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LA LITURGIA
OBRA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
CAPÍTULO
PRIMERO
EL MISTERIO PASCUAL EN EL TIEMPO DE LA IGLESIA
221. ¿De qué modo el Padre es
fuente y fin de la liturgia?
En la liturgia el Padre nos
colma de sus bendiciones en el Hijo encarnado,
muerto y resucitado por nosotros, y derrama en
nuestros corazones el Espíritu Santo. Al mismo
tiempo, la Iglesia bendice al Padre mediante la
adoración, la alabanza y la acción de gracias, e
implora el don de su Hijo y del Espíritu Santo.
222. ¿Cuál es la obra de
Cristo en la Liturgia?
En la liturgia de la Iglesia,
Cristo significa y realiza principalmente su
misterio pascual. Al entregar el Espíritu Santo
a los Apóstoles, les ha concedido, a ellos y a
sus sucesores, el poder de actualizar la obra de
la salvación por medio del sacrificio
eucarístico y de los sacramentos, en los cuales
Él mismo actúa para comunicar su gracia a los
fieles de todos los tiempos y en todo el mundo.
223. ¿Cómo actúa el Espíritu
Santo en la liturgia respecto de la Iglesia?
En la liturgia se realiza la más
estrecha cooperación entre el Espíritu Santo y
la Iglesia. El Espíritu Santo prepara a la
Iglesia para el encuentro con su Señor, recuerda
y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea de
creyentes, hace presente y actualiza el Misterio
de Cristo, une la Iglesia a la vida y misión de
Cristo y hace fructificar en ella el don de la
comunión.
CATECISMO
DE LA
IGLESIA CATÓLICA
Compendio
La Liturgia es:
La palabra Liturgia viene del griego
(leitourgia) y quiere decir servicio
público, generalmente ofrecido
por un individuo a la comunidad. Hoy se usa
para desginar todo el conjunto de la oración
pública de la Iglesia y de la celebración
sacramental.
El Concilio Vaticano II en la "Constitución
sobre la Liturgia" nos presenta un tratado
amplio, profundo y pastoral sobre el tema.
Citamos algunos conceptos para darnos una
idea de lo importante que es vivir la
Liturgia, si queremos enriquecernos de los
dones que proceden de la acción redentora de
Nuestro Señor.
"La Liturgia es el ejercicio del
sacerdocio de Jesucristo. En ella, los
signos sensibles significan y cada uno a su
manera realizan la santificación del hombre,
y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es
decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el
culto público íntegro. En consecuencia, toda
celebración litúrgica, por ser obra de
Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la
Iglesia, es acción sagrada por excelencia,
cuya eficacia, con el mismo título y en el
mismo grado, no la iguala ninguna otra
acción de la Iglesia" (SC 7).
En esta amplia descripción encontramos lo
que es realmente la Liturgia. Señalamos que:
1.-Es el ejercicio del sacerdocio de Cristo.
Es decir, en la Liturgia, Cristo actúa como
sacerdote, ofreciéndose al Padre, para la
salvación de los hombres. 2.-Los signos
sensibles realizan la santificación de los
hombres en lo que quieren decir. Por
ejemplo, el agua en el Bautismo significa y
realiza la purificación y es principio de
vida, el pan en la Eucaristía alimenta el
espíritu del hombre.
3.-En la acción litúrgica, Cristo y los
cristianos, que forman el Cuerpo Místico,
ejercen el culto público.
4.-Es la acción sagrada por excelencia,
que ninguna oración o acción humana puede
igualar por ser obra de Cristo y de toda su
Iglesia y no de una persona o un grupo. Para
asimilar mejor los conceptos que nos revelan
la importancia de la liturgia, citamos otro
texto del Concilio:
"La Liturgia es la cumbre a la que tiende
la actividad de la Iglesia y, al mismo
tiempo, la fuente de
donde mana toda su fuerza".
Liturgia Catolica
Razón de ser de la liturgia
1066. En el Símbolo de la fe, la
Iglesia confiesa el misterio de
la Santísima Trinidad y su
"designio benevolente" (Ef 1,9)
sobre toda la creación: El Padre
realiza el "misterio de su
voluntad" dando a su Hijo Amado
y al Espíritu Santo para la
salvación del mundo y para la
gloria de su Nombre. Tal es el
Misterio de Cristo (cf Ef 3,4),
revelado y realizado en la
historia según un plan, una
"disposición" sabiamente
ordenada que S. Pablo llama "la
economía del Misterio" (Ef 3,9)
y que la tradición patrística
llamará "la Economía del Verbo
encarnado" o "la Economía de la
salvación".
1067 "Cristo el Señor realizó
esta obra de la redención humana
y de la perfecta glorificación
de Dios, preparada por las
maravillas que Dios hizo en el
pueblo de la Antigua Alianza,
principalmente por el misterio
pascual de su bienaventurada
pasión, de su resurrección de
entre los muertos y de su
gloriosa ascensión. Por este
misterio, `con su muerte
destruyó nuestra muerte y con su
resurrección restauró nuestra
vida'. Pues del costado de
Cristo dormido en la cruz nació
el sacramento admirable de toda
la Iglesia" (SC 5). Por eso, en
la liturgia, la Iglesia celebra
principalmente el Misterio
pascual por el que Cristo
realizó la obra de nuestra
salvación.
1068 Es el Misterio de Cristo lo
que la Iglesia anuncia y celebra
en su liturgia a fin de que los
fieles vivan de él y den
testimonio del mismo en el
mundo:
En efecto, la liturgia, por
medio de la cual "se ejerce la
obra de nuestra redención",
sobre todo en el divino
sacrificio de la Eucaristía,
contribuye mucho a que los
fieles, en su vida, expresen y
manifiesten a los demás el
misterio de Cristo y la
naturaleza genuina de la
verdadera Iglesia (SC 2).
Significación de la palabra
"Liturgia"
1069 La palabra "Liturgia"
significa originariamente "obra
o quehacer público", "servicio
de parte de y en favor del
pueblo". En la tradición
cristiana quiere significar que
el Pueblo de Dios toma parte en
"la obra de Dios" (cf. Jn 17,4).
Por la liturgia, Cristo, nuestro
Redentor y Sumo Sacerdote,
continúa en su Iglesia, con ella
y por ella, la obra de nuestra
redención.
1070 La palabra "Liturgia" en el
Nuevo Testamento es empleada
para designar no solamente la
celebración del culto divino (cf
Hch 13,2; Lc 1,23), sino también
el anuncio del Evangelio (cf. Rm
15,16; Flp 2,14-17. 30) y la
caridad en acto (cf Rm 15,27; 2
Co 9,12; Flp 2,25). En todas
estas situaciones se trata del
servicio de Dios y de los
hombres. En la celebración
litúrgica, la Iglesia es
servidora, a imagen de su Señor,
el único "Liturgo" (cf Hb 8,2 y
6), del cual ella participa en
su sacerdocio, es decir, en el
culto, anuncio y servicio de la
caridad:
Con razón se considera la
liturgia como el ejercicio de la
función sacerdotal de Jesucristo
en la que, mediante signos
sensibles, se significa y se
realiza, según el modo propio de
cada uno, la santificación del
hombre y, así, el Cuerpo místico
de Cristo, esto es, la Cabeza y
sus miembros, ejerce el culto
público. Por ello, toda
celebración litúrgica, como obra
de Cristo sacerdote y de su
Cuerpo, que es la Iglesia, es
acción sagrada por excelencia
cuya eficacia, con el mismo
título y en el mismo grado, no
la iguala ninguna otra acción de
la Iglesia (SC 7).
La liturgia como fuente de
Vida
1071 La Liturgia, obra de
Cristo, es también una acción de
su Iglesia. Realiza y manifiesta
la Iglesia como signo visible de
la comunión entre Dios y de los
hombres por Cristo. Introduce a
los fieles en la Vida nueva de
la comunidad. Implica una
participación "consciente,
activa y fructífera" de todos
(SC 11).
1072 "La sagrada liturgia no
agota toda la acción de la
Iglesia" (SC 9): debe ser
precedida por la evangelización,
la fe y la conversión; sólo así
puede dar sus frutos en la vida
de los fieles: la Vida nueva
según el Espíritu, el compromiso
en la misión de la Iglesia y el
servicio de su unidad.
Oración y Liturgia
1073 La Liturgia es también
participación en la oración de
Cristo, dirigida al Padre en el
Espíritu Santo. En ella toda
oración cristiana encuentra su
fuente y su término. Por la
liturgia el hombre interior es
enraizado y fundado (cf Ef
3,16-17) en "el gran amor con
que el Padre nos amó" (Ef 2,4)
en su Hijo Amado. Es la misma
"maravilla de Dios" que es
vivida e interiorizada por toda
oración, "en todo tiempo, en el
Espíritu" (Ef 6,18)
Catequesis y Liturgia
1074 "La Liturgia es la cumbre a
la que tiende la acción de la
Iglesia y, al mismo tiempo, la
fuente de donde mana toda su
fuerza" (SC 10). Por tanto, es
el lugar privilegiado de la
catequesis del Pueblo de Dios.
"La cateq uesis está
intrínsecamente unida a toda la
acción litúrgica y sacramental,
porque es en los sacramentos, y
sobre todo en la Eucaristía,
donde Jesucristo actúa en
plenitud para la transformación
de los hombres" (CT 23).
1075 La catequesis litúrgica
pretende introducir en el
Misterio de Cristo ( es
"mistagogia"), procediendo de lo
visible a lo invisible, del
signo a lo significado, de los
"sacramentos" a los "misterios".
Esta modalidad de catequesis
corresponde hacerla a los
catecismos locales y regionales.
El presente catecismo, que
quiere ser un servicio para toda
la Iglesia, en la diversidad de
sus ritos y sus culturas (cf SC
3-4), enseña lo que es
fundamental y común a toda la
Iglesia en lo que se refiere a
la Liturgia en cuanto misterio y
celebración (primera sección), y
a los siete sacramentos y los
sacramentales (segunda sección).
LA LITURGIA, OBRA DE LA
SANTÍSIMA TRINIDAD
I. El Padre, fuente y fin de la
liturgia
1077 "Bendito sea el Dios y
Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que nos ha bendecido
con toda clase de bendiciones
espirituales, en los cielos, en
Cristo; por cuanto nos ha
elegido en él antes de la
creación del mundo, para ser
santos e inmaculados en su
presencia, en el amor;
eligiéndonos de antemano para
ser sus hijos adoptivos por
medio de Jesucristo, según el
beneplácito de su voluntad, para
alabanza de la gloria de su
gracia con la que nos agració en
el Amado" (Ef 1,3-6).
1078 Bendecir es una acción
divina que da la vida y cuya
fuente es el Padre. Su bendición
es a la vez palabra y don
("bene-dictio", "eu-logia").
Aplicado al hombre, este término
significa la adoración y la
entrega a su Creador en la
acción de gracias.
1079 Desde el comienzo y hasta
la consumación de los tiempos,
toda la obra de Dios es
bendición. Desde el poema
litúrgico de la primera creación
hasta los cánticos de la
Jerusalén celestial, los autores
inspirados anuncian el designio
de salvación como una inmensa
bendición divina.
1080 Desde el comienzo, Dios
bendice a los seres vivos,
especialmente al hombre y la
mujer. La alianza con Noé y con
todos los seres animados renueva
esta bendición de fecundidad, a
pesar del pecado del hombre por
el cual la tierra queda
"maldita". Pero es a partir de
Abraham cuando la bendición
divina penetra en la historia
humana, que se encaminaba hacia
la muerte, para hacerla volver a
la vida, a su fuente: por la fe
del "padre de los creyentes" que
acoge la bendición se inaugura
la historia de la salvación.
1081 Las bendiciones divinas se
manifiestan en acontecimientos
maravillosos y salvadores: el
nacimiento de Isaac, la salida
de Egipto (Pascua y Exodo), el
don de la Tierra prometida, la
elección de David, la Presencia
de Dios en el templo, el exilio
purificador y el retorno de un
"pequeño resto". La Ley, los
Profetas y los Salmos que tejen
la liturgia del Pueblo elegido
recuerdan a la vez estas
bendiciones divinas y responden
a ellas con las bendiciones de
alabanza y de acción de gracias.
1082 En la Liturgia de la
Iglesia, la bendición divina es
plenamente revelada y
comunicada: el Padre es
reconocido y adorado como la
fuente y el fin de todas las
bendiciones de la Creación y de
la Salvación; en su Verbo,
encarnado, muerto y resucitado
por nosotros, nos colma de sus
bendiciones y por él derrama en
nuestros corazones el Don que
contiene todos los dones: el
Espíritu Santo.
1083 Se comprende, por tanto,
que en cuanto respuesta de fe y
de amor a las "bendiciones
espirituales" con que el Padre
nos enriquece, la liturgia
cristiana tiene una doble
dimensión. Por una parte, la
Iglesia, unida a su Señor y
"bajo la acción el Espíritu
Santo" (Lc 10,21), bendice al
Padre "por su Don inefable" (2
Co 9,15) mediante la adoración,
la alabanza y la acción de
gracias. Por otra parte, y hasta
la consumación del designio de
Dios, la Iglesia no cesa de
presentar al Padre "la ofrenda
de sus propios dones" y de
implorar que el Espíritu Santo
venga sobre esta ofrenda, sobre
ella misma, sobre los fieles y
sobre el mundo entero, a fin de
que por la comunión en la muerte
y en la resurrección de
Cristo-Sacerdote y por el poder
del Espíritu estas bendiciones
divinas den frutos de vida "para
alabanza de la gloria de su
gracia" (Ef 1,6).
II La obra de Cristo en la
liturgia
Cristo glorificado...
1084 "Sentado a la derecha del
Padre" y derramando el Espíritu
Santo sobre su Cuerpo que es la
Iglesia, Cristo actúa ahora por
medio de los sacramentos,
instituidos por él para
comunicar su gracia. Los
sacramentos son signos sensibles
(palabras y acciones),
accesibles a nuestra humanidad
actual. Realizan eficazmente la
gracia que significan en virtud
de la acción de Cristo y por el
poder del Espíritu Santo.
1085 En la Liturgia de la
Iglesia, Cristo significa y
realiza principalmente su
misterio pascual. Durante su
vida terrestre Jesús anunciaba
con su enseñanza y anticipaba
con sus actos el misterio
pascual. Cuando llegó su Hora
(cf Jn 13,1; 17,1), vivió el
único acontecimiento de la
historia que no pasa: Jesús
muere, es sepultado, resucita de
entre los muertos y se sienta a
la derecha del Padre "una vez
por todas" (Rm 6,10; Hb 7,27;
9,12). Es un acontecimiento
real, sucedido en nuestra
historia, pero absolutamente
singular: todos los demás
acontecimientos suceden una vez,
y luego pasan y son absorbidos
por el pasado. El misterio
pascual de Cristo, por el
contrario, no puede permanecer
solamente en el pasado, pues por
su muerte destruyó a la muerte,
y todo lo que Cristo es y todo
lo que hizo y padeció por los
hombres participa de la
eternidad divina y domina así
todos los tiempos y en ellos se
mantiene permanentemente
presente. El acontecimiento de
la Cruz y de la Resurrección
permanece y atrae todo hacia la
Vida.
...desde la Iglesia de los
Apóstoles...
1086 "Por esta razón, como
Cristo fue enviado por el Padre,
él mismo envió también a los
Apóstoles, llenos del Espíritu
Santo, no sólo para que, al
predicar el Evangelio a toda
criatura, anunciaran que el Hijo
de Dios, con su muerte y
resurrección, nos ha liberado
del poder de Satanás y de la
muerte y nos ha conducido al
reino del Padre, sino también
para que realizaran la obra de
salvación que anunciaban
mediante el sacrificio y los
sacramentos en torno a los
cuales gira toda la vida
litúrgica" (SC 6).
1087 Así, Cristo resucitado,
dando el Espíritu Santo a los
Apóstoles, les confía su poder
de santificación (cf Jn 20,21-
23); se convierten en signos
sacramentales de Cristo. Por el
poder del mismo Espíritu Santo
confían este poder a sus
sucesores. Esta "sucesión
apostólica" estructura toda la
vida litúrgica de la Iglesia.
