrenda del cáliz de vino, sobre el que se pronuncia una "euloguía"; "cuantas veces coméis este pan y bebéis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que venga"( 1 Cor 11, 20-26 y 10, 16-17). En estos alimentos sobre los que -en evidente conexión con las palabras del Señor- se pronuncian una "eucharistía" y una "euloguía", se recibe el cuerpo y la sangre del Señor, como explica ampliamente Jn 6. Esa comida se incluye todavía dentro de una comida normal completamente. Por He 20, 7-11 vemos ya que tiene lugar al final de una enseñanza doctrinal bastante larga por obra del Apóstol (20,7), y precisamente en el "primer día de la semana"; es decir, en el día en que el Señor se apareció a los suyos después de la resurrección; en el que descendió el Espíritu Santo sobre los apóstoles; en el que, según 1 Cor 16, 2, se hacía la colecta dentro de la asamblea de la comunidad, día que en Ap 1, 10 ya se llama "día del Señor". Se practica mucho la oración en común, y se hace con constancia, participando en las horas de oración en el templo o en la sinagoga, o bien dentro de la comunidad ya separada de los judíos, y se ora también de noche (He 16,25: hacia medianoche).

La índole y el contenido de esas oraciones nos los indica, por ejemplo, Ef 5, 18-20: "... llenos del Espíritu, hablando unos a los otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo al que es Dios y Padre en nombre de nuestro Señor Jesucristo" (cf Col 3, 16-17). En caso de enfermedad los presbíteros oran sobre el enfermo y lo ungen con aceite en nombre del Señor para que sane y obtenga la remisión de los pecados (Sant 5, 14-15). Todo se centra siempre en el Señor Jesús; en élse han cumplido las promesas; hacia él ha conducido la ley como pedagogo (Gál 3, 24). Ahora ésta ha sido abolida por la realidad definitiva, presente en Cristo. Todo lo que se ha verificado antes era sólo una imagen ha sucedido typikós ( I Cor 10, 11) "para nosotros, que hemos llegado a la plenitud de los tiempos" (10, 11). Esto se ve claramente sobre todo por el modo diferente de celebrar las fiestas: ya no son una observancia literal de los tiempos festivos (Gál 3, 8-11; Col 2, 16s); Cristo mismo es el verdadero Cordero pascual (1 Cor 5, 7s); participando de él celebramos la verdadera fiesta (heortázomen). En esa libertad del Espíritu Santo, en el abandono progresivo de las costumbres sinagogales, en la interpretación que refiere la imagen del tiempo pasado (del AT) a la nueva realidad presente en Cristo, se va delineando en unas pocas formas la liturgia del nuevo pueblo de Dios.

3. EL CONTEXTO.

Sin embargo, esto no significa que los apóstoles y sus comunidades, para poder entrar en contacto y hacerse entender, no se hayan servido en muchos casos de formas preexistentes, las hayan modificado y después hayan pasado a proponer de manera creativa algo nuevo. Esto era simplemente necesario.

a) El culto judío del siglo I
Así como Jesús de Nazaret se había movido dentro de las formas de la sociedad de su tiempo y de su tierra, así también los apóstoles y las primeras comunidades judeocristianas asumieron con gran naturalidad unas formas de oración y de culto que les eran familiares. Los baños, las inmersiones y emersiones, los bautismos no eran realidades desconocidas. Eran frecuentes, de una u otra manera, en el AT y en la comunidad de Qumrán. Juan Bautista los había administrado. Jesús mismo se había hecho "bautizar"; y, ya durante su vida, también los discípulos habían bautizado (cf Jn 4, 1-3). El bautismo cristiano, la manera de administrar el bautismo, ha asumido diversas cosas de las formas ya habituales, aunque todo recibe una interpretación y una orientación completamente nuevas: se bautiza en el nombre del Señor Jesús (crucificado y resucitado), para participar en su muerte y resurrección (Rom 6, 1-11; Col 2, 6-15; 3, 1-5 ss).

La costumbre de los primeros cristianos de "orar sin cesar" (1 Tes 5, 17), o sea, continuamente, varias veces a lo largo del día y de la noche, se remite a ejemplos del AT y de la oración del templo y de la sinagoga de la época de Jesús: oración de la mañana y de la tarde; tres veces al día (cf Dan 6, 11; He 3, 1; 10, 9). Las fórmulas de estas oraciones son libres (cf He 4, 24) o bien se utilizan los salmos. De considerable importancia para la oración de los cristianos, de un contenido indudablemente nuevo, fue el género literario de las alabanzas (berakoth), quizá la herencia más preciosa de la oración veterotestamentaria judía. Este es su esquema: invocación en alabanza del nombre de Dios; mención del motivo de la alabanza: recuerdo de las obras maravillosas de Dios; doxología final: "Bendito seas tú, Dios omnipotente, Señor nuestro; has realizado esta gran acción a nuestro favor; a ti, Señor, la alabanza eternamente. Amén". Encontramos fórmulas de oración semejantes en los escritos del NT; de manera más breve, por ejemplo, en el gozo de Mt 11, 25; de manera más larga, en Rom 16, 25-27; Ef 1, 3-14. Semejante a esto debe haber sido el contenido de las alabanzas que, en la narración de la multiplicación de los panes y de la última cena, se denominan eucharistíai y euloguíai. Tenemos ejemplos de esas oraciones judías de acción de gracias dichas en la mesa y que se remontan casi hasta la época de Jesús. Todo esto se asume y se utiliza con soberana libertad, en un progresivo y lento alejamiento de la antigua costumbre y, sobre todo, con un espíritu completamente nuevo: Jesús, el Cristo, el Señor, y su acción salvífica pascual son la gran obra de Dios, que se celebra con alabanzas. En la composición de las nuevas fórmulas de oración se evitan todas las expresiones que indiquen directamente una costumbre cultual veterotestamentaria. El culto antiguo está abolido en Cristo. Para celebrar el culto memorial de Cristo y dar gracias a Dios por él se reúnen lejos del templo y de la sinagoga, o sea, en las casas de la comunidad, donde, con unas pocas acciones, aquellos que han sido instruidos y creen son introducidos en el acontecimiento salvífico de Cristo, para que estén siempre "en Cristo Jesús" (Gál 3,28; Ef 2, passim).