Ella misma es sacramental,
transmitida por el sacramento
del Orden.está presente en la
Liturgia terrena...
1088 "Para llevar a cabo una
obra tan grande" -la
dispensación o comunicación de
su obra de salvación-"Cristo
está siempre presente en su
Iglesia, principalmente en los
actos litúrgicos. Está presente
en el sacrificio de la misa, no
sólo en la persona del ministro,
`ofreciéndose ahora por
ministerio de los sacerdotes el
mismo que entonces se ofreció en
la cruz', sino también, sobre
todo, bajo las especies
eucarísticas. Está presente con
su virtud en los sacramentos, de
modo que, cuando alguien
bautiza, es Cristo quien
bautiza. Está presente en su
palabra, pues es El mismo el que
habla cuando se lee en la
Iglesia la Sagrada Escritura.
Está presente, finalmente,
cuando la Iglesia suplica y
canta salmos, el mismo que
prometió: `Donde están dos o
tres congregados en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos'
(Mt 18,20)" (SC 7).
1089 "Realmente, en una obra tan
grande por la que Dios es
perfectamente glorificado y los
hombres santificados, Cristo
asocia siempre consigo a la
Iglesia, su esposa amadísima,
que invoca a su Señor y por El
rinde culto al Padre Eterno" (SC
7).
...que participa en la Liturgia
celestial
1090 "En la liturgia terrena
pregustamos y participamos en
aquella liturgia celestial que
se celebra en la ciudad santa,
Jerusalén, hacia la cual nos
dirigimos como peregrinos, donde
Cristo está sentado a la derecha
del Padre, como ministro del
santuario y del tabernáculo
verdadero; cantamos un himno de
gloria al Señor con todo el
ejército celestial; venerando la
memoria de los santos, esperamos
participar con ellos y
acompañarlos; aguardamos al
Salvador, nuestro Señor
Jesucristo, hasta que se
manifieste El, nuestra Vida, y
nosotros nos manifestamos con El
en la gloria" (SC 8; cf. LG 50).
III El Epíritu Santo y la
Iglesia en la liturgia
1091 En la Liturgia, el Espíritu
Santo es el pedagogo de la fe
del Pueblo de Dios, el artífice
de las "obras maestras de Dios"
que son los sacramentos de la
Nueva Alianza. El deseo y la
obra del Espíritu en el corazón
de la Iglesia es que vivamos de
la vida de Cristo resucitado.
Cuando encuentra en nosotros la
respuesta de fe que él ha
suscitado, entonces se realiza
una verdadera cooperación. Por
ella, la Liturgia viene a ser la
obra común del Espíritu Santo y
de la Iglesia.
1092 En esta dispensación
sacramental del misterio de
Cristo, el Espíritu Santo actúa
de la misma manera que en los
otros tiempos de la Economía de
la salvación: prepara la Iglesia
para el encuentro con su Señor,
recuerda y manifiesta a Cristo a
la fe de la asamblea; hace
presente y actualiza el misterio
de Cristo por su poder
transformador; finalmente, el
Espíritu de comunión une la
Iglesia a la vida y a la misión
de Cristo.
El Espíritu Santo prepara a
recibir a Cristo
1093 El Espíritu Santo realiza
en la economía sacramental las
figuras de la Antigua Alianza.
Puesto que la Iglesia de Cristo
estaba "preparada
maravillosamente en la historia
del pueblo de Israel y en la
Antigua Alianza" (LG 2), la
Liturgia de la Iglesia conserva
como una parte integrante e
irremplazable, haciéndolos
suyos, algunos elementos del
culto de la Antigua Alianza:
– principalmente la lectura del
Antiguo Testamento;
– la oración de los Salmos;
– y sobre todo la memoria de los
acontecimientos salvíficos y de
las realidades significativas
que encontraron su cumplimiento
en el misterio de Cristo (la
Promesa y la Alianza; el Exodo y
la Pascua, el Reino y el Templo;
el Exilio y el Retorno).
1094 Sobre esta armonía de los
dos Testamentos (cf DV 14-16) se
articula la catequesis pascual
del Señor (cf Lc 24,13- 49), y
luego la de los Apóstoles y de
los Padres de la Iglesia. Esta
catequesis pone de manifiesto lo
que permanecía oculto bajo la
letra del Antiguo Testamento: el
misterio de Cristo. Es llamada
catequesis "tipológica", porque
revela la novedad de Cristo a
partir de "figuras" (tipos) que
la anunciaban en los hechos, las
palabras y los símbolos de la
primera Alianza. Por esta
relectura en el Espíritu de
Verdad a partir de Cristo, las
figuras son explicadas (cf 2 Co
3, 14-16). Así, el diluvio y el
arca de Noé prefiguraban la
salvación por el Bautismo (cf 1
P 3,21), y lo mismo la nube, y
el paso del mar Rojo; el agua de
la roca era la figura de los
dones espirituales de Cristo (cf
1 Co 10,1-6); el maná del
desierto prefiguraba la
Eucaristía "el verdadero Pan del
Cielo" (Jn 6,32).
1095 Por eso la Iglesia,
especialmente durante los
tiempos de Adviento, Cuaresma y
sobre todo en la noche de
Pascua, relee y revive todos
estos acontecimientos de la
historia de la salvación en el
"hoy" de su Liturgia. Pero esto
exige también que la catequesis
ayude a los fieles a abrirse a
esta inteligencia "espiritual"
de la Economía de la salvación,
tal como la Liturgia de la
Iglesia la manifiesta y nos la
hace vivir.
1096 Liturgia judía y liturgia
cristiana. Un mejor conocimiento
de la fe y la vida religiosa del
pueblo judío tal como son
profesadas y vividas aún hoy,
puede ayudar a comprender mejor
ciertos aspectos de la Liturgia
cristiana. Para los judíos y
para los cristianos la Sagrada
Escritura es una parte esencial
de sus respectivas liturgias:
para la proclamación de la
Palabra de Dios, la respuesta a
esta Palabra, la adoración de
alabanza y de intercesión por
los vivos y los difuntos, el
recurso a la misericordia
divina. La liturgia de la
Palabra, en su estructura
propia, tiene su origen en la
oración judía. La oración de las
Horas, y otros textos y
formularios litúrgicos tienen
sus paralelos también en ella,
igual que las mismas fórmulas de
nuestras oraciones más
venerables, por ejemplo, el
Padre Nuestro. Las plegarias
eucarísticas se inspiran también
en modelos de la tradición
judía. La relación entre
liturgia judía y liturgia
cristiana, pero también la
diferencia de sus contenidos,
son particularmente visibles en
las grandes fiestas del año
litúrgico como la Pascua. Los
cristianos y los judíos celebran
la Pascua: Pascua de la
historia, orientada hacia el
porvenir en los judíos; Pascua
realizada en la muerte y la
resurrección de Cristo en los
cristianos, aunque siempre en
espera de la consumación
definitiva.
1097 En la Liturgia de la Nueva
Alianza, toda acción litúrgica,
especialmente la celebración de
la Eucaristía y de los
sacramentos es un encuentro
entre Cristo y la Iglesia. La
asamblea litúrgica recibe su
unidad de la "comunión del
Espíritu Santo" que reúne a los
hijos de Dios en el único Cuerpo
de Cristo. Esta reunión desborda
las afinidades humanas,
raciales, culturales y sociales.
1098 La Asamblea debe prepararse
para encontrar a su Señor, debe
ser "un pueblo bien dispuesto".
Esta preparación de los
corazones es la obra común del
Espíritu Santo y de la Asamblea,
en particular de sus ministros.
La gracia del Espíritu Santo
tiende a suscitar la fe, la
conversión del corazón y la
adhesión a la voluntad del
Padre. Estas disposiciones
preceden a la acogida de las
otras gracias ofrecidas en la
celebración misma y a los frutos
de vida nueva que está llamada a
producir.
El Espíritu Santo recuerda el
Misterio de Cristo
1099 El Espíritu y la Iglesia
cooperan en la manifestación de
Cristo y de su obra de salvación
en la Liturgia. Principalmente
en la Eucaristía, y análogamente
en los otros sacramentos, la
Liturgia es Memorial del
Misterio de la salvación. El
Espíritu Santo es la memoria
viva de la Iglesia (cf Jn
14,26).
1100 La Palabra de Dios. El
Espíritu Santo recuerda
primeramente a la asamblea
litúrgica el sentido del
acontecimiento de la salvación
dando vida a la Palabra de Dios
que es anunciada para ser
recibida y vivida:
La importancia de la Sagrada
Escritura en la celebración de
la liturgia es máxima. En
efecto, de ella se toman las
lecturas que luego se explican
en la homilía, y los salmos que
se cantan; las preces, oraciones
e himnos litúrgicos están
impregnados de su aliento y su
inspiración; de ella reciben su
significado las acciones y los
signos (SC 24).
1101 El Espíritu Santo es quien
da a los lectores y a los
oyentes, según las disposiciones
de sus corazones, la
inteligencia espiritual de la
Palabra de Dios. A través de las
palabras, las acciones y los
símbolos que constituyen la
trama de una celebración, el
Espíritu Santo pone a los fieles
y a los ministros en relación
viva con Cristo, Palabra e
Imagen del Padre, a fin de que
puedan hacer pasar a su vida el
sentido de lo que oyen,
contemplan y realizan en la
celebración.
1102 "La fe se suscita en el
corazón de los no creyentes y se
alimenta en el corazón de los
creyentes con la palabra de la
salvación. Con la fe empieza y
se desarrolla la comunidad de
los creyentes" (PO 4). El
anuncio de la Palabra de Dios no
se reduce a una enseñanza: exige
la respuesta de fe, como
consentimiento y compromiso, con
miras a la Alianza entre Dios y
su pueblo. Es también el
Espíritu Santo quien da la
gracia de la fe, la fortalece y
la hace crecer en la comunidad.
La asamblea litúrgica es ante
todo comunión en la fe.
1103 La Anamnesis. La
celebración litúrgica se refiere
siempre a las intervenciones
salvíficas de Dios en la
historia. "El plan de la
revelación se realiza por obras
y palabras intrínsecamente
ligadas; ... las palabras
proclaman las obras y explican
su misterio" (DV 2). En la
Liturgia de la Palabra, el
Espíritu Santo "recuerda" a la
Asamblea todo lo que Cristo ha
hecho por nosotros. Según la
naturaleza de las acciones
litúrgicas y las tradiciones
rituales de las Iglesias, una
celebración "hace memoria" de
las maravillas de Dios en una
Anámnesis más o menos
desarrollada. El Espíritu Santo,
que despierta así la memoria de
la Iglesia, suscita entonces la
acción de gracias y la alabanza
(Doxología).
El Espíritu Santo actualiza el
Misterio de Cristo
1104 La Liturgia cristiana no
sólo recuerda los
acontecimientos que nos
salvaron, sino que los
actualiza, los hace presentes.
El Misterio pascual de Cristo se
celebra, no se repite; son las
celebraciones las que se
repiten; en cada una de ellas
tiene lugar la efusión del
Espíritu Santo que actualiza el
único Misterio.
1105 La Epiclesis ("invocación
sobre") es la intercesión
mediante la cual el sacerdote
suplica al Padre que envíe el
Espíritu santificador para que
las ofrendas se conviertan en el
Cuerpo y la Sangre de Cristo y
para que los fieles, al
recibirlos, se conviertan ellos
mismos en ofrenda viva para
Dios.
1106 Junto con la Anámnesis, la
Epíclesis es el centro de toda
celebración sacramental, y muy
particularmente de la
Eucaristía:
Preguntas cómo el pan se
convierte en el Cuerpo de Cristo
y el vino...en Sangre de Cristo.
Te respondo: el Espíritu Santo
irrumpe y realiza aquello que
sobrepasa toda palabra y todo
pensamiento...Que te baste oír
que es por la acción del
Espíritu Santo, de igual modo
que gracias a la Santísima
Virgen y al mismo Espíritu, el
Señor, por sí mismo y en sí
mismo, asumió la carne humana
(S. Juan Damasceno, f.o., IV,
13).
1107 El poder transformador del
Espíritu Santo en la Liturgia
apresura la venida del Reino y
la consumación del Misterio de
la salvación. En la espera y en
la esperanza nos hace realmente
anticipar la comunión plena con
la Trinidad Santa. Enviado por
el Padre, que escucha la
epíclesis de la Iglesia, el
Espíritu da la vida a los que lo
acogen, y constituye para ellos,
ya desde ahora, "las arras" de
su herencia (cf Ef 1,14; 2 Co
1,22).
La comunión del Espíritu Santo
1108 La finalidad de la misión
del Espíritu Santo en toda
acción litúrgica es poner en
comunión con Cristo para formar
su Cuerpo. El Espíritu Santo es
como la savia de la viña del
Padre que da su fruto en los
sarmientos (cf Jn 15,1-17; Ga
5,22). En la Liturgia se realiza
la cooperación más íntima entre
el Espíritu Santo y la Iglesia.
El Espíritu de Comunión
permanece indefectiblemente en
la Iglesia, y por eso la Iglesia
es el gran sacramento de la
comunión divina que reúne a los
hijos de Dios dispersos. El
fruto del Espíritu en la
Liturgia es inseparablemente
comunión con la Trinidad Santa y
comunión fraterna (cf 1 Jn
1,3-7).
1109 La Epíclesis es también
oración por el pleno efecto de
la comunión de la Asamblea con
el Misterio de Cristo. "La
gracia de nuestro Señor
Jesucristo, el amor de Dios
Padre y la comunión del Espíritu
Santo" (2 Co 13,13) deben
permanecer siempre con nosotros
y dar frutos más allá de la
celebración eucarística. La
Iglesia, por tanto, pide al
Padre que envíe el Espíritu
Santo para que haga de la vida
de los fieles una ofrenda viva a
Dios mediante la transformación
espiritual a imagen de Cristo,
la preocupación por la unidad de
la Iglesia y la participación en
su misión por el testimonio y el
servicio de la caridad.
Resumen
1110 En la liturgia de la
Iglesia, Dios Padre es bendecido
y adorado como la fuente de
todas las bendiciones de la
Creación y de la Salvación, con
las que nos ha bendecido en su
Hijo para darnos el Espíritu de
adopción filial.
1111 La obra de Cristo en la
Liturgia es sacramental porque
su Misterio de salvación se hace
presente en ella por el poder de
su Espíritu Santo; porque su
Cuerpo, que es la Iglesia, es
como el sacramento (signo e
instrumento) en el cual el
Espíritu Santo dispensa el
Misterio de la salvación; porque
a través de sus acciones
litúrgicas, la Iglesia peregrina
participa ya, como en primicias,
en la Liturgia celestial.
1112 La misión del Espíritu
Santo en la Liturgia de la
Iglesia es la de preparar la
Asamblea para el encuentro con
Cristo; recordar y manifestar a
Cristo a la fe de la asamblea de
creyentes; hacer presente y
actualizar la obra salvífica de
Cristo por su poder
transformador y hacer
fructificar el don de la
comunión en la Iglesia.
Qué es la liturgia? en corto
Etimología
El termino liturgia procede del
griego clásico, leitourgía ( de
la raíz lêit – leôs-laôs- :
pueblo, popular; y érgon: obra)
lo mismo que sus correlativos
leitourgeîn y leitourgós, y se
usaba en sentido absoluto sin
necesidad de especificar el
objeto, para indicar el origen o
el destino popular de una acción
o de una iniciativa,
independientemente del modo como
se asumía ésta. Con el tiempo la
presentación popular perdió su
carácter libre para convertirse
en un servicio oneroso a favor
de la sociedad.
Liturgia vino a designar un
servicio público. Cuando este
servicio afectaba al ámbito
religioso, liturgia se dirigía
al culto oficial de los dioses.
En todos los casos la palabra
tenía un valor técnico
Uso del término “liturgia” en la
Biblia
En el AT: El verbo leitourgeô y
el sustantivo leitourgía se
encuentran 100 y 400 veces,
respectivamente en la versión de
los LXX, y designan el servicio
cultual de los sacerdotes y
levitas en el templo. El término
en hebreo es algunas veces
shêrêr (cf. Núm 16,9) y otras
abhâd y abhôdâh, que designa
prácticamente siempre el
servicio cultual del Dios
verdadero realizado en el
santuario por los descendientes
de Aarón y de Leví. Para el
culto privado y para el culto de
todo el pueblo los LXX se sirven
de las palabras latreía y doulía
(adoración y honor). En los
textos griegos solamente,
leitourgía tiene el mismo
sentido cultual levítico (cf.
Sab 18,21; Eclo 4,14; 7,29-30;
24,10, etc.).
Esta terminología supone ya una
interpretación, distinguiendo
entre el servicio de los levitas
y el culto que todo el pueblo
debía dar al Señor (cf. Ex 19,5;
Dt 10,12). No obstante, la
función cultual pertenecía a
todo el pueblo de Israel, aunque
era ejercida de forma especial y
pública por los sacerdotes y
levitas.
En el griego bíblico del Nuevo
Testamento, leitourgía no
aparece jamás como sinónimo de
culto cristiano, salvo en el
discutido pasaje de Hch 13,2.
En el NT: La palabra liturgia se
utiliza con los siguientes
sentidos
en el NT:
a) En sentido civil de servicio
público oneroso, como en el
griego clásico (cf. Rm 13,6;
15,27; Flp 2,25.30; 2 Cor 9,12;
Heb 1,7.14)
b) En sentido técnico del culto
sacerdotal y lévitico del AT
(cf. Lc 1,23; Heb 8.2.6; 9,21;
10,11). La Carta a los Hebreos
aplica a Cristo, y sólo a él,
esta terminología para acentuar
el valor del sacerdocio de la
Nueva Alianza.
c) En sentido de culto
espiritual: San Pablo utiliza la
palabra leitourgía para
referirse tanto al ministerio de
la evangelización como al
obsequio de la fe de los que han
creído por su predicación
(cf. Rm 15,16; Flp 2,17).
d) En sentido de culto
comunitario cristiano: El texto
de Hch 13,2 («leitourgoúntôn»)
es el único del NT donde la
palabra liturgia puede tomarse
en sentido ritual o celebrativo.
La comunidad estaba reunida
orando, y la plegaria desembocó
en el envío misionero de Pablo y
de Bernabé mediante el gesto de
la imposición de manos (cf. Hch
6,6).
Esta reserva en el uso de la
palabra liturgia por el Nuevo
Testamento obedece a su
vinculación al sacerdocio
levítico, el cual perdió su
razón de ser en la Nueva
Alianza.
Evolución posterior
En los primeros escritores
cristianos, de origen
judeocristiano, la palabra
liturgia fue usada de nuevo de
nuevo en el sentido del Antiguo
Testamento, pero aplicada al
culto de la Nueva Alianza (cf.
Didaché 15,1; 1 Clem. 40,2.5).
Después la palabra liturgia ha
tenido una utilización muy
desigual. En las Iglesias
orientales de lengua griega
leitourgía designa la
celebración eucarística. En la
Iglesia latina liturgia fue
ignorada, al contrario de lo que
ocurrió con otros términos
religiosos de origen griego que
fueron latinizados. En lugar de
liturgia se usaron expresiones
como munus, oficcium,
ministerium, opus, etc. No
obstante San Agustín la empleo
para referirse al ministerio
cultual, identificándola con
latría (cf. S. Agustín, Enarr.
in Ps 135, en PL 39, 1757.).
A partir del siglo XVI liturgia
aparece en los títulos de
algunos libros dedicados a la
historia y al explicación de los
ritos de la Iglesia. Pero, junto
a este significado, el término
liturgia se hizo sinónimo de
ritual y de ceremonia. En el
lenguaje eclesiástico la palabra
liturgia empezó a aparecer a
mediados del siglo XIX, cuando
el Movimiento litúrgico la hizo
de uso corriente.
Definición de Liturgia en el
Concilio Vaticano II
Los documentos conciliares,
especialmente la Sacrosanctum
Concilium, hablan de la liturgia
como un elemento esencial de la
vida de la Iglesia que determina
la situación presente del pueblo
de Dios: «Con razón, entonces,
se considera a la liturgia como
el ejercicio del sacerdocio de
Jesucristo. En ella, los signos
sensibles significan y, cada uno
a su manera, realizan la
santificación del hombre, y así
el Cuerpo Místico de Cristo, es
decir, la Cabeza y sus miembros
ejerce el culto publico íntegro.
En consecuencia, toda
celebración litúrgica por ser
obra de Cristo Sacerdote y de su
cuerpo, que es la Iglesia, es
acción sagrada por excelencia,
cuya eficacia, con el mismo
título y el mismo grado, no la
iguala ninguna otra acción de la
Iglesia.» (SC 7).
Esta noción estrictamente
teológica de la liturgia, sin
olvidar los aspectos
antropológicos, aparece en
íntima dependencia del misterio
del Verbo encarnado y de la
Iglesia (cf. SC 2; 5;6; LG 1; 7;
8, etc.). La encarnación en
cuanto presencia eficaz de lo
divino en la historia, se
prolonga «en gestos y palabras»
(cf. DV 2; 13) de la liturgia,
que reciben su significado de la
Sagrada Escritura (cf. SC 24) y
son prolongación en la en la
tierra de la humanidad del Hijo
de Dios (cf. CEC 1070, 1103,
etc.).
El Concilio ha querido destacar,
por una parte, la dimensión
litúrgica de la redención
efectuada por Cristo en su
muerte y resurrección, y, por
otra, la modalidad sacramental o
simbólica-litúrgica en la que se
ha de llevar a cabo la «obra de
salvación».
De esta manera, en la noción de
liturgia que da el Vaticano II,
destacan los siguientes aspectos
:
a)es obra de Cristo total,
Cristo primariamente, y de la
Iglesia por asociación;
b)tiene como finalidad la
santificación de los hombres y
el culto al Padre, de modo que
el sacerdocio de Cristo se
realiza en los dos aspectos;
c)pertenece a todo el pueblo de
Dios, que en virtud del Bautismo
es sacerdocio real con el
derecho y el deber de participar
en las acciones litúrgicas;
d)en cuanto constituida por
«gestos y palabras» que
significan y realizan
eficazmente la salvación, es
ella misma un acontecimiento en
el que se manifiesta la Iglesia,
sacramento del Verbo encarnado;
e)configura y determina el
tiempo de la Iglesia desde el
punto de vista escatológico;
f)por todo esto la liturgia es
«fuente y cumbre de la vida de
la Iglesia» (SC 10; LG 11).
Así pues, en la noción de
liturgia que ofrece el Concilio
podemos definirla como la
función santificadora y cultual
de la Iglesia, esposa y cuerpo
sacerdotal del Verbo encarnado,
para continuar en el tiempo la
obra de Cristo por medio de los
signos que lo hacen presentes
hasta su venida.
Lo litúrgico y lo no litúrgico
Son acciones litúrgicas (lo
litúrgico) aquellos actos
sagrados que, por institución de
Jesucristo o de la Iglesia, y en
su nombre, son realizados por
personas legítimamente
designadas para este fin, en
conformidad con los libros
litúrgicos aprobados por la
Santa Sede, para dar a Dios, a
los santos ya los beatos el
culto que les es debido. Lo no
litúrgico son las demás acciones
sagradas que se realizan en una
iglesia o fuera de ella, con o
sin sacerdote que las presencie
o las dirija (a estas también se
les llama ejercicios piadosos).
Lo litúrgico «es lo que
pertenece al entero cuerpo
eclesial y lo pone de
manifiesto» (SC 26) y constituye
la eficacia objetiva de los
actos de culto. Los ejercicios
piadosos evocan el misterio de
Cristo únicamente de manera
contemplativa y afectiva.
La eficacia de los actos
litúrgicos depende de la
voluntad institucional de Cristo
y de la Iglesia, y de que se
cumplan necesariamente las
condiciones para su validez; por
eso estos actos actualizan la
presencia del Señor. La eficacia
de los ejercicios piadosos
depende tan sólo de las
actitudes personales de quienes
toman parte en ellos.
Qué es la liturgia?
La palabra liturgia proviene del
griego clásico profano ("obra
para la comunidad"). La
traducción del Antiguo
Testamento al griego, realizada
por los judíos de la ciudad de
Alejandría, en Egipto, durante
los siglos III y II antes de
Cristo, conocida como la Versión
de los LXX, así como el Nuevo
Testamento (NT) cristiano suelen
utilizarla en un sentido
cultual. Cfr. Hebr. 8, 2 y Rom.
15, 16 donde a Cristo y Pablo se
les llama "liturgos".
En la iglesia primitiva griega
se redujo el uso de la palabra
al de "culto divino", y más
tarde al de "misa". En el
occidente europeo la palabra
entró mucho más tarde con el
humanismo renacentista con ese
sentido restringido, y sólo
desde el siglo XIX lo utilizan
los documentos eclesiásticos en
un sentido amplio de culto
divino en la Iglesia.
La discusión sobre cuál es la
correcta definición de
"liturgia" entró en una nueva
fase a partir de documentos
eclesiásticos sobre ese tema:
Encíclica "Mediator Dei" (MD),
1947; Instrucción de la Sagrada
Congregación de Ritos del
3-IX-1958; Constitución
"Sacrosantum Concilium" (SC) del
Concilio Vaticano II aprobada el
4-XII-1963 sobre la sagrada
liturgia.
En la MD se rechaza como
definición insuficiente a la que
entienda a la liturgia
únicamente como la parte externa
de las ceremonias y rúbricas
(reglas que enseñan la ejecución
y práctica de las ceremonias)
del culto divino. La liturgia es
el mismo culto divino: El culto
público íntegro del cuerpo
místico de Jesucristo, de su
cabeza y de sus miembros.
Jurídicamente, en el Código de
Derecho Canónico, su primera
promulgación fue en 1917, se
entendía únicamente como
liturgia a los actos realizados
según los libros litúrgicos de
la Santa Sede, y a todos los
demás actos cultuales se les
llamaba "pia exercitia"
(ejercicios piadosos). Hasta los
tiempos del Vaticano II y
especialmente después de la
promulgación del Nuevo Código de
Derecho Canónico, 1983 se
distinguía claramente entre
"actos litúrgicos" (la Misa) y
"actos no litúrgicos" (el rezo
del rosario), que hoy se
consideran como actos litúrgicos
en un sentido amplio, a los que
la MD considera "incluidos de
alguna manera en el orden
litúrgico".
En el núcleo fundamental de la
liturgia vive y actúa el
sacerdocio de Cristo que se
desarrolla a través de los
siglos. Pero también el mismo
culto a Cristo en el Espíritu
Santo (1 Cor. 12, 3) está en el
más perfecto sentido de la
palabra liturgia según la MD:
"El culto... que la comunidad de
los fieles cristianos tributa a
su fundador y por él al Padre
eterno".
Por todo ello una teología de la
liturgia no puede entenderse
desligada de una teología de la
Iglesia y de los Sacramentos.
Ya en el NT encontramos algunas
antiquísimas descripciones de
textos litúrgicos (p.e. 1 Cor.
16, 20-24; Ef. 5, 14; Filip. 2,
6-12). La descripción de los
himnos celestiales en el
Apocalipsis p.e. 11, 17-18; 12,
10-12... debemos considerarla
como una imagen de los himnos
litúrgicos de la comunidad
terrestre.
Se conservan algunos textos
litúrgicos del siglo II y hacia
el 215 tenemos el primer texto
de una plegaria eucarística que
se nos haya conservado. Se trata
de un escrito de Hipólito en su
"Traditio Apostólica" (Tradición
Apostólica). En todos ellos nos
encontramos no con textos
normativos, sino con ejemplos de
cómo deben resolverse las tareas
de improvisación en la liturgia.
Los primeros testimonios de
fórmulas liturgias ya fijas y
determinadas las encontramos en
los siglos III y IV en µfrica,
que al principio se refieren a
los puntos fundamentales de la
plegaria eucarística. Sólo hacia
el año 600 aparecen determinadas
en Roma el conjunto de las
oraciones sacerdotales con las
fórmulas de los
"Sacramentarios", los libros que
regulaban la celebración de la
Eucaristía y de los demás
sacramentos.
La liturgia posterior tiene sus
raíces más profundas en la
liturgia del cristianismo
primitivo. Hoy se reconoce un
profundo enraizamiento de éste
en las ceremonias del culto
divino del judaísmo. Después de
un período que podríamos llamar
de libertad e improvisación, a
partir del siglo IV empieza a
notarse en las grandes
metrópolis cristianas
(Antioquía, Alejandría, Roma...)
que se van fundando como
familias litúrgicas en las que
al principio se advierten muchas
diferencias regionales y
locales.
Posteriormente Constantinopla en
oriente y Roma en occidente, se
preocupan de conseguir una
uniformidad litúrgica y para
ella junto a motivos religiosos
se ven también otros de índole
político-eclesiástica. Es
notable como en todas partes el
"centro de la piedad",
Jerusalén, tiene un influjo
normativo litúrgico. (Recordemos
p.e. el Via Crucis).
Las liturgias orientales
Estas familias litúrgicas
podemos agruparlas en dos
grandes secciones, las
orientales y las occidentales.
Aunque nosotros equivocadamente
casi identificamos "liturgia
católica" con "liturgia romana"
y nos interesa estudiar sobre
todo a ésta, no debemos
desconocer algunos rasgos
característicos de las
orientales.
Notemos que las liturgias
orientales subsisten hoy en las
iglesias orientales, tanto las
separadas de Roma (a las que
frecuentemente llamamos
"ortodoxas") como las unidas a
Roma ("orientales unidas") y que
en muchos casos las liturgias de
los unidos y los separados a
Roma se parecen muchísimo entre
sí.
Las liturgias orientales desde
el comienzo resaltaron ciertos
datos teológicos y simbólicos
más de lo que lo han hecho las
occidentales. Consideremos
algunas de sus características
generales.
Ya desde los siglos III y IV
resaltan algo que ya se percibe
en la Epístola a los Hebreos y
en el Apocalipsis, la
participación del culto divino
que los ángeles realizan en el
cielo en la liturgia terrestre
(recordemos la introducción al
"Sanctus" en nuestra liturgia de
la Misa). También, a partir del
siglo IV, se nota lo que
podríamos llamar una
"dramatización en la celebración
de los misterios".
Como consecuencia del desarrollo
de la Cristología (la teología
sobre Cristo), recordemos las
luchas contra los arrianos (que
negaban la divinidad de Cristo),
la función mediadora de la
segunda persona de la Trinidad
no se considera tanto como la
del que "está sentado a la
derecha del Padre" cuanto la
historia de su misión salvífica
entre nosotros, o como un
reflejo de la omnipotencia del
"Logos" divino.
Consecuencia de ello es la gran
importancia que dan los
orientales a la "Epíclesis", (la
invocación que implora el poder
divino para que el pan y el vino
se conviertan en el Cuerpo y la
Sangre de Cristo), en los textos
de las Anáforas (plegarias
eucarísticas) y su significación
en la concepción de la liturgia,
como representación de los
hechos salvíficos de Cristo
(Teodoro de Mopsueta, primer
ejemplo de una alegoría
rememorativa) o como imagen de
la actuación de la "Jerarquía
celeste" (Dionisio el
Areopagita, en parte influido
por el neoplatonismo).
Otras características notables
de las liturgias orientales son,
sobre todo en la liturgia
bizantina, las oraciones
secretas (en voz baja), el
ocultamiento del Santísimo
(velos), y la gran importancia
que se da a la mediación de los
santos (iconos en las
paredes...)
Como tipos más importantes de
las liturgias orientales podemos
mencionar:
1. La liturgia griega de
Alejandría 2. La liturgia copta
(Egipto) 3. La liturgia
etiópica. 4. La liturgia griega
de Antioquía 5. La liturgia
siria occidental 6. La liturgia
siria oriental (Irak, Irán) 7.
La liturgia bizantina 8. La
liturgia armenia
Hoy en muchas zonas del oriente
medio están muy mezcladas las
comunidades (unidas o separadas
de Roma) de muy diversas
liturgias. En una misma ciudad
pueden encontrarse varias muy
diferentes. Jerusalén sigue
siendo un centro donde "quieren
estar todos".