b) Las formas cultuales del helenismo contemporáneo. Se trata de los templos y de los múltiples sacrificios ofrecidos a los llamados dioses en el culto del sol, del Sol invictus, y en el culto del emperador. Frente a todo esto se asume una actitud de total oposición: ni actos cultuales ante el emperador o ante los dioses, ni sacrificio material ni templo; por el contrario, se practica la adoración espiritual e interior del verdadero Dios invisible en la celebración de la memoria de Jesucristo y en la unión con él y con su obra a través del bautismo en su nombre o de la comida memorial que proclama su muerte. A este respecto algunas tendencias de la filosofía popular del tiempo, orientadas hacia un culto espiritual de Dios, hacia una loguiké thysía, aportaron algunas cosas, bien desde el aspecto terminológico, bien de cara a una elaboración conceptual y a una explicitación del patrimonio tradicional del ambiente helenístico.

III. LAS CONCRECIONES

A partir de la compenetración recíproca y de la unión de los diferentes elementos que hemos detectado en los escritos del NT y en su ambiente, se desembocó, durante el s. II , en las primeras formas de liturgia cristiana. La reunión de la comunidad en el día del Señor para celebrar la memoria del Señor, la eucaristía, es elemento central. El día es ya una costumbre bien fija. En la Didajé leemos: "Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias..." (c. 14). Hacia la mitad del s. II, Justino presenta la primera descripción precisa del culto dominical. En el "día que se llama del sol" todos se reúnen; se leen pasajes de los escritos de los apóstoles y de los profetas; siguen la homilía y las oraciones de intercesión; a continuación se presentan pan y vino mezclado con agua, y el que preside la asamblea dice sobre ellos, "según sus fuerzas", "oraciones y acciones de gracias" a las que todos responden con un "Amén"; los dones así "eucaristizados" se distribuyen entre todos (Apol. 1, 67); ahora se han cambiado en la carne y sangre del Jesús encarnado (c. 66). Se trata ya de la estructura de la misa, que ha permanecido igual hasta hoy a lo largo de los siglos. Punto central, decisivo, después de la liturgia de la palabra, es la plegaria eucarística, pronunciada sobre los alimentos llevados por los fieles para que se transformen; después, todos se unen en la comida. Esto, sencillamente, desarrolla el núcleo central puesto por el NT: la comunidad se realiza al acoger la recomendación apostólica de hacer memoria de la muerte y resurrección de Jesucristo; es un convite santo, que continuamente une a todos, según 1 Cor 10,17: "Porque no hay más que un pan, todos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan".

Todavía no existen textos precisos para ello; el celebrante habla libremente, "según sus fuerzas", dice Justino. De todas formas, podemos, en cierta medida, descubrir el género literario de la oración de la eucharistía; se trata de la formulación cristiana de la oración de la berakah proveniente del AT, de la oración de "alabanza" de los mirabilia Dei. En los capítulos 9 y 10 de la Didajé se nos ofrecen por lo me nos algunos ejemplos semejantes de cómo se podía formular esa eucharistia cristiana.

El primer texto preciso lo encontramos solamente en la oración de acción de gracias que nos transmite Hipólito Romano, a comienzos del s. III, en su Tradición Apostólica. Se trata de un texto no prescrito, sino ejemplificativo, que el celebrante puede seguir con toda libertad, sin estar obligado a ello. Después de la introducción (el diálogo como el de hoy), leemos: "Te damos gracias, oh Dios, por medio de tu amado Hijo Jesucristo, que en estos últimos tiempos nos has enviado como salvador y redentor..." (c. 4). La celebración del domingo mediante la liturgia de la palabra y del memorial del Señor (eucaristía) es la primera y más importante acción litúrgica de la iglesia antigua testimoniada con toda claridad.

A la vez va formándose -aunque esté menos testimoniada- la celebración de la pascua anual. Un escrito de los años 130-140, la Epistula Apostolorum, habla por primera vez de la existencia de esta fiesta. Se celebra ya anualmente, como la pascua judía, en memoria de la muerte salvífica de Cristo, en la que se cumple la pascua antigua, que la prefiguraba. Su liturgia consiste concretamente en una vigilia nocturna (vigilia), concluida al canto del gallo con la celebración de la eucaristía. Hacia finales del siglo II, la controversia sobre la fecha precisa de la pascua (a saber: si había que seguir la costumbre judía, poniendo el acento en la muerte del Señor, y adoptar por tanto el 14 de Nisán, o bien si se debe elegir como fecha el día del Señor sucesivo al 14 de Nisán, poniendo así el acento en la resurrección) lleva a preferir el día del Señor. La vigilia nocturna que precede al día festivo (y a todo el tiempo festivo pascual, el pentecostés que se añadió muy pronto) es un elemento decisivo. Desde bien entrado el siglo III, la fiesta de la pascua es solamente el transitus, el "paso del ayuno a la fiesta; por tanto, propiamente un punto de demarcación, la superación de la línea divisoria entre muerte y vida, entre la muerte de cruz y la resurrección de Cristo, entre la muerte al pecado y la nueva vida con Cristo. Después, poco a poco, toda la vigilia y la eucaristía festiva que la cierra se llamarán pascua; por eso la pascua comprende también el ayuno a partir de la tarde del viernes santo, desde la hora de la muerte del Señor. En el siglo IV se coloca delante de la pascua el "tiempo de cuarenta días de ayuno y penitencia", y después de ella el "tiempo de cincuenta días" o pentecostés, en el que, según una afirmación de Tertuliano (De corona 3), es nefas, no está permitido ayunar ni rezar de rodillas, exactamente como en los días del Señor. Esta celebración anual es, en aquella época y en el fondo hasta hoy, "la fiesta" de la iglesia pura y simplemente, he heorté, "en su conjunto la fiesta de la redención a través de la muerte y la glorificación del Señor" 6 bis. En esta santa noche pascual se administra también el bautismo y la sucesiva imposición de las manos y unción para la comunicación del Espíritu Santo. Se trata de los dos sacramentos de la iniciación a la vida cristiana, que llevan a la cumbre de la primera participación activa en la celebración eucarística.