Las liturgias occidentales
El desarrollo histórico de la
liturgia en occidente está
determinado por la yuxtaposición
de un tipo de liturgia,
típicamente occidental,
romano-africano, y otro, la
liturgia galicana, con grandes
influjos orientales. El primero
se caracteriza por su moderación
y sencillez, mientras que el
segundo está lleno de riqueza
poética.
Durante mucho tiempo se
considera a Milán como la cuna y
el centro de la liturgia
galicana, pero hoy se la
considera mucho más como un
producto simultáneo originado en
el fondo religioso de casi todo
el occidente cristiano.
Poco a poco el crecimiento de la
importancia religiosa de Roma
fue imponiendo su liturgia y las
costumbres y prácticas romana
acabaron dominando en todo el
Occidente. En esta romanización
influyeron en los distintos
países el regreso y las
experiencias vividas en Roma por
los "romeros" (peregrinos que
acudían a Roma, de ahí la
palabra castellana "romería"
como equivalente casi a
peregrinación). Los benedictinos
expandiendo su liturgia y los
emperadores carolingios buscando
la uniformidad religiosa de su
imperio trabajaron mucho para el
predominio de la liturgia
romana.
Hacia el siglo XI puede decirse
que la liturgia romana se ha
impuesto casi totalmente en
occidente, la liturgia que más
subsistió a su lado fue la
milanesa, y de alguna manera las
costumbres y ritos locales que
no pudieron ser eliminados
fueron como absorbidos en la
liturgia romana.
Como rasgos característicos de
las liturgias occidentales y
especialmente de la romana
podemos señalar:
La acentuación de la función
mediadora de Cristo, que se
percibe claramente en el "por
Cristo..." de las oraciones
sacerdotales de la Misa, y que
ha hecho resaltar el elemento
Eucarístico frente al de la
Epifanía (la manifestación de
Dios), y que ha llevado a una
piedad centrada en la Misa y en
la Eucaristía.
En la liturgia romano-africana
se nota una ausencia casi total
de libertad de expresión
litúrgica, que fue eliminando de
alguna manera las oraciones
populares a Cristo. stas
subsisten, pero como tapadas por
las oraciones y salmos que "con"
Cristo se dirigen al Padre.
Otra característica occidental
es la diversificación de
oraciones según las fiestas del
año litúrgico que ha
desarrollado una importante
teología de la "historia de la
salvación" a lo largo de las
fiestas del Señor y de los
santos.
También es notable la distancia
y la separación en las
ceremonias. En cuanto al
simbolismo las posturas han
perdido su valor dramático y
poético. La celebración
eucarística más que por un
movimiento dramático se
caracteriza por su seriedad y
solemnidad que hace intervenir
muy poco al pueblo con
aclamaciones. Parte de esta
"seriedad" se debe al influjo
que el ceremonial imperial ha
tenido en la liturgia , y al
consideración de la Eucaristía
como una "ceremonia sagrada del
Estado" frente a la
consideración oriental que la ve
como la celebración de un
misterio cargado de sentido
escatológico (para la vida
eterna).
Antes de hablar de la liturgia
romana mencionemos rápidamente
las principales liturgias
occidentales.
La liturgia mozárabe (española).
Tuvo su momento de esplendor en
la época visigoda, (siglo VII).
Empezó a ser fuertemente
reprimida por la romana hacia el
siglo XI y sólo subsiste hoy en
un par de capillas (Toledo y
Oviedo) como una "reliquia
histórica".
La liturgia ambrosiana o
milanesa. Remonta sus orígenes a
San Ambrosio (siglo IV) y aunque
poco a poco fue romanizándose,
todavía ha llegado a nuestros
días vigente en la diócesis de
Milán y algunas zonas vecinas.
La liturgia antigua galicana
(Francia). De ella conservamos
el libro litúrgico más antiguo
de la iglesia latina (siglo V).
Tuvo un poderoso influjo
oriental. Vivió una especie de
renacimiento en los siglos XVII
y XVIII en diversas liturgias
regionales como la de Lyon.
La liturgia celta. Surgió en los
pueblos de origen celta del
occidente europeo. Está bastante
relacionada con e influida por
la galicana. En Inglaterra
desapareció ya en el siglo VII
bajo el influjo romanizador de
los benedictinos. En la Bretaña
francesa se mantuvo hasta el
siglo IX y subsistió hasta el
siglo XII en Irlanda.
Todas estas y algunas otras de
menor importancia fueron
absorbidas por la
Liturgia romana
Muy frecuentemente en vez de
llamarla "romana" se utiliza o
se ha utilizado las expresiones
"liturgia latina" o mucho más
"rito latino".
Sus más primitivos textos los
encontramos en la "Traditio
apostólica" de Hipólito (290 -
302). En su desarrollo histórico
podemos señalar los siguientes
acontecimientos fundamentales.
a) Hacia el año 370 la total
substitución de la lengua griega
primitiva en la liturgia romana
por la lengua latina.
(Recordemos que subsistían
reliquias como el "Kyrie
eleyson" en la misa latina).
b) Hacia el 600 se realiza la
reforma del papa Gregorio el
Grande que logra una
clarificación sobre todo en el
sector de los sacramentos.
c) Hacia el 950 comienza la
reincorporación de elementos
galicanos procedentes sobre todo
de Alemania.
d) Pasado el año 1000 comienza
con Gregorio VII e Inocencio III
la etapa final de esta
asimilación. Aparecen los libros
litúrgicos oficiales de la curia
romana que son extendidos por
todo occidente especialmente por
los franciscanos.
e) Entre 1568 y 1614 Roma crea
de acuerdo con las
determinaciones del Concilio de
Trento (1545-1563) los libros
que unifican la liturgia de la
Iglesia latina: Breviario
(1568), Misal (de San Pío V,
1570), Pontifical (1598),
Ceremonial de los obispos (1600)
y Ritual (1614).
Como el Breviario y el Misal no
tenían carácter obligatorio en
el caso de que existiesen
tradiciones, otros ritos
diferentes con una antigüedad
superior a los 200 años,
pudieron conservarse bastantes
costumbres locales, aunque
fueron pocas las que
subsistieron a la corriente
romanizadora del siglo XIX.
Entre las que se conservaron
citemos las de las diócesis de
Braga (Portugal), Lyon (Francia)
y las liturgias propias de
algunas órdenes religiosas
(Cartujos, Cistercienses,
Premostratenses, Carmelitas,
Dominicos...)
f) A mediados del siglo XX
comienza una renovación
litúrgica cuyos pasos
fundamentales fueron la
reestructuración de la Semana
Santa y el nuevo rito de la
Vigilia Pascual (recordemos que
la conmemoración de la
resurrección se adelantaba al
sábado santo por la mañana y que
en aquella época no se permitían
las misas vespertinas... Por eso
hace medio siglo en toda Europa
y también América los grandes
estrenos teatrales tenían lugar
el Sábado de Gloria al
anochecer, ya que ya había
terminado la Cuaresma y el Señor
ya había resucitado).
g) El Concilio Vaticano II con
la "Sacrosantum Concilium"
inició un período todavía no
terminado de grandes reformas
litúrgicas (uso de los idiomas
vulgares, reestructuración de la
práctica de los sacramentos, con
una gran descentralización que
puede llevar a la creación de
nuevos tipos de liturgias,
pensemos en los pueblos
africanos, adaptados a la vida
moderna).
Esta gran obra del Concilio no
surgió de la nada. Estaba
insinuada y preparada por lo que
se ha llamado el movimiento de
reforma litúrgica, al que se le
ha conocido por diversos
nombres: "Movimiento litúrgico",
"Renovación litúrgica", "Reforma
litúrgica"...
El Movimiento litúrgico en la
Iglesia católica ha sido una
tendencia de renovación con
raíces anteriores, pero ya
claramente visible a fines del
siglo XIX, que dejó plenamente
maduro el terreno para la
reforma del Vaticano II.
Algunas personalidades y algunos
centros de investigación,
especialmente monasterios
benedictinos (que con su lema
"Ora et labora", "reza y
trabaja", han sido en la Iglesia
los pioneros en el movimiento
litúrgico) fueron los que
iniciaron estudios sobre el
nacimiento, desarrollo y
naturaleza de los elementos
litúrgicos, y su perfecto
conocimiento fue el primer paso
para purificarlos de las
deformaciones y degradaciones
producidas a lo largo del
tiempo.
En los grandes monasterios
benedictinos como Solesmes
(Francia), María Lach o Beuron
(Alemania) se lograron revivir
las mejores tradiciones de la
Iglesia latina, se redescubrió
el sentido del año eclesiástico,
se encontraron muchos tesoros
perdidos en las frases y
contenido de los antiguos libros
litúrgicos, se renovó y
comprendió el canto
gregoriano...
Este elemento musical fue
corroborado e impulsado por el
Motu Propio (uno de los diversos
tipos de documentos papales)
"Tra le sollecitudini" sobre la
música sacra de Pío X (22-XI
-1903) y la edición vaticana de
los libros corales, y la reforma
litúrgica de los años 1911-1914.
También hay que entender en
relación con esta "Renovación
litúrgica" el famoso decreto de
Pío X sobre la comunión
frecuente y la edad de la
primera comunión de los niños
que hasta entonces se recibía a
los 14 o 15 años. En él se
menciona el principio
fundamental de la renovación
litúrgica, el de la
"participación activa" de los
creyentes en las festividades de
los sagrados misterios y en la
oración solemne de la Iglesia.
Quien dio un gran impulso al
movimiento litúrgico, con el
apoyo del Cardenal Mercier, fue
el abad benedictino de
Mont-Cesar (Lovaina, Bélgica) y
su discurso del 23-IX-1909 en
Malinas en el "Día Católico"
lanzó un movimiento de
renovación litúrgica que llegó
muy pronto en Bélgica y Holanda
hasta las últimas parroquias,
pero que en el resto de Europa
se redujo al influjo de las
grandes abadías benedictinas.
El portaestandarte del
movimiento fue durante algún
tiempo la abadía benedictina de
María Lach (Alemania) donde Odo
Casel escribió su famosa obra
sobre la "Teología de los
misterios". Importante fue
también la parte del movimiento
juvenil de Romano Guardini que
llevó a la participación
litúrgica de la juventud.
Después de la guerra europea, la
encíclica "Mystici Corporis" del
29-VI-1943 había abierto ya un
paso más, y el centro de
pastoral litúrgica de París
fundado en 1943 ayudó a la
preparación de una serie de
elementos que culminaron en la
encíclica de Pío XII, la
"Mediator Dei", del 20-XI-1947,
que fue la Carta Magna de la
libertad litúrgica, que
partiendo de la reforma
litúrgica de Pío X la
desarrollaba en muchos puntos.
Notemos en el pontificado de Pío
XII (1939-1958), además de la
Mediator Dei, la aprobación de
numerosos rituales con textos y
cantos en los idiomas
vernáculos, la nueva traducción
del salterio a partir del texto
original hebreo, la renovación
de la Vigilia Pascual y de las
ceremonias de la Semana Santa,
la simplificación de las
rúbricas, el permiso de las
misas vespertinas, la
simplificación del ayuno
eucarístico, la encíclica
"Musicae sacrae disciplina" y la
Instrucción de la Sagrada
Congregación de Ritos "De musica
sacra et sacra liturgia".
Juan XXIII encomendó al Vaticano
II que decidiera sobre las
líneas fundamentales de una
futura reforma general de la
liturgia.
El dominio al que se extendió el
movimiento litúrgico fue todo el
campo del culto cristiano: la
celebración de la Santa Misa y
la celebración de las horas
(tanto el breviario canónico,
como los oficios parvos
privados, así como las horas
santas y otros tipos de
ceremonias que suelen estar
impregnadas de espíritu
litúrgico); la administración de
los sacramentos, las
consagraciones, bendiciones y
procesiones, la música sacra
(especialmente el gregoriano y
la polifónica, pero también los
cantos populares); la
construcción y disposición de
los templos; el formato de los
utensilios litúrgicos.
Pero su dominio principal es la
renovación, mejor comprensión y
restauración del culto divino de
la Iglesia como celebración
comunitaria de los que se reúnen
en nombre del Señor y realizan
el culto con distintos roles de
acuerdo a sus distintos grados
jerárquicos fundamentales en el
sacramento del orden. Predicar
la palabra de Dios, alabar.
glorificar y dar gracias a Dios,
celebrar el memorial del Señor y
prepararse continuamente para su
futura venida, es el objetivo
principal, siempre actual de la
Iglesia peregrina en la tierra.
Este movimiento litúrgico
hubiese sido imposible sin una
verdadera y seria ciencia
litúrgica, íntimamente
relacionada con la teología y
sobre todo con la Historia de la
Iglesia, y no podemos aquí
mencionar ni su desarrollo
histórico ni sus elementos
fundamentales, ni sus más
ilustres representantes. Tampoco
debemos hablar acá de los
Institutos litúrgicos, de las
Comisiones litúrgicas ni de los
Congresos litúrgicos.
La Constitución sobre la Sagrada
Liturgia, "Sacrosantum
Concilium" fue la primera
constitución aprobada por el
Vaticano II en diciembre del 63,
y a casi cuarenta años de
distancia podemos decir de ella
lo siguiente:
En ella podemos encontrar
objetivos de reforma inmediatos
y otros más mediatos. En cuanto
a los inmediatos en líneas
generales casi todos ellos se
han cumplido incluso avanzando
más de lo que en ese momento
suponía el Concilio.
Históricamente el Concilio
despertó un período de cambios,
reformas y ensayos litúrgicos,
muchos de ellos muy positivos y
otros ciertamente exagerados. Al
cabo de unos años se prohibieron
los ensayos salvo casos
concretos y determinados, y
puede decirse que en este
momento estamos en un período de
serenidad y decantación de los
resultados obtenidos.
Ciertamente los cambios
litúrgicos al principio
resultaron hasta escandalosos
para una minoría del pueblo
cristiano, y en algunas cosas se
buscó demasiado lo nuevo. Pero
el tiempo ha ido haciendo
percibir lo positivo de los
nuevos logros litúrgicos y
también reestimar algunos
elementos tradicionales que
fueron dejados de lado por
muchos, pero cuyo valor se
comprende hoy mejor...
En cuanto a los objetivos más
mediatos todavía le queda mucho
a la Iglesia y a los liturgistas
para reactualizar y renovar.
Citemos acá como ejemplo todo lo
referente al Sacramento de la
Reconciliación.
Posturas y gestos
Las posturas y gestos, así como
los ademanes en la oración son
manifestaciones y
participaciones corporales de la
oración interna. La liturgia
necesita del uso de signos
sensibles y formas externas:
palabras, cantos, símbolos,
gestos... que excitan y son
expresión de la devoción interna
y relacionan a la misma oración
con los actos internos.
En el Antiguo Testamento abundan
los ademanes en la oración: El
que reza está de pie delante del
Señor (Gen. 18,22; 1 Sam. 1, 9 y
26), mira hacia Yavé (hacia
arriba) (2 Cron. 20, 12; Ps. 24,
15), extiende las manos o las
eleva (Ex. 9, 29; 17, 11; 1 Re.
8, 22; Ps. 27, 2; 62, 5; ...),
se inclina o se prosterna en
tierra (Gen. 17, 3; Jos. 5, 15;
Deut. 9, 18; Ps. 5, 8; Dn. 8,
17), se arrodilla (1 Re. 8, 54;
Is. 45, 23), dirige su mirada
hacia el templo o hacia
Jerusalén (Ps. 5, 8; Da. 6, 11)
En el Nuevo Testamento Cristo
utiliza en el culto divino del
templo o de la sinagoga los
gestos y posturas de oración
normales en el culto judío,
aunque en algunos momentos
corrige algunos excesos de los
fariseos (Mt. 6, 5); levanta los
ojos al cielo (Mt. 14, 19; Mc.
6, 41), se arrodilla (Lc. 22,
41) o se prosterna en tierra
(Mt. 26, 39; Mc. 14, 35). Esos
mismos ademanes se los
recomienda a sus discípulos (Mc.