Estamos bien informados sobre la celebración de la liturgia de esos sacramentos de la iniciación a través de la Didajé, de Justino (Apología I), de Tertuliano y, al principio del s. III, nuevamente de Hipólito (Tradición apostólica). Tras una adecuada preparación catequética completada en los "cuarenta días" de ayuno de la preparación de la fiesta pascual, después de oraciones y exorcismos, después de la participación en la vigilia nocturna, a primeras horas de la mañana se consagra el agua, los candidatos se despojan de sus ropas -símbolo del hombre viejo-, se consagra el aceite sagrado, los que van a ser bautizados renuncian a Satanás y bajan, desnudos, al agua, y allí escuchan la triple pregunta e invitación a confesar su fe en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo, y se les sumerge tres veces con tres invocaciones (epíclesis) de los nombres divinos. Tras una primera unción con el óleo, los bautizados se visten sus ropas -símbolo del hombre nuevo- y son conducidos ante el obispo, que les impone las manos y los unge con óleo santo mientras pronuncia estas palabras: "Señor Dios, que los has hecho dignos de merecer la remisión de los pecados mediante el baño de regeneración del Espíritu Santo, infunde en ellos tu gracia, para que te sirvan según tu voluntad..." El obispo les da el beso de paz y luego les admite a la oración y a la participación comunitaria en la eucaristía con todo el pueblo (Tradición apostólica 17-21). Este es el núcleo del rito de la iniciación: "Por el bautismo los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con él, son sepultados con él y resucitan con él; reciben el espíritu de adopción de hijos, por el que clamamos: Abba! ¡Padre! (Rom 8, 15), y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre. Asimismo, cuantas veces comen la cena del Señor proclaman su muerte hasta que vuelva. Por eso, el día mismo de pentecostés, en que la Iglesia se manifestó al mundo, los que recibieron la palabra de Pedro fueron bautizados... (He 2,41-42. 47). Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo cuanto a él se refiere en toda la escritura (Le 24,27), celebrando la eucaristía, en la cual se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte, y dando gracias al mismo tiempo a Dios por el don inefable (2 Cor 9, 15)..." (S C 6).

En el mismo tiempo en que se hace esta elocuente descripción de la liturgia central de la iglesia, encontramos también las primeras alusiones claras a la que será posteriormente la liturgia de las Horas. La Tradición apostólica de Hipólito, junto a la cena común, conoce una especie de lucernarium o culto vespertino. Al caer de la tarde, el diácono lleva la lámpara a la asamblea y se pronuncia una oración de acción de gracias sobre ella: "Te damos gracias, Señor, por tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor, por el que nos has iluminado revelándonos la luz incorruptible. Hemos vivido todo este día y hemos llegado al comienzo de la noche... Que no nos falte ahora la luz de la tarde, por tu gracia; por eso te alabamos y te glorificamos por medio de tu Hijo..." (c. 25). Otros capítulos invitan a orar por la mañana, antes de comenzar el trabajo; si es posible, incluso en la "asamblea, donde el Espíritu produce fruto" (c. 35). Pero también cada uno debe orar a la hora de tercia, sexta y nona, "alabando continuamente a Dios", y antes del reposo nocturno; e incluso los que viven en comunidad conyugal deben levantarse a media noche para orar (c. 41). Unos años antes Tertuliano trazaba el cuadro de estos tiempos de oración de una manera algo más realista, y distinguía las horae legitimae, o sea, los tiempos de oración obligatorios "al comienzo del día y de la noche", de las "orationes communes", acerca de las cuales no existe ninguna prescripción (De oratione 25). De cualquier forma, no se trata de un deber en sentido estricto, porque "respecto a los tiempos de oración no hay ninguna prescripción; solamente se debe orar en todo tiempo y en todo lugar" (ib, 24).

Para hacer posible esta vida cristiana, que celebra la acción salvífica realizada por Dios en Cristo, los apóstoles habían establecido ancianos, o sea, presbíteros (cf He 14, 23). Al comienzo del s. II, ya en Ignacio de Antioquía encontramos plenamente desarrollado el ministerio de los obispos, de los sacerdotes y de los diáconos. Al principio del siglo III es otra vez Hipólito de Roma el primer testigo de las acciones cultuales por las que se transmite solemnemente este poder ministerial (Tradición apostólica 2s; 7-13). En el día del Señor los obispos presentes imponen las manos sobre el obispo neoelecto por el pueblo en presencia del presbiterio y recitan sobre él la oración de consagración: "Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo..., envía ahora el poder -que sólo puede venir de ti-del Espíritu soberano (heghemonikoú) que tú has dado a tu amado Hijo Jesucristo... Concede, Padre que conoces los corazones, a este siervo que has elegido para el episcopado, el don de pastorear tu santo rebaño... (c. 3, ed. Botte, 6 y 8). De la misma manera el obispo y los sacerdotes imponen las manos sobre el candidato al presbiterado y oran sobre él (c. 7, ed. Botte, 20). Al diácono lo consagra solamente el obispo (c. 8, Botte, 22 s; 26); los demás ministerios se transmiten sin imposición de manos (cc. 11; 13).