11, 25). Los apóstoles y
discípulos siguen su modelo
(Hech. 7, 55; 9, 40; Ef. 3,14;
Filip. 2, 10; 1 Tim. 2, 8)
Las posturas y gestos en la
Iglesia provienen
fundamentalmente del culto
primitivo, pero no faltan usos y
costumbres profanas que reciben
un sentido nuevo,
específicamente cristiano.
El estar de pie (o "parados" en
argentino) en la oración se
considera como un símbolo de la
resurrección y de la alegría
pascual. Por eso se reza de pie
los domingos y en el tiempo
pascual (Tertuliano: "De
oratione" 23)...
Pero siempre en la Iglesia ha
habido gente "más papista que el
papa", y ya en el primer
Concilio Ecuménico, Nicea, año
325, ante una situación concreta
que se ha repetido muchas veces
a lo largo de la historia y en
concreto después del Vaticano
II, pensemos en los lefebrianos
y otros grupos, el Concilio de
Nicea, en su último canon, el
20, determina:
"Sobre el rezar de rodillas.
Ya que hay algunos que se
arrodillan en los días domingo y
en el tiempo de pentecostés (hoy
diríamos "en tiempo pascual")
para que en todos los lugares
haya un perfecta uniformidad, le
parece ben a este santo concilio
que las oraciones a Dios se
hagan de pie."
Este primitivísimo texto nos
enseña algo que sigue siendo hoy
la doctrina de la Iglesia. No
hay posturas de oración que sean
las "divinamente reveladas y
únicas", sino que han variado en
muchas ocasiones a lo largo de
los tiempos. Incluso en muchos
casos quedan opciones libres
dependientes frecuentemente de
circunstancias externas... El
pueblo cristiano se sienta en
los bancos de las iglesias, pero
no lo hace de igual modo en una
"misa de campaña". Son distintas
las posturas oyendo una Misa
dentro de una iglesia con bancos
y sillas, que haciéndolo en la
Plaza de San Pedro del
Vaticano... Y la razón que alega
el concilio niceno no es sino
"para mantener la
uniformidad"... Los obispos son
los únicos que pueden dar leyes
o reglas en ese terreno, y
también cambiarlas a lo largo de
los tiempos. Aunque no faltan
algunos "iluminados" a quienes
su "espíritu santo particular"
les dice que ellos y toda la
Iglesia debe adoptar tal
postura. Casi siempre me
encuentro con que a mí mi
espíritu santo particular me
dice lo contrario que a esos
señores...
La última aceptación y
determinación de las posturas y
ademanes tolerados, permitidos u
ordenados, corresponde al
Episcopado. Notemos que el
cambio de posturas y
generalmente también el de
muchos otros elementos
litúrgicos no suele implicar
profundos problemas
teológicos(como algunos
equivocadamente pretenden
creer), sino más bien problemas
de adaptación, conveniencia y
mayor utilidad para conseguir
una mayor participación del
pueblo.
El estar de rodillas simboliza
el reconocimiento de la culpa y
la penitencia, por eso se
estimula en tiempos de cuaresma
y adviento, que suelen ser los
de ayuno y abstinencia, aunque
esas penitencias en la liturgia
actual se han reducido a un
mínimo.
La genuflexión simple (con una
sola rodilla) es algo
desconocido en la primitiva
liturgia romana; primitivamente
era en la edad media un gesto de
reverencia y sumisión frente al
señor feudal, después se hizo a
los obispos, muchos de los
cuales eran también señores
feudales, y no entró en la
liturgia hasta finales del
medioevo.
La genuflexión doble con
inclinación de la cabeza estaba
hasta hace relativamente poco
tiempo reservada como saludo de
adoración a la Eucaristía
expuesta para la adoración de
los fieles. Hace poco tiempo ha
sido sustituida por la
genuflexión simple.
La inclinación o reverencia ha
sido una de las posturas más
frecuentes, p.e. en las
oraciones sobre el pueblo.
La postración en el suelo era
frecuente al comienzo del acto
de culto. Hoy sólo se conserva
así el Viernes Santo.
El extender las manos en la
oración aparece frecuentemente
descrito en los autores
primitivos (Tertuliano, "De
oratione" 14; Ambrosio, "De
virginibus" II, 4, 27) y el arte
(los "orantes") y se le da un
nuevo fundamento como símbolo de
la crucifixión del Señor
(Tertuliano, "De oratione" 17;
Ambrosio, "De sacramentis" VI,
4, 18)
El juntar las manos es algo que
procede del derecho feudal
germánico y simboliza fidelidad
al señor (en este sentido se
conserva todavía en la
ordenación sacerdotal), aparece
en la liturgia desde el siglo
VIII y se generaliza en la
segunda mitad de la edad media.
Puede decirse que la unificación
de las posturas corporales se
consiguió en la Iglesia latina a
partir de las rúbricas del
Missale Romanum (1570) y el
Pontificale Romanum (1596) y han
permanecido casi inmutables
hasta el Concilio Vaticano II.
Las posturas del pueblo quedaron
ya determinadas a finales de la
edad media. La postura
fundamental en la Misa era de
rodillas, lo que se interpretaba
como una confesión de fe en la
presencia real de Cristo en el
Santísimo Sacramento (y esto se
resaltó más como reacción a la
postura contraria del
protestantismo.)
El movimiento litúrgico y los
documentos eclesiásticos (cfr.
SC 30) pretenden una nueva
integración de las posturas
corporales en el culto divino,
la liturgia y la oración,
buscando una mayor participación
del pueblo.
La música sagrada
Es una parte integrante de la
liturgia solemne (MP de 1903 I,
1) que debe acompañar a las
acciones litúrgicas (Instrucción
de 1958, nn. 1, 5-9, 12) que
surgió con la liturgia y está
inseparablemente unida a ella.
Como "principal servidora de la
sagrada liturgia" (Carta del
Cardenal Secretario de Estado al
Cardenal Frings del 26-Y-1961)
tiene un lugar primordial sobre
todas las demás artes en la
liturgia.
El canto gregoriano es la forma
más elevada de la música
litúrgica (MP de 1903 II 3-4)
(SC 116). La música coral o
polifónica tiene también una
gran tradición dentro de la
Iglesia.
El canto religioso popular (SC
118) debe ser fomentado en las
acciones litúrgicas para lograr
una mayor participación de los
fieles.
En cuanto a los instrumentos
musicales, se considera como
instrumento musical tradicional
el órgano de tubos, pero pueden
admitirse otros instrumentos
(guitarra) con el consentimiento
de la autoridad eclesiástica
territorial correspondiente,
siempre que sean aptos o puedan
adaptarse al uso sagrado,
convengan a la dignidad del
templo y contribuyan realmente a
la edificación de los fieles (SC
120)
Notemos que también corresponde
a la autoridad eclesiástica
territorial (el episcopado)
determinar qué cantos pueden o
no pueden cantarse en los actos
litúrgicos.
HISTORIA DE LA LITURGIA
SUMARIO
I. Desarrollo histórico:
1. En la liturgia, parte
inmutable v parte sujeta a
cambio;
2. Las diversas fases de la obra
de salvación realizada por
Cristo y actuada en la liturgia.
II. Los comienzos:
1. En la vida de Jesús;
2. Las primeras realizaciones
apostólicas:
3. El contexto:
a) El culto judío del siglo I.
b) Las formas cultuales del
helenismo contemporáneo.
III. Las concreciones en el
período subapostólico.
IV. Las grandes familias
litúrgicas.
V. La liturgia romana clásica.
VI. Las transformaciones de la
liturgia romana al encontrarse
con el genio franco-germánico.
VII. Transformaciones,
desarrollos, reformas:
1. La liturgia de la curia;
2. El breviario de Quiñones;
3. La reforma de Trento y de Pío
V;
4. La reforma inspirada en el
movimiento litúrgico:
a) Pío X,
b) Malinasi L. Beauduin,
c) Pío XII: "Mediator Dei" y
vigilia pascual
I. DESARROLLO HISTÓRICO
1. EN LA LITURGIA, PARTE
INMUTABLE Y PARTE SUJETA A
CAMBIO.
El conjunto de la liturgia,
mediante el cual, especialmente
en la celebración de la
eucaristía, "se ejerce la obra
de nuestra redención" (SC 2), no
agota ciertamente la actividad
de la iglesia (SC 9), pero es la
cumbre y la fuente de toda
acción eclesial (SC 10). "Toda
celebración litúrgica, por ser
obra de Cristo sacerdote y de su
cuerpo, que es la iglesia, es
acción sagrada por excelencia,
cuya eficacia... no la iguala
ninguna otra acción de la
iglesia" (SC 7). Ahora bien, ese
conjunto ha estado sujeto a un
continuo devenir a lo largo de
la historia.
En él ciertamente existe "una
parte que es inmutable, por ser
de institución divina"; pero
existen también "otras partes
sujetas a cambio, que en el
decurso del tiempo pueden y aun
deben variar..." (SC 21). En los
párrafos siguientes se tratará
de iluminar la historia de esos
cambios, del devenir, del
desarrollo y de las correcciones
que en el curso de dos milenios
han ido dando vida, si bien de
una manera lenta, al imponente
edificio de la liturgia de la
iglesia, a partir del origen
divino establecido en
Jesucristo.
2. LAS DIVERSAS FASES DE LA OBRA
DE SALVACIÓN REALIZADA POR
CRISTO Y ACTUADA EN LA LITURGIA.
Jesucristo es el centro de todo
el culto cristiano, el único
mediador entre Historia de la
liturgia Dios y los hombres (1
Tim 2,5). Toda la predicación
apostólica tiende a introducir
en la "plenitud de la
inteligencia" y a hacer "llegar
al conocimiento del misterio de
Dios, que es Cristo" (Col 2,2).
Hacia él tiende toda la historia
de la salvación. "Dios, que
quiere que todos los hombres se
salven..., habiendo hablado
antiguamente en muchas ocasiones
de diferentes maneras a nuestros
padres por medio de los
profetas, cuando llegó la
plenitud de los tiempos envió a
su Hijo, el Verbo hecho carne...
En Cristo nostrae
reconciliationis processit
perfecta placatio, et divini
cultus nobis est indita
plenitudo" (SC 5). Esta es la
obra salvífica realizada en la
historia de la salvación, que
ocupa el centro de todo nuestro
culto: "Esta obra..., preparada
por las maravillas que Dios obró
en el pueblo de la antigua
alianza, Cristo el Señor la
realizó principalmente por el
misterio pascual de su
bienaventurada pasión,
resurrección de entre los
muertos y gloriosa ascensión...
Del costado de Cristo dormido en
la cruz nació el sacramento
admirable de la iglesia entera"
(SC 5). Es misión de la iglesia
actuar esa obra salvífica,
porque Cristo "envió a los
apóstoles... no sólo a predicar"
el contenido de esa acción
redentora mediante el anuncio
del evangelio, "sino también a
realizar la obra de salvación
que proclamaban mediante el
sacrificio y los sacramentos, en
torno a los cuales gira toda la
vida litúrgica" (SC 6).
II. LOS COMIENZOS
La verdadera tarea de la
liturgia, en adoración y
glorificación del Dios vivo y
para salvación de los hombres,
es la realización
(representación) del misterio
salvífico de la pascua de
Cristo. A fin de que esto fuese
Historia de la liturgia posible,
los apóstoles predicaron y
reunieron a los fieles para
realizar acciones cultuales.
1. EN LA VIDA DE JESÚS.
Podemos hablar de primeras
formas de acciones cultuales
solamente en la edad apostólica.
Los documentos al respecto -las
cartas de los apóstoles y los
Hechos - se remontan a una época
que dista ya algunos decenios de
los comienzos. En las
confesiones de fe en el Señor
resucitado y con la fuerza del
Espíritu Santo ya se celebran
acciones cultuales. Pero ya en
la redacción de los evangelios
se refiere que el fundamento y
los primeros pasos de esas
acciones se deben buscar en la
vida de Jesús anterior a la
resurrección. Los evangelios
delinean la figura de Jesús como
la del hijo de una familia que
vive según la ley de Moisés:
circuncisión del niño al octavo
día (Lc 2, 21), sacrificio de la
purificación en el templo (2,
22), peregrinación anual de toda
la familia al templo por la
fiesta de pascua (2,41). Al
comenzar la actividad pública,
Jesús se hace "bautizar" por
Juan (3,21; Mt 3, 13 ss; Mc 19
ss); enseña en las sinagogas (Mc
1,21; Mt 4, 23 Lc 4 14 ss) y
participa activamente en el
culto sinagoga¡ (Lc 4,17-21). Es
el gran orante, que pasa las
noches en oración (Lc 6, 12) y
enseña a los discípulos a orar
(11,1-4). Con frecuencia se
acerca al templo, aunque nunca
se nos dice que participe en los
sacrificios que allí se
realizaban. Pero celebra las
fiestas de Israel, y sobre todo,
se señala, celebra con sus
discípulos la cena pascual, en
la que introduce la nueva acción
memorial de la ofrenda de su
cuerpo y de su sangre bajo las
especies del pan y del vino.
Seguramente habrá pronunciado,
quizá en el seno de su propia
familia, muchas de las oraciones
cotidianas de los judíos
piadosos de su tiempo:
efectivamente, conoce y recuerda
el Schemá Israel ("Escucha,
Israel") de la oración de la
mañana (Mc 12 29), utiliza las
alabanzas (berakoth) (Mc 6,41;
8,7; 14,22-23) y las transforma
en su propia oración (alegría
mesiánica: Mt 11,25-27). Por
otra parte, hace sentir su
crítica y propugna la pureza y
la sencillez del culto: cuando
expulsa a los vendedores del
templo (Mc 11,15); cuando
explica la recta observancia del
sábado, del que es señor el Hijo
del hombre (Mc 2,1828); cuando
exige una actitud interior recta
en el sacrificio, y sobre todo
en la oración (Mt 5, 23; 6, 5
ss; Lc 18, 13). Finalmente, el
evangelio de Juan pone en sus
labios palabras relativas al
verdadero culto de Dios: "Llega
la hora, y ésta es, en que los
verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en
verdad" (Jn 4, 23). Los
evangelistas hablan de la
explícita institución de
acciones cultuales: el mandato
de bautizar (Mt 28, 19s) y el
encargo de celebrarla cena:
"Haced esto en recuerdo mío" (Lc
22, 19).
2. LAS PRIMERAS REALIZACIONES
APOSTÓLICAS.
Enviados por el Señor y
fortalecidos por el descenso de
la fuerza de lo alto, los
apóstoles predicaron la buena
noticia de la resurrección, del
perdón de los pecados y del don
del Espíritu Santo (He 2,
38-40). Administraron el
bautismo, y los nuevos
discípulos se agruparon
alrededor de ellos:
"Perseveraban en la enseñanza de
los apóstoles en la comunión, en
la fracción del pan y en las
oraciones" (He 2, 41-42).
Seguían participando
cotidianamente en el culto del
templo, mientras que en las
casas hacían una comida en
común, "partían el pan... con
alegría y sencillez de corazón,
alabando a Dios" (2, 46 s).Entre
los actos cultuales del templo
se menciona, por ejemplo, la
oración "ala horade nona" (3,1).
En este cuadro general de una
comunidad estrechamente unida
podemos insertar los datos
particulares mencionados en los
escritos neotestamentarios, es
decir, los Hechos de los
Apóstoles, las cartas y el
Apocalipsis de Juan: el baño (la
inmersión) bautismal,
administrado "en el nombre del
Señor Jesús" (He 19, 5); a éste
sigue la imposición de las manos
para comunicar el Espíritu Santo
(He 8, 15-17; 19, 56); la
reunión de la comunidad para
hacer una comida de una
naturaleza especial, el deípnon
kyriakón, consistente en una
"fracción del pan" acompañada de
una "eucharistía" y en la
ofrenda del cáliz de vino, sobre
el que se pronuncia una
"euloguía"; "cuantas veces
coméis este pan y bebéis este
cáliz anunciáis la muerte del
Señor hasta que venga"( 1 Cor
11, 20-26 y 10, 16-17). En estos
alimentos sobre los que -en
evidente conexión con las
palabras del Señor- se
pronuncian una "eucharistía" y
una "euloguía", se recibe el
cuerpo y la sangre del Señor,
como explica ampliamente Jn 6.
Esa comida se incluye todavía
dentro de una comida normal
completamente. Por He 20, 7-11
vemos ya que tiene lugar al
final de una enseñanza doctrinal
bastante larga por obra del
Apóstol (20,7), y precisamente
en el "primer día de la semana";
es decir, en el día en que el
Señor se apareció a los suyos
después de la resurrección; en
el que descendió el Espíritu
Santo sobre los apóstoles; en el
que, según 1 Cor 16, 2, se hacía
la colecta dentro de la asamblea
de la comunidad, día que en Ap
1, 10 ya se llama "día del
Señor". Se practica mucho la
oración en común, y se hace con
constancia, participando en las
horas de oración en el templo o
en la sinagoga, o bien dentro de
la comunidad ya separada de los
judíos, y se ora también de
noche (He 16,25: hacia
medianoche).
La índole y el contenido de esas
oraciones nos los indica, por
ejemplo, Ef 5, 18-20: "...
llenos del Espíritu, hablando
unos a los otros con salmos,
himnos y cánticos espirituales,
cantando y alabando al Señor en
vuestros corazones, dando
siempre gracias por todo al que
es Dios y Padre en nombre de
nuestro Señor Jesucristo" (cf
Col 3, 16-17). En caso de
enfermedad los presbíteros oran
sobre el enfermo y lo ungen con
aceite en nombre del Señor para
que sane y obtenga la remisión
de los pecados (Sant 5, 14-15).
Todo se centra siempre en el
Señor Jesús; en élse han
cumplido las promesas; hacia él
ha conducido la ley como
pedagogo (Gál 3, 24). Ahora ésta
ha sido abolida por la realidad
definitiva, presente en Cristo.
Todo lo que se ha verificado
antes era sólo una imagen ha
sucedido typikós ( I Cor 10, 11)
"para nosotros, que hemos
llegado a la plenitud de los
tiempos" (10, 11). Esto se ve
claramente sobre todo por el
modo diferente de celebrar las
fiestas: ya no son una
observancia literal de los
tiempos festivos (Gál 3, 8-11;
Col 2, 16s); Cristo mismo es el
verdadero Cordero pascual (1 Cor
5, 7s); participando de él
celebramos la verdadera fiesta
(heortázomen). En esa libertad
del Espíritu Santo, en el
abandono progresivo de las
costumbres sinagogales, en la
interpretación que refiere la
imagen del tiempo pasado (del
AT) a la nueva realidad presente
en Cristo, se va delineando en
unas pocas formas la liturgia
del nuevo pueblo de Dios.
3. EL CONTEXTO.
Sin embargo, esto no significa
que los apóstoles y sus
comunidades, para poder entrar
en contacto y hacerse entender,
no se hayan servido en muchos
casos de formas preexistentes,
las hayan modificado y después
hayan pasado a proponer de
manera creativa algo nuevo. Esto
era simplemente necesario.
a) El culto judío del siglo I
Así como Jesús de Nazaret se
había movido dentro de las
formas de la sociedad de su
tiempo y de su tierra, así
también los apóstoles y las
primeras comunidades
judeocristianas asumieron con
gran naturalidad unas formas de
oración y de culto que les eran
familiares. Los baños, las
inmersiones y emersiones, los
bautismos no eran realidades
desconocidas. Eran frecuentes,
de una u otra manera, en el AT y
en la comunidad de Qumrán. Juan
Bautista los había administrado.
Jesús mismo se había hecho
"bautizar"; y, ya durante su
vida, también los discípulos
habían bautizado (cf Jn 4, 1-3).
El bautismo cristiano, la manera
de administrar el bautismo, ha
asumido diversas cosas de las
formas ya habituales, aunque
todo recibe una interpretación y
una orientación completamente
nuevas: se bautiza en el nombre
del Señor Jesús (crucificado y
resucitado), para participar en
su muerte y resurrección (Rom 6,
1-11; Col 2, 6-15; 3, 1-5 ss).
La costumbre de los primeros
cristianos de "orar sin cesar"
(1 Tes 5, 17), o sea,
continuamente, varias veces a lo
largo del día y de la noche, se
remite a ejemplos del AT y de la
oración del templo y de la
sinagoga de la época de Jesús:
oración de la mañana y de la
tarde; tres veces al día (cf Dan
6, 11; He 3, 1; 10, 9). Las
fórmulas de estas oraciones son
libres (cf He 4, 24) o bien se
utilizan los salmos. De
considerable importancia para la
oración de los cristianos, de un
contenido indudablemente nuevo,
fue el género literario de las
alabanzas (berakoth), quizá la
herencia más preciosa de la
oración veterotestamentaria
judía. Este es su esquema:
invocación en alabanza del
nombre de Dios; mención del
motivo de la alabanza: recuerdo
de las obras maravillosas de
Dios; doxología final: "Bendito
seas tú, Dios omnipotente, Señor
nuestro; has realizado esta gran
acción a nuestro favor; a ti,
Señor, la alabanza eternamente.
Amén". Encontramos fórmulas de
oración semejantes en los
escritos del NT; de manera más
breve, por ejemplo, en el gozo
de Mt 11, 25; de manera más
larga, en Rom 16, 25-27; Ef 1,
3-14. Semejante a esto debe
haber sido el contenido de las
alabanzas que, en la narración
de la multiplicación de los
panes y de la última cena, se
denominan eucharistíai y
euloguíai. Tenemos ejemplos de
esas oraciones judías de acción
de gracias dichas en la mesa y
que se remontan casi hasta la
época de Jesús. Todo esto se
asume y se utiliza con soberana
libertad, en un progresivo y
lento alejamiento de la antigua
costumbre y, sobre todo, con un
espíritu completamente nuevo:
Jesús, el Cristo, el Señor, y su
acción salvífica pascual son la
gran obra de Dios, que se
celebra con alabanzas. En la
composición de las nuevas
fórmulas de oración se evitan
todas las expresiones que
indiquen directamente una
costumbre cultual
veterotestamentaria. El culto
antiguo está abolido en Cristo.
Para celebrar el culto memorial
de Cristo y dar gracias a Dios
por él se reúnen lejos del
templo y de la sinagoga, o sea,
en las casas de la comunidad,
donde, con unas pocas acciones,
aquellos que han sido instruidos
y creen son introducidos en el
acontecimiento salvífico de
Cristo, para que estén siempre
"en Cristo Jesús" (Gál 3,28; Ef
2, passim).
b) Las formas cultuales del
helenismo contemporáneo. Se
trata de los templos y de los
múltiples sacrificios ofrecidos
a los llamados dioses en el
culto del sol, del Sol invictus,
y en el culto del emperador.
Frente a todo esto se asume una
actitud de total oposición: ni
actos cultuales ante el
emperador o ante los dioses, ni
sacrificio material ni templo;
por el contrario, se practica la
adoración espiritual e interior
del verdadero Dios invisible en
la celebración de la memoria de
Jesucristo y en la unión con él
y con su obra a través del
bautismo en su nombre o de la
comida memorial que proclama su
muerte. A este respecto algunas
tendencias de la filosofía
popular del tiempo, orientadas
hacia un culto espiritual de
Dios, hacia una loguiké thysía,
aportaron algunas cosas, bien
desde el aspecto terminológico,
bien de cara a una elaboración
conceptual y a una explicitación
del patrimonio tradicional del
ambiente helenístico.
III. LAS CONCRECIONES
A partir de la compenetración
recíproca y de la unión de los
diferentes elementos que hemos
detectado en los escritos del NT
y en su ambiente, se desembocó,
durante el s. II , en las
primeras formas de liturgia
cristiana. La reunión de la
comunidad en el día del Señor
para celebrar la memoria del
Señor, la eucaristía, es
elemento central. El día es ya
una costumbre bien fija. En la
Didajé leemos: "Reunidos cada
día del Señor, romped el pan y
dad gracias..." (c. 14). Hacia
la mitad del s. II, Justino
presenta la primera descripción
precisa del culto dominical. En
el "día que se llama del sol"
todos se reúnen; se leen pasajes
de los escritos de los apóstoles
y de los profetas; siguen la
homilía y las oraciones de
intercesión; a continuación se
presentan pan y vino mezclado
con agua, y el que preside la
asamblea dice sobre ellos,
"según sus fuerzas", "oraciones
y acciones de gracias" a las que
todos responden con un "Amén";
los dones así "eucaristizados"
se distribuyen entre todos
(Apol. 1, 67); ahora se han
cambiado en la carne y sangre
del Jesús encarnado (c. 66). Se
trata ya de la estructura de la
misa, que ha permanecido igual
hasta hoy a lo largo de los
siglos. Punto central, decisivo,
después de la liturgia de la
palabra, es la plegaria
eucarística, pronunciada sobre
los alimentos llevados por los
fieles para que se transformen;
después, todos se unen en la
comida. Esto, sencillamente,
desarrolla el núcleo central
puesto por el NT: la comunidad
se realiza al acoger la
recomendación apostólica de
hacer memoria de la muerte y
resurrección de Jesucristo; es
un convite santo, que
continuamente une a todos, según
1 Cor 10,17: "Porque no hay más
que un pan, todos formamos un
solo cuerpo, pues todos
participamos del mismo pan".
Todavía no existen textos
precisos para ello; el
celebrante habla libremente,
"según sus fuerzas", dice
Justino. De todas formas,
podemos, en cierta medida,
descubrir el género literario de
la oración de la eucharistía; se
trata de la formulación
cristiana de la oración de la
berakah proveniente del AT, de
la oración de "alabanza" de los
mirabilia Dei. En los capítulos
9 y 10 de la Didajé se nos
ofrecen por lo me nos algunos
ejemplos semejantes de cómo se
podía formular esa eucharistia
cristiana.
El primer texto preciso lo
encontramos solamente en la
oración de acción de gracias que
nos transmite Hipólito Romano, a
comienzos del s. III, en su
Tradición Apostólica. Se trata
de un texto no prescrito, sino
ejemplificativo, que el
celebrante puede seguir con toda
libertad, sin estar obligado a
ello. Después de la introducción
(el diálogo como el de hoy),
leemos: "Te damos gracias, oh
Dios, por medio de tu amado Hijo
Jesucristo, que en estos últimos
tiempos nos has enviado como
salvador y redentor..." (c. 4).
La celebración del domingo
mediante la liturgia de la
palabra y del memorial del Señor
(eucaristía) es la primera y más
importante acción litúrgica de
la iglesia antigua testimoniada
con toda claridad.
A la vez va formándose -aunque
esté menos testimoniada- la
celebración de la pascua anual.
Un escrito de los años 130-140,
la Epistula Apostolorum, habla
por primera vez de la existencia
de esta fiesta. Se celebra ya
anualmente, como la pascua
judía, en memoria de la muerte
salvífica de Cristo, en la que
se cumple la pascua antigua, que
la prefiguraba. Su liturgia
consiste concretamente en una
vigilia nocturna (vigilia),
concluida al canto del gallo con
la celebración de la eucaristía.
Hacia finales del siglo II, la
controversia sobre la fecha
precisa de la pascua (a saber:
si había que seguir la costumbre
judía, poniendo el acento en la
muerte del Señor, y adoptar por
tanto el 14 de Nisán, o bien si
se debe elegir como fecha el día
del Señor sucesivo al 14 de
Nisán, poniendo así el acento en
la resurrección) lleva a
preferir el día del Señor. La
vigilia nocturna que precede al
día festivo (y a todo el tiempo
festivo pascual, el pentecostés
que se añadió muy pronto) es un
elemento decisivo. Desde bien
entrado el siglo III, la fiesta
de la pascua es solamente el
transitus, el "paso del ayuno a
la fiesta; por tanto,
propiamente un punto de
demarcación, la superación de la
línea divisoria entre muerte y
vida, entre la muerte de cruz y
la resurrección de Cristo, entre
la muerte al pecado y la nueva
vida con Cristo. Después, poco a
poco, toda la vigilia y la
eucaristía festiva que la cierra
se llamarán pascua; por eso la
pascua comprende también el
ayuno a partir de la tarde del
viernes santo, desde la hora de
la muerte del Señor. En el siglo
IV se coloca delante de la
pascua el "tiempo de cuarenta
días de ayuno y penitencia", y
después de ella el "tiempo de
cincuenta días" o pentecostés,
en el que, según una afirmación
de Tertuliano (De corona 3), es
nefas, no está permitido ayunar
ni rezar de rodillas,
exactamente como en los días del
Señor. Esta celebración anual
es, en aquella época y en el
fondo hasta hoy, "la fiesta" de
la iglesia pura y simplemente,
he heorté, "en su conjunto la
fiesta de la redención a través
de la muerte y la glorificación
del Señor" 6 bis. En esta santa
noche pascual se administra
también el bautismo y la
sucesiva imposición de las manos
y unción para la comunicación
del Espíritu Santo. Se trata de
los dos sacramentos de la
iniciación a la vida cristiana,
que llevan a la cumbre de la
primera participación activa en
la celebración eucarística.
Estamos bien informados sobre la
celebración de la liturgia de
esos sacramentos de la
iniciación a través de la
Didajé, de Justino (Apología I),
de Tertuliano y, al principio
del s. III, nuevamente de
Hipólito (Tradición apostólica).
Tras una adecuada preparación
catequética completada en los
"cuarenta días" de ayuno de la
preparación de la fiesta
pascual, después de oraciones y
exorcismos, después de la
participación en la vigilia
nocturna, a primeras horas de la
mañana se consagra el agua, los
candidatos se despojan de sus
ropas -símbolo del hombre
viejo-, se consagra el aceite
sagrado, los que van a ser
bautizados renuncian a Satanás y
bajan, desnudos, al agua, y allí
escuchan la triple pregunta e
invitación a confesar su fe en
el Padre, y en el Hijo, y en el
Espíritu Santo, y se les sumerge
tres veces con tres invocaciones
(epíclesis) de los nombres
divinos. Tras una primera unción
con el óleo, los bautizados se
visten sus ropas -símbolo del
hombre nuevo- y son conducidos
ante el obispo, que les impone
las manos y los unge con óleo
santo mientras pronuncia estas
palabras: "Señor Dios, que los
has hecho dignos de merecer la
remisión de los pecados mediante
el baño de regeneración del
Espíritu Santo, infunde en ellos
tu gracia, para que te sirvan
según tu voluntad..." El obispo
les da el beso de paz y luego
les admite a la oración y a la
participación comunitaria en la
eucaristía con todo el pueblo
(Tradición apostólica 17-21).
Este es el núcleo del rito de la
iniciación: "Por el bautismo los
hombres son injertados en el
misterio pascual de Jesucristo:
mueren con él, son sepultados
con él y resucitan con él;
reciben el espíritu de adopción
de hijos, por el que clamamos:
Abba! ¡Padre! (Rom 8, 15), y se
convierten así en los verdaderos
adoradores que busca el Padre.
Asimismo, cuantas veces comen la
cena del Señor proclaman su
muerte hasta que vuelva. Por
eso, el día mismo de
pentecostés, en que la Iglesia
se manifestó al mundo, los que
recibieron la palabra de Pedro
fueron bautizados... (He
2,41-42. 47). Desde entonces, la
Iglesia nunca ha dejado de
reunirse para celebrar el
misterio pascual: leyendo cuanto
a él se refiere en toda la
escritura (Le 24,27), celebrando
la eucaristía, en la cual se
hacen de nuevo presentes la
victoria y el triunfo de su
muerte, y dando gracias al mismo
tiempo a Dios por el don
inefable (2 Cor 9, 15)..." (S C
6).
En el mismo tiempo en que se
hace esta elocuente descripción
de la liturgia central de la
iglesia, encontramos también las
primeras alusiones claras a la
que será posteriormente la
liturgia de las Horas. La
Tradición apostólica de
Hipólito, junto a la cena común,
conoce una especie de
lucernarium o culto vespertino.
Al caer de la tarde, el diácono
lleva la lámpara a la asamblea y
se pronuncia una oración de
acción de gracias sobre ella:
"Te damos gracias, Señor, por tu
Hijo Jesucristo, nuestro Señor,
por el que nos has iluminado
revelándonos la luz
incorruptible. Hemos vivido todo
este día y hemos llegado al
comienzo de la noche... Que no
nos falte ahora la luz de la
tarde, por tu gracia; por eso te
alabamos y te glorificamos por
medio de tu Hijo..." (c. 25).