Finalmente, debemos recordar que, ya a partir de la segunda mitad del siglo II y después a lo largo del siglo III, se celebran las memorias de los mártires en sus dies natalis, y precisamente con una celebración de la eucaristía sobre sus tumbas, seguida de una comida en común.

Estos son los rasgos esenciales del culto divino de la iglesia postapostólica en los siglos II y III. Con gran libertad y apertura a la inspiración del momento y del tiempo, las líneas fundamentales de los evangelios y de las cartas apostólicas se tradujeron en unas pocas acciones cultuales sencillas, pero características, en las que, utilizando materiales de la tradición veterotestamentaria y adoptando formas que le resultaban comprensibles también al hombre helenístico contemporáneo, se proclama, se celebra y se comunica el misterio pascual de Cristo; o sea, el hombre se inserta en el misterio de Cristo a través del bautismo, la confirmación y la participación en la eucaristía, a través de la celebración regular de la eucaristía en el día del Señor de cada semana y en la celebración anual de la pascua, de aquella gran vigilia nocturna que se prepara con un tiempo más bien largo de ayuno y se corona con el tiempo festino y gozoso de pentecostés. La oración incesante, concretada en la alabanza matutina y de la tarde y en la oración libre en cualquier momento, inserta la confesión de Cristo en la vida cotidiana.

Aunque se trate solamente de líneas fundamentales y esenciales y de primeras redacciones de textos escritos, la vida cultual posee ya una estructuración fijada a grandes trazos, como deja intuir la Didajé y demuestran la Tradición apostólica y otras disposiciones eclesiásticas semejantes de tiempos algo posteriores.

El cuadro que hemos trazado, remitiéndonos para los siglos II y III sobre todo a Hipólito y a Tertuliano, se refiere principalmente a la liturgia de la iglesia de Roma y del Africa latina. Pero las indicaciones ocasionales que encontramos en otros escritos testimonian en medida suficiente que las estructuras fundamentales son iguales por todas partes. Pese a la libertad en la composición de los textos de que goza el obispo que preside el culto, encontramos en todas las iglesias las mismas celebraciones cultuales que explicitan el patrimonio originario heredado de los apóstoles, sobre todo en lo que se refiere a la materia y forma de los siete sacramentos.

IV. LAS GRANDES FAMILIAS LITÚRGICAS

La herencia apostólica, materializada y estructurada concretamente con gran libertad, es sinónimo de pluralismo. Originalmente, si hacemos abstracción de las pocas líneas fundamentales, encontramos una variedad de formas, y no una forma única y obligatoria para todos. Esto vale ya para lo que se refiere a la lengua. La primitiva comunidad apostólica de Jerusalén constituye el punto de partida. Pero ya aquí, junto a los judeocristianos que hablan arameo, encontramos a los helenistas (cf He 3, 9-11; 6, 1: "murmuración de los helenistas contra los hebreos con motivo del trato injusto a sus viudas y pobres). Se forman nuevas comunidades en Samaria (He 8, 5-25), en Cesaren (8, 40), Damasco ( 9,1), Antioquía (13, 1), Chipre (13, 4ss), y luego en toda Asia Menor y en Grecia y, finalmente, en Roma y España. La diversidad de lenguas es un hecho evidente: aquí el arameo, allá el griego koiné, la lengua común en la cuenca del Mediterráneo, la oikouméne de entonces. Para el culto esto significa inmediatamente la distinción entre el hebreo-arameo de la Biblia y su traducción griega llamada de los Setenta. Una importancia todavía mayor adquieren las comunidades cristianas procedentes del paganismo, o sea, los cristianos helenistas, que durante los siglos II y III fueron constituyendo cada vez más el núcleo de las iglesias cristianas. Las primeras iglesias se concentraron sobre todo en las grandes metrópolis del mundo de entonces, en Jerusalén y en Antioquía (donde los discípulos fueron llamados por primera vez cristianos: He 11, 26), en Corinto y Roma, en Alejandría y Efeso, etc. Naturalmente, de todo esto no sabemos todavía nada preciso o concreto. Debemos, por así decir, deducirlo de los datos seguros de la Sagrada Escritura, de la doble forma de la lengua, de la fundación de las primeras comunidades en esas grandes ciudades; y con esto debemos confrontar lo que conocemos de una época posterior, referido a las liturgias típicas formadas efectivamente en las grandes metrópolis, a saber: en Jerusalén, Antioquía Alejandría, Roma y el norte de África latina (Cartago). En esas ciudades habían puesto las bases los apóstoles; sus sucesores, frecuentemente grandes figuras de obispos santos, edificaron sobre ellas. Lo que ellos propusieron y ordenaron, lo que ellos, guiados por el Espíritu Santo y en virtud de su gran personalidad, formularon en un momento de feliz inspiración durante la celebración de los días festivos, todo eso se puso por escrito, se coleccionó y fue de nuevo utilizado. Comunidades más pequeñas de los alrededores lo acogieron con admiración; y así, a parar de la metrópoli, sede del obispo principal, se fue desarrollando una liturgia que tenía una impronta típica.

Podemos reconocer clarísimamente ese proceso en la irradiación ejercida por metrópolis occidentales como Roma, Milán y Cartago (en el norte de Africa proconsular). Aquí la formación de familias litúrgicas concretas va de la mano con el surgimiento de una específica latinidad cristiana. El latín cristiano se ha desarrollado sobre todo en el África septentrional. Al crecer el número de cristianos, hacia el final del período de las persecuciones y después del edicto de Milán del 313, la lengua griega koiné, adoptada originalmente en todas partes, cede el paso poco a poco al latín. Tertuliano puede considerarse como uno de sus grandes creadores; Minucio Félix, sobre todo san Cipriano y luego Lactancio son sus representantes principales. En un primer momento, con una decisión conservadora perfectamente comprensible, se había mantenido el griego en la celebración del culto. Pero para bien de los fieles era necesario cambiar. En la iglesia romana, el paso del griego al latín en la liturgia tuvo lugar bajo el papa Dámaso. La importancia de este acontecimiento puede caracterizarse así, según los estudios de Chr. Mohrmann y Th. Klauser: "... Los cristianos se crearon una lengua propia con dudas con miedo (a perder la belleza del latín clásico), aprovechando las posibilidades que ofrecía el estilo moderno de Gorgias (siglo I a. C.) o de la escuela asiática con su estilo paratáctico y antitético. Creando neologismos directos e indirectos, siguen una tendencia de vulgarización y renuevan el vocabulario... La evolución se aprecia fácilmente en las obras de Cipriano, de Hilario y luego de Agustín. Nace así una lengua propia, literariamente digna; el estilo paratáctico y antitético corresponde mejor a la dignidad de la oración cristiana por razones psicológicas, históricas y teológicas (es más popular; es el estilo del AT y del NT; ilumina mejor la dialéctica de la existencia cristiana: Dios-hombre, cielotierra, bien-mal)". Agustín puede decir: los cristianos "habent enim linguam suam qua utantur... Melius ergo de ore christiano ritus loquendi ecclesiasticus procedit" (Enarr. in Ps. 93, 3).

En este clima de libertad para una creación espontánea, de apertura lingüística, de consideración hacia las necesidades de los fieles, dominado por obispos excelentes por su genio y santidad, que gobiernan las principales sedes de la cristiandad, se producen abundantes textos nuevos: ya no hay solamente una sola gran plegaria eucarística (como sucedía y sucede todavía en las iglesias orientales), sino una multiplicidad de plegaras: una oratio (collecta) que abre la celebración; una oración introductoria sobre las ofrendas (super oblata); numerosos incipit intercambiables de la plegaria eucarística, que a continuación se llamarán prefacios; el núcleo de la plegaria eucarística (sobre todo en la forma, testimoniada por Ambrosio, pero elaborada típicamente en Roma, del canon romanus); breves oraciones conclusivas (post communionem, super populum). Todo esto en una forma literaria, podríamos decir, unitaria: en la lengua sintética, precisa, magistral de la latinidad tardía; en un latín cristiano que se conjuga de formas siempre nuevas, con las que se intenta expresar de alguna manera la grandeza de las acciones sagradas. Y con tal libertad, espontaneidad y multiformidad, que un concilio de Hipona del 393 -por tanto, contemporáneo de Agustín- se ve obligado a dar algunas advertencias: se pueden usar esas plegarias solamente después que hayan sido aprobadas y eventualmente corregidas por hermanos competentes bajo la vigilancia de los obispos (can. 21). Tanta riqueza y espontaneidad nos permiten decir: "Se trata aquí de una expresión típica de la mayor movilidad del genio occidental latino frente al genio más contemplativo, más tranquilo, de los orientales, que usaban una sola plegaria eucarística".7bis

Ante todo en Roma, pero también de manera parecida en otras partes, estas oraciones, creaciones de los grandes obispos, fueron coleccionadas, conservadas en el archivo, repetidas; luego las adoptaron las iglesias más cercanas después de copiarlas en pequeños libelli sacramentorum, fascículos que contenían los textos necesarios para una digna celebración de los sacramentos eucarísticos, que posteriormente se unieron en el libro denominado sacramentarium. Un primer ejemplo de una colección de este estilo hecha todavía por una mano privada, será el Sacramentarium Veronense (llamado también Leonianum, porque alguna que otra oración había sido compuesta por el gran obispo de Roma san León Magno).

De la misma manera debemos imaginarnos el desarrollo de la liturgia en las demás grandes ciudades. Con el apoyo de la iglesia episcopal de la metrópoli de la grandes provincias (con frecuencia sede antigua de un apóstol o de un discípulo de los apóstoles, y en todo caso de grandes obispos santos) se forman a lo largo del siglo IV y siguientes, en Oriente, la liturgia sirio-antioquena del siglo IV, que se remite a la Didaskalia siríaca del siglo III, concretada sobre todo en las Constituciones apostólicas (2, 57; 7, 39-45; 8, 5.11-15), y la liturgia alejandrina, que se nos ha conservado aproximadamente en el Euchologion de Serapión (siglo IV). En Occidente se formaron la liturgia (latinoafricana) romana; la milanesa (o ambrosiana); la hispana antigua (visigótica), que es la que más se diferencia de las formas romanas, y la galicana, de la que podemos hacernos una idea -aunque solamente aproximada- por los Sermones de san Cesáreo de Arlés y los escritos de Gregorio de Tours (siglo VI). La gran riqueza de estas familias litúrgicas pudo desarrollarse en la atmósfera de libertad instaurada bajo Constantino y sus sucesores. Junto a los textos para la celebración de los santos misterios redactados en las grandes lenguas de la época -siríaco, griego y latín- y en la correspondiente cultura espiritual, se desarrolló también el complejo del culto divino, empezando por la construcción de los edificios necesarios y de su decoración hasta la rica articulación de las fiestas en su repetición cíclica.