Otros capítulos invitan a orar
por la mañana, antes de comenzar
el trabajo; si es posible,
incluso en la "asamblea, donde
el Espíritu produce fruto" (c.
35). Pero también cada uno debe
orar a la hora de tercia, sexta
y nona, "alabando continuamente
a Dios", y antes del reposo
nocturno; e incluso los que
viven en comunidad conyugal
deben levantarse a media noche
para orar (c. 41). Unos años
antes Tertuliano trazaba el
cuadro de estos tiempos de
oración de una manera algo más
realista, y distinguía las horae
legitimae, o sea, los tiempos de
oración obligatorios "al
comienzo del día y de la noche",
de las "orationes communes",
acerca de las cuales no existe
ninguna prescripción (De
oratione 25). De cualquier
forma, no se trata de un deber
en sentido estricto, porque
"respecto a los tiempos de
oración no hay ninguna
prescripción; solamente se debe
orar en todo tiempo y en todo
lugar" (ib, 24).
Para hacer posible esta vida
cristiana, que celebra la acción
salvífica realizada por Dios en
Cristo, los apóstoles habían
establecido ancianos, o sea,
presbíteros (cf He 14, 23). Al
comienzo del s. II, ya en
Ignacio de Antioquía encontramos
plenamente desarrollado el
ministerio de los obispos, de
los sacerdotes y de los
diáconos. Al principio del siglo
III es otra vez Hipólito de Roma
el primer testigo de las
acciones cultuales por las que
se transmite solemnemente este
poder ministerial (Tradición
apostólica 2s; 7-13). En el día
del Señor los obispos presentes
imponen las manos sobre el
obispo neoelecto por el pueblo
en presencia del presbiterio y
recitan sobre él la oración de
consagración: "Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo...,
envía ahora el poder -que sólo
puede venir de ti-del Espíritu
soberano (heghemonikoú) que tú
has dado a tu amado Hijo
Jesucristo... Concede, Padre que
conoces los corazones, a este
siervo que has elegido para el
episcopado, el don de pastorear
tu santo rebaño... (c. 3, ed.
Botte, 6 y 8). De la misma
manera el obispo y los
sacerdotes imponen las manos
sobre el candidato al
presbiterado y oran sobre él (c.
7, ed. Botte, 20). Al diácono lo
consagra solamente el obispo (c.
8, Botte, 22 s; 26); los demás
ministerios se transmiten sin
imposición de manos (cc. 11;
13).
Finalmente, debemos recordar
que, ya a partir de la segunda
mitad del siglo II y después a
lo largo del siglo III, se
celebran las memorias de los
mártires en sus dies natalis, y
precisamente con una celebración
de la eucaristía sobre sus
tumbas, seguida de una comida en
común.
Estos son los rasgos esenciales
del culto divino de la iglesia
postapostólica en los siglos II
y III. Con gran libertad y
apertura a la inspiración del
momento y del tiempo, las líneas
fundamentales de los evangelios
y de las cartas apostólicas se
tradujeron en unas pocas
acciones cultuales sencillas,
pero características, en las
que, utilizando materiales de la
tradición veterotestamentaria y
adoptando formas que le
resultaban comprensibles también
al hombre helenístico
contemporáneo, se proclama, se
celebra y se comunica el
misterio pascual de Cristo; o
sea, el hombre se inserta en el
misterio de Cristo a través del
bautismo, la confirmación y la
participación en la eucaristía,
a través de la celebración
regular de la eucaristía en el
día del Señor de cada semana y
en la celebración anual de la
pascua, de aquella gran vigilia
nocturna que se prepara con un
tiempo más bien largo de ayuno y
se corona con el tiempo festino
y gozoso de pentecostés. La
oración incesante, concretada en
la alabanza matutina y de la
tarde y en la oración libre en
cualquier momento, inserta la
confesión de Cristo en la vida
cotidiana.
Aunque se trate solamente de
líneas fundamentales y
esenciales y de primeras
redacciones de textos escritos,
la vida cultual posee ya una
estructuración fijada a grandes
trazos, como deja intuir la
Didajé y demuestran la Tradición
apostólica y otras disposiciones
eclesiásticas semejantes de
tiempos algo posteriores.
El cuadro que hemos trazado,
remitiéndonos para los siglos II
y III sobre todo a Hipólito y a
Tertuliano, se refiere
principalmente a la liturgia de
la iglesia de Roma y del Africa
latina. Pero las indicaciones
ocasionales que encontramos en
otros escritos testimonian en
medida suficiente que las
estructuras fundamentales son
iguales por todas partes. Pese a
la libertad en la composición de
los textos de que goza el obispo
que preside el culto,
encontramos en todas las
iglesias las mismas
celebraciones cultuales que
explicitan el patrimonio
originario heredado de los
apóstoles, sobre todo en lo que
se refiere a la materia y forma
de los siete sacramentos.
IV. LAS GRANDES FAMILIAS
LITÚRGICAS
La herencia apostólica,
materializada y estructurada
concretamente con gran libertad,
es sinónimo de pluralismo.
Originalmente, si hacemos
abstracción de las pocas líneas
fundamentales, encontramos una
variedad de formas, y no una
forma única y obligatoria para
todos. Esto vale ya para lo que
se refiere a la lengua. La
primitiva comunidad apostólica
de Jerusalén constituye el punto
de partida. Pero ya aquí, junto
a los judeocristianos que hablan
arameo, encontramos a los
helenistas (cf He 3, 9-11; 6, 1:
"murmuración de los helenistas
contra los hebreos con motivo
del trato injusto a sus viudas y
pobres). Se forman nuevas
comunidades en Samaria (He 8,
5-25), en Cesaren (8, 40),
Damasco ( 9,1), Antioquía (13,
1), Chipre (13, 4ss), y luego en
toda Asia Menor y en Grecia y,
finalmente, en Roma y España. La
diversidad de lenguas es un
hecho evidente: aquí el arameo,
allá el griego koiné, la lengua
común en la cuenca del
Mediterráneo, la oikouméne de
entonces. Para el culto esto
significa inmediatamente la
distinción entre el
hebreo-arameo de la Biblia y su
traducción griega llamada de los
Setenta. Una importancia todavía
mayor adquieren las comunidades
cristianas procedentes del
paganismo, o sea, los cristianos
helenistas, que durante los
siglos II y III fueron
constituyendo cada vez más el
núcleo de las iglesias
cristianas. Las primeras
iglesias se concentraron sobre
todo en las grandes metrópolis
del mundo de entonces, en
Jerusalén y en Antioquía (donde
los discípulos fueron llamados
por primera vez cristianos: He
11, 26), en Corinto y Roma, en
Alejandría y Efeso, etc.
Naturalmente, de todo esto no
sabemos todavía nada preciso o
concreto. Debemos, por así
decir, deducirlo de los datos
seguros de la Sagrada Escritura,
de la doble forma de la lengua,
de la fundación de las primeras
comunidades en esas grandes
ciudades; y con esto debemos
confrontar lo que conocemos de
una época posterior, referido a
las liturgias típicas formadas
efectivamente en las grandes
metrópolis, a saber: en
Jerusalén, Antioquía Alejandría,
Roma y el norte de África latina
(Cartago). En esas ciudades
habían puesto las bases los
apóstoles; sus sucesores,
frecuentemente grandes figuras
de obispos santos, edificaron
sobre ellas. Lo que ellos
propusieron y ordenaron, lo que
ellos, guiados por el Espíritu
Santo y en virtud de su gran
personalidad, formularon en un
momento de feliz inspiración
durante la celebración de los
días festivos, todo eso se puso
por escrito, se coleccionó y fue
de nuevo utilizado. Comunidades
más pequeñas de los alrededores
lo acogieron con admiración; y
así, a parar de la metrópoli,
sede del obispo principal, se
fue desarrollando una liturgia
que tenía una impronta típica.
Podemos reconocer clarísimamente
ese proceso en la irradiación
ejercida por metrópolis
occidentales como Roma, Milán y
Cartago (en el norte de Africa
proconsular). Aquí la formación
de familias litúrgicas concretas
va de la mano con el surgimiento
de una específica latinidad
cristiana. El latín cristiano se
ha desarrollado sobre todo en el
África septentrional. Al crecer
el número de cristianos, hacia
el final del período de las
persecuciones y después del
edicto de Milán del 313, la
lengua griega koiné, adoptada
originalmente en todas partes,
cede el paso poco a poco al
latín. Tertuliano puede
considerarse como uno de sus
grandes creadores; Minucio
Félix, sobre todo san Cipriano y
luego Lactancio son sus
representantes principales. En
un primer momento, con una
decisión conservadora
perfectamente comprensible, se
había mantenido el griego en la
celebración del culto. Pero para
bien de los fieles era necesario
cambiar. En la iglesia romana,
el paso del griego al latín en
la liturgia tuvo lugar bajo el
papa Dámaso. La importancia de
este acontecimiento puede
caracterizarse así, según los
estudios de Chr. Mohrmann y Th.
Klauser: "... Los cristianos se
crearon una lengua propia con
dudas con miedo (a perder la
belleza del latín clásico),
aprovechando las posibilidades
que ofrecía el estilo moderno de
Gorgias (siglo I a. C.) o de la
escuela asiática con su estilo
paratáctico y antitético.
Creando neologismos directos e
indirectos, siguen una tendencia
de vulgarización y renuevan el
vocabulario... La evolución se
aprecia fácilmente en las obras
de Cipriano, de Hilario y luego
de Agustín. Nace así una lengua
propia, literariamente digna; el
estilo paratáctico y antitético
corresponde mejor a la dignidad
de la oración cristiana por
razones psicológicas, históricas
y teológicas (es más popular; es
el estilo del AT y del NT;
ilumina mejor la dialéctica de
la existencia cristiana:
Dios-hombre, cielotierra,
bien-mal)". Agustín puede decir:
los cristianos "habent enim
linguam suam qua utantur...
Melius ergo de ore christiano
ritus loquendi ecclesiasticus
procedit" (Enarr. in Ps. 93, 3).
En este clima de libertad para
una creación espontánea, de
apertura lingüística, de
consideración hacia las
necesidades de los fieles,
dominado por obispos excelentes
por su genio y santidad, que
gobiernan las principales sedes
de la cristiandad, se producen
abundantes textos nuevos: ya no
hay solamente una sola gran
plegaria eucarística (como
sucedía y sucede todavía en las
iglesias orientales), sino una
multiplicidad de plegaras: una
oratio (collecta) que abre la
celebración; una oración
introductoria sobre las ofrendas
(super oblata); numerosos
incipit intercambiables de la
plegaria eucarística, que a
continuación se llamarán
prefacios; el núcleo de la
plegaria eucarística (sobre todo
en la forma, testimoniada por
Ambrosio, pero elaborada
típicamente en Roma, del canon
romanus); breves oraciones
conclusivas (post communionem,
super populum). Todo esto en una
forma literaria, podríamos
decir, unitaria: en la lengua
sintética, precisa, magistral de
la latinidad tardía; en un latín
cristiano que se conjuga de
formas siempre nuevas, con las
que se intenta expresar de
alguna manera la grandeza de las
acciones sagradas. Y con tal
libertad, espontaneidad y
multiformidad, que un concilio
de Hipona del 393 -por tanto,
contemporáneo de Agustín- se ve
obligado a dar algunas
advertencias: se pueden usar
esas plegarias solamente después
que hayan sido aprobadas y
eventualmente corregidas por
hermanos competentes bajo la
vigilancia de los obispos (can.
21). Tanta riqueza y
espontaneidad nos permiten
decir: "Se trata aquí de una
expresión típica de la mayor
movilidad del genio occidental
latino frente al genio más
contemplativo, más tranquilo, de
los orientales, que usaban una
sola plegaria eucarística".7bis
Ante todo en Roma, pero también
de manera parecida en otras
partes, estas oraciones,
creaciones de los grandes
obispos, fueron coleccionadas,
conservadas en el archivo,
repetidas; luego las adoptaron
las iglesias más cercanas
después de copiarlas en pequeños
libelli sacramentorum,
fascículos que contenían los
textos necesarios para una digna
celebración de los sacramentos
eucarísticos, que posteriormente
se unieron en el libro
denominado sacramentarium. Un
primer ejemplo de una colección
de este estilo hecha todavía por
una mano privada, será el
Sacramentarium Veronense
(llamado también Leonianum,
porque alguna que otra oración
había sido compuesta por el gran
obispo de Roma san León Magno).
De la misma manera debemos
imaginarnos el desarrollo de la
liturgia en las demás grandes
ciudades. Con el apoyo de la
iglesia episcopal de la
metrópoli de la grandes
provincias (con frecuencia sede
antigua de un apóstol o de un
discípulo de los apóstoles, y en
todo caso de grandes obispos
santos) se forman a lo largo del
siglo IV y siguientes, en
Oriente, la liturgia
sirio-antioquena del siglo IV,
que se remite a la Didaskalia
siríaca del siglo III,
concretada sobre todo en las
Constituciones apostólicas (2,
57; 7, 39-45; 8, 5.11-15), y la
liturgia alejandrina, que se nos
ha conservado aproximadamente en
el Euchologion de Serapión
(siglo IV). En Occidente se
formaron la liturgia
(latinoafricana) romana; la
milanesa (o ambrosiana); la
hispana antigua (visigótica),
que es la que más se diferencia
de las formas romanas, y la
galicana, de la que podemos
hacernos una idea -aunque
solamente aproximada- por los
Sermones de san Cesáreo de Arlés
y los escritos de Gregorio de
Tours (siglo VI). La gran
riqueza de estas familias
litúrgicas pudo desarrollarse en
la atmósfera de libertad
instaurada bajo Constantino y
sus sucesores. Junto a los
textos para la celebración de
los santos misterios redactados
en las grandes lenguas de la
época -siríaco, griego y latín-
y en la correspondiente cultura
espiritual, se desarrolló
también el complejo del culto
divino, empezando por la
construcción de los edificios
necesarios y de su decoración
hasta la rica articulación de
las fiestas en su repetición
cíclica.
Mientras que al principio las
comunidades se reunían en los
locales de alguna casa
espaciosa, ahora surgen nuevas
construcciones destinadas
expresamente al culto divino. De
los lugares de reunión de los
primeros cristianos hablan, por
ejemplo, las escasas noticias de
los Hechos de los Apóstoles: el
yperôon de la comunidad
apostólica primitiva, 1,13; la
casa de María, madre de Juan
Marcos, 12,12; la sala de las
fiestas de Tróade, 20,8;
finalmente, en general, en todos
los lugares: la ekklesía
[comunidad de los fieles] kat’
oíkon, la comunidad que se
reunía para el culto en la casa
de un creyente, la iglesia
doméstica. El ejemplo clásico de
semejante domus ecclesiae
primitiva, que de ser de
propiedad privada pasa a ser de
la comunidad y se reestructura
con esta finalidad, es la de
Doura Europos (poco después del
200), enterrada durante casi dos
milenios en la arena del
desierto y recientemente sacada
a la luz. Al final del siglo III
se podían encontrar ya por todas
partes muchos edificios por el
estilo. A partir de ellos se
desarrolla el local adecuado
para las grandes celebraciones
de la comunidad, estructurado de
acuerdo con la nueva masa de
participantes y con la nueva
autoconciencia: la basílica,
nacida de la unión de elementos
de la domus ecclesiae cristiana
y de la basílica romana profana.
Se trata de una obra tan
lograda, plasmada con un total
espíritu cristiano en la
simplicidad de su aspecto
exterior y en la intimidad
serena y festiva de su interior,
que determinará en los siglos
siguientes la mayoría de los
edificios sagrados cristianos.
Los ejemplos históricos más
famosos y que conocemos
suficientemente, al menos en su
planta o en imágenes, son: las
basílicas romanas de los
apóstoles Pedro y Pablo, así
como la iglesia catedral del
obispo de Roma, o sea, la
iglesia del Santísimo Salvador,
de Letrán, además de las
iglesias de Belén, Jerusalén,
Constantinopla, Nicomedia,
Tréveris, Aquilea, Milán, etc.