Mientras que al principio las comunidades se reunían en los locales de alguna casa espaciosa, ahora surgen nuevas construcciones destinadas expresamente al culto divino. De los lugares de reunión de los primeros cristianos hablan, por ejemplo, las escasas noticias de los Hechos de los Apóstoles: el yperôon de la comunidad apostólica primitiva, 1,13; la casa de María, madre de Juan Marcos, 12,12; la sala de las fiestas de Tróade, 20,8; finalmente, en general, en todos los lugares: la ekklesía [comunidad de los fieles] kat’ oíkon, la comunidad que se reunía para el culto en la casa de un creyente, la iglesia doméstica. El ejemplo clásico de semejante domus ecclesiae primitiva, que de ser de propiedad privada pasa a ser de la comunidad y se reestructura con esta finalidad, es la de Doura Europos (poco después del 200), enterrada durante casi dos milenios en la arena del desierto y recientemente sacada a la luz. Al final del siglo III se podían encontrar ya por todas partes muchos edificios por el estilo. A partir de ellos se desarrolla el local adecuado para las grandes celebraciones de la comunidad, estructurado de acuerdo con la nueva masa de participantes y con la nueva autoconciencia: la basílica, nacida de la unión de elementos de la domus ecclesiae cristiana y de la basílica romana profana. Se trata de una obra tan lograda, plasmada con un total espíritu cristiano en la simplicidad de su aspecto exterior y en la intimidad serena y festiva de su interior, que determinará en los siglos siguientes la mayoría de los edificios sagrados cristianos. Los ejemplos históricos más famosos y que conocemos suficientemente, al menos en su planta o en imágenes, son: las basílicas romanas de los apóstoles Pedro y Pablo, así como la iglesia catedral del obispo de Roma, o sea, la iglesia del Santísimo Salvador, de Letrán, además de las iglesias de Belén, Jerusalén, Constantinopla, Nicomedia, Tréveris, Aquilea, Milán, etc.

Junto a la basílica se coloca el otro tipo creativamente modelado e igualmente surgido de la transformación de edificios profanos de la época: la iglesia de planta circular, cuyo ejemplo más grandioso -la "Hagia Sophia", de Constantinopla- existe todavía, mientras que el espacio cultual en cuanto tal se nos muestra mejor en San Stefano Rotundo y en el mausoleo de Constanza, en Roma, así como en el más tardío de San Vital, de Rávena.

Asimismo deben recordarse las construcciones destinadas a acciones cultuales particulares: el edificio de planta circular del baptisterio, como el de Letrán, en Roma; las memorias más modestas sobre las tumbas de los mártires (a partir de las cuales, a continuación, se desarrollaron las imponentes iglesias sepulcrales) y en los lugares de la historia sagrada; finalmente, las instalaciones sepulcrales, como las de los cementerios romanos subterráneos, con sus capillas, iglesias sepulcrales y, no en último lugar, una serie de imágenes.

En estos lugares de culto -cuya decoración artística interna conocemos de manera suficiente a través de los mosaicos (naturalmente posteriores) de Santa María la Mayor, en Roma; de Aquilea y de Rávena - ejercen su función de presidentes del pueblo creyente, que se reúne para la celebración común, el obispo, los presbíteros y los diáconos revestidos de los trajes festivos de la sociedad de entonces, trajes que poco a poco se van convirtiendo en un hábito o uniforme utilizado solamente durante el culto y que dan comienzo a las vestiduras litúrgicas que usó la edad media y que todavía usa nuestro tiempo.

Sin embargo, el culto en su conjunto siguió siendo la liturgia comunitaria del pueblo de Dios en memoria del Señor y de su acción salvífica, con motivo de la celebración regular de la eucaristía el domingo (favorecida ahora incluso por la legislación civil, que prescribe el necesario descanso y la abstención de la actividad judiciaria y mercantil) y con motivo de la celebración del mysterium paschale la noche de pascua, preparada e introducida por la rica liturgia de la cuaresma, que culmina en el domingo de ramos y el triduo pascual, y encuentra su propio coronamiento en la noche pascual (con la administración de los sacramentes de la iniciación) y en el domingo de pascua. La fiesta continúa después en el "tiempo de los cincuenta días" de pentecostés con el carácter gozoso de su alleluia victorioso y con la espera del envío del Espíritu Santo.

Al mismo tiempo, ahora se abre camino -a lo largo del siglo IV- una nueva forma de celebración del misterio de Cristo, es decir, la celebración de su encarnación, de su epifanía, de su revelación luminosa como salvador del mundo, como luz de luz, como señor poderoso, que manifiesta su propia gloria divina y redentora en su bautismo y en sus grandes milagros como inicio de la revelación, que alcanzará su cumbre en la "beata passio" y en la gloriosa resurrección.

A lo largo del siglo IV se desarrolla también la veneración de los mártires. Sobre sus tumbas se levantan pequeñas memorias, los llamados martyria. La multiplicidad de las oraciones, que ahora las iglesias del Occidente introducen en la celebración de la misa, facilita la veneración de los santos, mientras la plegaria eucarística propiamente dicha, el canon, sigue reservado a la memoria central de la muerte y resurrección del Señor; en ese memorial encuentra su centro decisivo todo martyrium, toda veneración de los mártires.

De manera que, durante el siglo IV, el culto cristiano experimentó un desarrollo rico, multiforme y al mismo tiempo dominado siempre por algunas líneas fundamentales comunes: día del Señor, celebración pascual, nacimiento y epifanía del Señor, sacramentos de la iniciación, ordenación de los ministros, memorias de los santos (de los mártires), oración comunitaria por la mañana y por la tarde y también en las vigilias nocturnas; el centro de todo lo ocupa la celebración eucarística como núcleo y vértice de todo el culto cristiano, que realiza el memorial real de la muerte y resurrección del Señor. La iglesia local y su obispo están facultados para regular en sus particulares estas celebraciones, sobre todo por lo que se refiere a la elección de las lecturas bíblicas y la formulación de las oraciones. Precisamente aquí es donde se manifiesta la diversidad entre las formas orientales y occidentales. Mientras las iglesias orientales usan una sola gran plegaria eucarística, que se dice sobre los dones del pan y del vino y exalta en una síntesis grandiosa la obra salvífica de Cristo -plegaria diferente de una a otra iglesia, por lo cual poseemos un considerable número de ellas-, las iglesias occidentales introducen en cada misa diversas oraciones, que expresan con acentos siempre nuevos determinadas peticiones, acompañan la marcha de la acción sagrada y nombran y exaltan en los prefacios elementos particulares de la obra salvífica; por el contrario, siempre en Occidente, el núcleo de la celebración eucarística está formado de manera más bien sobria y breve, y precisamente -en Roma, en el África septentrional (?) y en Milán, y algo menos en España por un solo texto esencial, el llamado canon.

V. LA LITURGIA ROMANA CLÁSICA

Todo lo que hemos dicho sobre la formación de las grandes familias litúrgicas vale de manera especial para la iglesia romana. También sus comienzos hay que colocarlos en la situación general de libertad que se instauró después del edicto de Milán del 313. El favor imperial ofrece a la iglesia romana la posibilidad de desarrollarse grandemente, sobre todo a nivel de construcciones: surgen los grandes edificios de la iglesia catedral de Letrán y las basílicas sobre las tumbas de los apóstoles. Las exhortaciones preocupadas de diversos sínodos africanos dejan adivinar un desarrollo tumultuoso de textos litúrgicos: "... preces quae probatae fuerint in concilio, sive praefationes, sive commendationes seu manus impositiones, ab omnibus celebrentur, nec aliae omnino contra fidem praeferantur; sed quaecumque a prudentibus fuerint collectae dicantur". También san Ambrosio, pese a su celo por la autonomía de su iglesia de Milán, reconoce la importancia extraordinaria e irradiante de la liturgia romana.

Si todas las liturgias occidentales se distinguen claramente de las formas del Oriente, es necesario añadir que el rito romano se distancia también de las formas todavía más ricamente desarrolladas del rito hispánico y visigótico. Distintivo particular de la liturgia romana es la plegaria eucarística, el canon romanus único, inmutable para todos los días del año y con pocos textos intercambiables (Communicantes, Hanc igitur). A continuación estudiaremos de manera particular la naturaleza, las estructuras y el contenido de esta liturgia, porque ella no solamente ha ejercido un influjo fortísimo sobre todas las liturgias occidentales, sino que en el transcurso de los siglos ha llegado a ser la liturgia casi exclusiva del Occidente (latino) y, por fin, de la iglesia universal (en América, Asia y África).

Se trata del período que va del siglo IV hasta aproximadamente el siglo VIII, o sea, del tiempo en que la iglesia romana desarrolló y formó de la manera espléndida que le es característica su propio culto, hasta darle una forma madura y extraordinariamente rica y preciosa bajo el aspecto teológico; después, esas formas litúrgicas entrarán en contacto con los nuevos pueblos del medievo francogermánico y sufrirán numerosas modificaciones. El conocimiento de este tiempo se ve dificultado por el hecho de que casi todos los documentos que nos dan noticias sobre él son manuscritos del período sucesivo, influidos ya con frecuencia por la nueva situación. Las formas típicamente romanas en sentido estricto comienzan cuando la iglesia local romana vive el paso del griego al latín, acontecimiento que tuvo lugar, con gran probabilidad, bajo el papa Dámaso (366-384).

Aunque hayan sido puestos por escrito en un momento posterior, hay toda una serie de documentos que testifican en sustancia cómo se celebraba en aquel tiempo el culto central; se trata de los libros que servían al pueblo de Dios de esta iglesia para celebrar, bajo la presidencia de su obispo rodeado de su presbyterium y de los ministros, los missarum solemnia, la misa solemne, como hoy diríamos nosotros. Son: el Sacramentarium, que contiene todas las oraciones del sacerdote que celebra la misa (y también los otros grandes sacramentos); el Lectionarium, con los textos del AT y del NT que proclaman los ministros; el Liber antiphonarius, con los textos y melodías de la schola cantorum (y, por lo menos en teoría, del pueblo), subdividido (aunque solamente en un período posterior) en un Antiphonarius Missae y en un Antiphonarius Officii (este último para la liturgia de las Horas); el Ordo (romanus), el libro que describe la manera de ejecutar las acciones sagradas. Finalmente, debemos tener presentes los edificios y las obras de arte, que constituyen el espacio y el ambiente de las acciones cultuales y reflejan de alguna manera su espíritu.

El Sacramentario recoge las oraciones del sacerdote. Inicialmente éstas se dejaban a la libre inspiración del celebrante; e incluso cuando éste recurría a modelos, en el fondo quedaba libre. Sólo poco a poco se comenzó a poner por escrito, a copiar y a conservar ciertas oraciones particularmente logradas, creadas en un momento feliz, para ponerlas a disposición de otros sacerdotes en un libellus sacramentorum, un pequeño libro que contenía las oraciones necesarias para la celebración de los sacramenta (es decir, la misa y los otros sacramentos). En un segundo momento, esos libelli se recogieron y se ordenaron primero de manera privada, y siguiendo criterios más bien externos (el orden de los meses); luego sistemáticamente, en una sucesión regida por criterios teológicos, disponiéndose dentro del anni circulus, o sea, se recogieron en el Liber Sacramentorum. Este es, simplificando un tanto las cosas, el proceso que se verificó, poco a poco, a lo largo de dos o tres siglos. Testigos de ello son los sacramentarios, que obviamente están ordenados de formas diversas -empezando por el Veronense (llamado también Leonianum), colección privada de oraciones, cuyo núcleo podría remontarse a León Magno y a otros papas de los siglos V y VI. Todos estos libros siguen suministrando hasta hoy la mayor parte de las oraciones de la iglesia romana.

Tras las oraciones de petición y de alabanza del sacerdote celebrante, atestiguadas por los sacramentarios, durante la acción cultual se hace la proclamación de la palabra de Dios, de la obra salvífica de Cristo. Para esa proclamación sirve el Lectionarium, que contiene los pasajes escriturísticos que se deben leer en voz alta. Al principio esas lecturas se elegían libremente de la Biblia. Después se comenzó a indicar con signos en el texto bíblico los trozos que se debían leer y se redactaron listas con esas indicaciones, los llamados Capitulares. Finalmente, se copiaron nuevamente los trozos así indicados y se los reunió en libros especiales: en el Evangeliarium, para el diácono, y en el Epistolarium, para el lector; independientes al principio, uno y otro acabaron por confluir en el leccionario de la misa, que se distingue del leccionario para la liturgia de las Horas. Los manuscritos más antiguos que nos ofrecen ese tipo de textos se remontan a los siglos VI y VII.

También a los siglos VI y VII se remontan los antifonarios, colecciones de textos y de melodías para la celebración de la misa y posteriormente del oficio divino, aunque las melodías más antiguas que se nos han conservado son con frecuencia posteriores al tiempo del papa Gregorio Magno.

De particular importancia son los Ordines (romani), que indican el modo de celebrar las acciones sagradas. Los Ordines que se nos han conservado son con frecuencia memorias de peregrinos franco-germánicos, que anotaron la costumbre romana que admiraban y la dieron a conocer en su patria para que fuera imitada, a veces adaptando o uniendo la praxis romana a las tradiciones locales. De todas formas, algunos de los 50 Ordines Romani [= OR] (según la numeración y la clasificación de M. Andrieu) nos ofrecen un cuadro relativamente fiel de la liturgia romana del período clásico, o sea, del pleno desarrollo, anterior a la fusión con elementos franco-germánicos. Esto vale sobre todo para el OR I, que nos presenta un cuadro claro de la misa solemne romana hacia el siglo VII; lo mismo hace el OR XI para la celebración del catecumenado y de la initiatio christiana (bautismo y confirmación).

El cuadro puede completarse de manera excelente remitiéndose a los monumentos del arte contemporáneo que han llegado hasta nosotros, es decir, los edificios eclesiásticos y su decoración artística. Las basílicas, exteriormente grandiosas y sencillas, presentan en su interior una atmósfera cálida y festiva, en la que el pueblo de Dios se reúne bajo la presidencia del obispo con su presbiterio para la celebración comunitaria de la eucaristía, o sea, de la liturgia de la palabra y de la liturgia sacramental propiamente dicha del memorial del Señor y del sagrado convite. Hermosos ejemplos de semejantes construcciones son, en la misma Roma, sobre todo Santa Sabina y -aunque un poco posterior- Santa María la Mayor; asimismo las iglesias de Rávena: San Apolinar Nuevo, San Apolinar en Classe, San Vital y los dos baptisterios. Santa María la Mayor ofrece también un hermoso ejemplo de representación del ciclo de la historia sagrada (a lo largo de las paredes de la nave central). Es digna de consideración la imagen del Cristo de estos siglos, representado sea en las prefiguraciones de la historia de la salvacrón, sea de manera directa: en la imagen del Cristo joven, del buen pastor, del soldado victorioso (Rávena, capilla arzobispal) y, finalmente, en el Cristo barbado, maestro y dominador; del Pantokrator, por ejemplo, en los santos Cosme y Damián en Santa Pudenciana, de Roma, y, por último, en la figura del crucificado, como en Santa María Antigua, también en Roma (y en las correspondientes reproducciones, de pequeño tamaño, como por ejemplo en el Codex de Rabulas y de Rossano). El arte cristiano antiguo, que encontró su lugar en las basílicas romanas, supo concretar la victoria del misterio de Cristo, la síntesis del mysterium paschale, utilizando los elementos mejores de la grandeza (romana) antigua y de la majestad oriental, y superando el estilo demasiado superficial, juguetón e impresionista del naturalismo helenista tardío.

En este marco se debe ver la celebración festiva de los Missarum Sollemnia, ilustrada y presupuesta en el OR I. Se trata del culto practicado por el obispo de Roma en su catedral en comunión con todo el pueblo de Dios y con la utilización de todos los libros mencionados. Se subraya que se trata de un culto comunitario del obispo y del pueblo. El orden y la sucesión del conjunto corresponden todavía a la mejor forma bíblica. No existen oraciones privadas (ni, por tanto, tampoco las oraciones silenciosas del sacerdote en los escalones del altar, durante la ofrenda de los dones, antes y después de la comunión, añadidas solamente en el medievo). Únicamente se encuentra al comienzo un breve acto de adoración de la eucaristía (conservada desde la anterior celebración de la misa). Por lo demás, toda la piedad personal se manifiesta en la celebración simple y genuina de la gran acción: después del introitus vienen la oración, las lecturas, la homilía (por lo menos todavía en la época de Gregorio Magno), la ofrenda de los dones, la plegaria solemne y la acción de gracias (esto es, la eucharistia propiamente dicha) sobre esos dones y el sagrado convite bajo las dos especies para todos. Todo ello con gran sencillez y solemnidad: herencia apostólica; desarrollo de la plegaria eucarística originalmente griega (prefacio y canon); su adaptación de acuerdo con el genio latino en la lengua clásica de la latinidad tardía cristiana; realización de la tradición universal en la forma exterior de la cultura de entonces; transmisión de elevados valores espirituales en una forma externa elocuente. Naturalmente, la celebración que acabamos de describir de los Missarum Sollemnia es el culto festivo del papa, pero sirve de modelo a todas las demás acciones eucarísticas. Con gran libertad se orientan hacia este alto modelo en las celebraciones que los presbyteri realizan en los tituli (o sea, en las iglesias parroquiales) de la ciudad y en reuniones menos numerosas. Para completar el cuadro de la liturgia de aquel tiempo es necesario por lo menos aludir a la celebración de las solemnidades: después de la celebración de la navidad y epifanía, de las