Junto a la basílica se coloca el
otro tipo creativamente modelado
e igualmente surgido de la
transformación de edificios
profanos de la época: la iglesia
de planta circular, cuyo ejemplo
más grandioso -la "Hagia
Sophia", de Constantinopla-
existe todavía, mientras que el
espacio cultual en cuanto tal se
nos muestra mejor en San Stefano
Rotundo y en el mausoleo de
Constanza, en Roma, así como en
el más tardío de San Vital, de
Rávena.
Asimismo deben recordarse las
construcciones destinadas a
acciones cultuales particulares:
el edificio de planta circular
del baptisterio, como el de
Letrán, en Roma; las memorias
más modestas sobre las tumbas de
los mártires (a partir de las
cuales, a continuación, se
desarrollaron las imponentes
iglesias sepulcrales) y en los
lugares de la historia sagrada;
finalmente, las instalaciones
sepulcrales, como las de los
cementerios romanos
subterráneos, con sus capillas,
iglesias sepulcrales y, no en
último lugar, una serie de
imágenes.
En estos lugares de culto -cuya
decoración artística interna
conocemos de manera suficiente a
través de los mosaicos
(naturalmente posteriores) de
Santa María la Mayor, en Roma;
de Aquilea y de Rávena - ejercen
su función de presidentes del
pueblo creyente, que se reúne
para la celebración común, el
obispo, los presbíteros y los
diáconos revestidos de los
trajes festivos de la sociedad
de entonces, trajes que poco a
poco se van convirtiendo en un
hábito o uniforme utilizado
solamente durante el culto y que
dan comienzo a las vestiduras
litúrgicas que usó la edad media
y que todavía usa nuestro
tiempo.
Sin embargo, el culto en su
conjunto siguió siendo la
liturgia comunitaria del pueblo
de Dios en memoria del Señor y
de su acción salvífica, con
motivo de la celebración regular
de la eucaristía el domingo
(favorecida ahora incluso por la
legislación civil, que prescribe
el necesario descanso y la
abstención de la actividad
judiciaria y mercantil) y con
motivo de la celebración del
mysterium paschale la noche de
pascua, preparada e introducida
por la rica liturgia de la
cuaresma, que culmina en el
domingo de ramos y el triduo
pascual, y encuentra su propio
coronamiento en la noche pascual
(con la administración de los
sacramentes de la iniciación) y
en el domingo de pascua. La
fiesta continúa después en el
"tiempo de los cincuenta días"
de pentecostés con el carácter
gozoso de su alleluia victorioso
y con la espera del envío del
Espíritu Santo.
Al mismo tiempo, ahora se abre
camino -a lo largo del siglo IV-
una nueva forma de celebración
del misterio de Cristo, es
decir, la celebración de su
encarnación, de su epifanía, de
su revelación luminosa como
salvador del mundo, como luz de
luz, como señor poderoso, que
manifiesta su propia gloria
divina y redentora en su
bautismo y en sus grandes
milagros como inicio de la
revelación, que alcanzará su
cumbre en la "beata passio" y en
la gloriosa resurrección.
A lo largo del siglo IV se
desarrolla también la veneración
de los mártires. Sobre sus
tumbas se levantan pequeñas
memorias, los llamados martyria.
La multiplicidad de las
oraciones, que ahora las
iglesias del Occidente
introducen en la celebración de
la misa, facilita la veneración
de los santos, mientras la
plegaria eucarística propiamente
dicha, el canon, sigue reservado
a la memoria central de la
muerte y resurrección del Señor;
en ese memorial encuentra su
centro decisivo todo martyrium,
toda veneración de los mártires.
De manera que, durante el siglo
IV, el culto cristiano
experimentó un desarrollo rico,
multiforme y al mismo tiempo
dominado siempre por algunas
líneas fundamentales comunes:
día del Señor, celebración
pascual, nacimiento y epifanía
del Señor, sacramentos de la
iniciación, ordenación de los
ministros, memorias de los
santos (de los mártires),
oración comunitaria por la
mañana y por la tarde y también
en las vigilias nocturnas; el
centro de todo lo ocupa la
celebración eucarística como
núcleo y vértice de todo el
culto cristiano, que realiza el
memorial real de la muerte y
resurrección del Señor. La
iglesia local y su obispo están
facultados para regular en sus
particulares estas
celebraciones, sobre todo por lo
que se refiere a la elección de
las lecturas bíblicas y la
formulación de las oraciones.
Precisamente aquí es donde se
manifiesta la diversidad entre
las formas orientales y
occidentales. Mientras las
iglesias orientales usan una
sola gran plegaria eucarística,
que se dice sobre los dones del
pan y del vino y exalta en una
síntesis grandiosa la obra
salvífica de Cristo -plegaria
diferente de una a otra iglesia,
por lo cual poseemos un
considerable número de ellas-,
las iglesias occidentales
introducen en cada misa diversas
oraciones, que expresan con
acentos siempre nuevos
determinadas peticiones,
acompañan la marcha de la acción
sagrada y nombran y exaltan en
los prefacios elementos
particulares de la obra
salvífica; por el contrario,
siempre en Occidente, el núcleo
de la celebración eucarística
está formado de manera más bien
sobria y breve, y precisamente
-en Roma, en el África
septentrional (?) y en Milán, y
algo menos en España por un solo
texto esencial, el llamado
canon.
V. LA LITURGIA ROMANA CLÁSICA
Todo lo que hemos dicho sobre la
formación de las grandes
familias litúrgicas vale de
manera especial para la iglesia
romana. También sus comienzos
hay que colocarlos en la
situación general de libertad
que se instauró después del
edicto de Milán del 313. El
favor imperial ofrece a la
iglesia romana la posibilidad de
desarrollarse grandemente, sobre
todo a nivel de construcciones:
surgen los grandes edificios de
la iglesia catedral de Letrán y
las basílicas sobre las tumbas
de los apóstoles. Las
exhortaciones preocupadas de
diversos sínodos africanos dejan
adivinar un desarrollo
tumultuoso de textos litúrgicos:
"... preces quae probatae
fuerint in concilio, sive
praefationes, sive
commendationes seu manus
impositiones, ab omnibus
celebrentur, nec aliae omnino
contra fidem praeferantur; sed
quaecumque a prudentibus fuerint
collectae dicantur". También san
Ambrosio, pese a su celo por la
autonomía de su iglesia de
Milán, reconoce la importancia
extraordinaria e irradiante de
la liturgia romana.
Si todas las liturgias
occidentales se distinguen
claramente de las formas del
Oriente, es necesario añadir que
el rito romano se distancia
también de las formas todavía
más ricamente desarrolladas del
rito hispánico y visigótico.
Distintivo particular de la
liturgia romana es la plegaria
eucarística, el canon romanus
único, inmutable para todos los
días del año y con pocos textos
intercambiables (Communicantes,
Hanc igitur). A continuación
estudiaremos de manera
particular la naturaleza, las
estructuras y el contenido de
esta liturgia, porque ella no
solamente ha ejercido un influjo
fortísimo sobre todas las
liturgias occidentales, sino que
en el transcurso de los siglos
ha llegado a ser la liturgia
casi exclusiva del Occidente
(latino) y, por fin, de la
iglesia universal (en América,
Asia y África).
Se trata del período que va del
siglo IV hasta aproximadamente
el siglo VIII, o sea, del tiempo
en que la iglesia romana
desarrolló y formó de la manera
espléndida que le es
característica su propio culto,
hasta darle una forma madura y
extraordinariamente rica y
preciosa bajo el aspecto
teológico; después, esas formas
litúrgicas entrarán en contacto
con los nuevos pueblos del
medievo francogermánico y
sufrirán numerosas
modificaciones. El conocimiento
de este tiempo se ve dificultado
por el hecho de que casi todos
los documentos que nos dan
noticias sobre él son
manuscritos del período
sucesivo, influidos ya con
frecuencia por la nueva
situación. Las formas
típicamente romanas en sentido
estricto comienzan cuando la
iglesia local romana vive el
paso del griego al latín,
acontecimiento que tuvo lugar,
con gran probabilidad, bajo el
papa Dámaso (366-384).
Aunque hayan sido puestos por
escrito en un momento posterior,
hay toda una serie de documentos
que testifican en sustancia cómo
se celebraba en aquel tiempo el
culto central; se trata de los
libros que servían al pueblo de
Dios de esta iglesia para
celebrar, bajo la presidencia de
su obispo rodeado de su
presbyterium y de los ministros,
los missarum solemnia, la misa
solemne, como hoy diríamos
nosotros. Son: el
Sacramentarium, que contiene
todas las oraciones del
sacerdote que celebra la misa (y
también los otros grandes
sacramentos); el Lectionarium,
con los textos del AT y del NT
que proclaman los ministros; el
Liber antiphonarius, con los
textos y melodías de la schola
cantorum (y, por lo menos en
teoría, del pueblo), subdividido
(aunque solamente en un período
posterior) en un Antiphonarius
Missae y en un Antiphonarius
Officii (este último para la
liturgia de las Horas); el Ordo
(romanus), el libro que describe
la manera de ejecutar las
acciones sagradas. Finalmente,
debemos tener presentes los
edificios y las obras de arte,
que constituyen el espacio y el
ambiente de las acciones
cultuales y reflejan de alguna
manera su espíritu.
El Sacramentario recoge las
oraciones del sacerdote.
Inicialmente éstas se dejaban a
la libre inspiración del
celebrante; e incluso cuando
éste recurría a modelos, en el
fondo quedaba libre. Sólo poco a
poco se comenzó a poner por
escrito, a copiar y a conservar
ciertas oraciones
particularmente logradas,
creadas en un momento feliz,
para ponerlas a disposición de
otros sacerdotes en un libellus
sacramentorum, un pequeño libro
que contenía las oraciones
necesarias para la celebración
de los sacramenta (es decir, la
misa y los otros sacramentos).
En un segundo momento, esos
libelli se recogieron y se
ordenaron primero de manera
privada, y siguiendo criterios
más bien externos (el orden de
los meses); luego
sistemáticamente, en una
sucesión regida por criterios
teológicos, disponiéndose dentro
del anni circulus, o sea, se
recogieron en el Liber
Sacramentorum. Este es,
simplificando un tanto las
cosas, el proceso que se
verificó, poco a poco, a lo
largo de dos o tres siglos.
Testigos de ello son los
sacramentarios, que obviamente
están ordenados de formas
diversas -empezando por el
Veronense (llamado también
Leonianum), colección privada de
oraciones, cuyo núcleo podría
remontarse a León Magno y a
otros papas de los siglos V y
VI. Todos estos libros siguen
suministrando hasta hoy la mayor
parte de las oraciones de la
iglesia romana.
Tras las oraciones de petición y
de alabanza del sacerdote
celebrante, atestiguadas por los
sacramentarios, durante la
acción cultual se hace la
proclamación de la palabra de
Dios, de la obra salvífica de
Cristo. Para esa proclamación
sirve el Lectionarium, que
contiene los pasajes
escriturísticos que se deben
leer en voz alta. Al principio
esas lecturas se elegían
libremente de la Biblia. Después
se comenzó a indicar con signos
en el texto bíblico los trozos
que se debían leer y se
redactaron listas con esas
indicaciones, los llamados
Capitulares. Finalmente, se
copiaron nuevamente los trozos
así indicados y se los reunió en
libros especiales: en el
Evangeliarium, para el diácono,
y en el Epistolarium, para el
lector; independientes al
principio, uno y otro acabaron
por confluir en el leccionario
de la misa, que se distingue del
leccionario para la liturgia de
las Horas. Los manuscritos más
antiguos que nos ofrecen ese
tipo de textos se remontan a los
siglos VI y VII.
También a los siglos VI y VII se
remontan los antifonarios,
colecciones de textos y de
melodías para la celebración de
la misa y posteriormente del
oficio divino, aunque las
melodías más antiguas que se nos
han conservado son con
frecuencia posteriores al tiempo
del papa Gregorio Magno.
De particular importancia son
los Ordines (romani), que
indican el modo de celebrar las
acciones sagradas. Los Ordines
que se nos han conservado son
con frecuencia memorias de
peregrinos franco-germánicos,
que anotaron la costumbre romana
que admiraban y la dieron a
conocer en su patria para que
fuera imitada, a veces adaptando
o uniendo la praxis romana a las
tradiciones locales. De todas
formas, algunos de los 50
Ordines Romani [= OR] (según la
numeración y la clasificación de
M. Andrieu) nos ofrecen un
cuadro relativamente fiel de la
liturgia romana del período
clásico, o sea, del pleno
desarrollo, anterior a la fusión
con elementos franco-germánicos.
Esto vale sobre todo para el OR
I, que nos presenta un cuadro
claro de la misa solemne romana
hacia el siglo VII; lo mismo
hace el OR XI para la
celebración del catecumenado y
de la initiatio christiana
(bautismo y confirmación).
El cuadro puede completarse de
manera excelente remitiéndose a
los monumentos del arte
contemporáneo que han llegado
hasta nosotros, es decir, los
edificios eclesiásticos y su
decoración artística. Las
basílicas, exteriormente
grandiosas y sencillas,
presentan en su interior una
atmósfera cálida y festiva, en
la que el pueblo de Dios se
reúne bajo la presidencia del
obispo con su presbiterio para
la celebración comunitaria de la
eucaristía, o sea, de la
liturgia de la palabra y de la
liturgia sacramental propiamente
dicha del memorial del Señor y
del sagrado convite. Hermosos
ejemplos de semejantes
construcciones son, en la misma
Roma, sobre todo Santa Sabina y
-aunque un poco posterior- Santa
María la Mayor; asimismo las
iglesias de Rávena: San Apolinar
Nuevo, San Apolinar en Classe,
San Vital y los dos
baptisterios. Santa María la
Mayor ofrece también un hermoso
ejemplo de representación del
ciclo de la historia sagrada (a
lo largo de las paredes de la
nave central). Es digna de
consideración la imagen del
Cristo de estos siglos,
representado sea en las
prefiguraciones de la historia
de la salvacrón, sea de manera
directa: en la imagen del Cristo
joven, del buen pastor, del
soldado victorioso (Rávena,
capilla arzobispal) y,
finalmente, en el Cristo
barbado, maestro y dominador;
del Pantokrator, por ejemplo, en
los santos Cosme y Damián en
Santa Pudenciana, de Roma, y,
por último, en la figura del
crucificado, como en Santa María
Antigua, también en Roma (y en
las correspondientes
reproducciones, de pequeño
tamaño, como por ejemplo en el
Codex de Rabulas y de Rossano).
El arte cristiano antiguo, que
encontró su lugar en las
basílicas romanas, supo
concretar la victoria del
misterio de Cristo, la síntesis
del mysterium paschale,
utilizando los elementos mejores
de la grandeza (romana) antigua
y de la majestad oriental, y
superando el estilo demasiado
superficial, juguetón e
impresionista del naturalismo
helenista tardío.
En este marco se debe ver la
celebración festiva de los
Missarum Sollemnia, ilustrada y
presupuesta en el OR I. Se trata
del culto practicado por el
obispo de Roma en su catedral en
comunión con todo el pueblo de
Dios y con la utilización de
todos los libros mencionados. Se
subraya que se trata de un culto
comunitario del obispo y del
pueblo. El orden y la sucesión
del conjunto corresponden
todavía a la mejor forma
bíblica. No existen oraciones
privadas (ni, por tanto, tampoco
las oraciones silenciosas del
sacerdote en los escalones del
altar, durante la ofrenda de los
dones, antes y después de la
comunión, añadidas solamente en
el medievo). Únicamente se
encuentra al comienzo un breve
acto de adoración de la
eucaristía (conservada desde la
anterior celebración de la
misa). Por lo demás, toda la
piedad personal se manifiesta en
la celebración simple y genuina
de la gran acción: después del
introitus vienen la oración, las
lecturas, la homilía (por lo
menos todavía en la época de
Gregorio Magno), la ofrenda de
los dones, la plegaria solemne y
la acción de gracias (esto es,
la eucharistia propiamente
dicha) sobre esos dones y el
sagrado convite bajo las dos
especies para todos. Todo ello
con gran sencillez y solemnidad:
herencia apostólica; desarrollo
de la plegaria eucarística
originalmente griega (prefacio y
canon); su adaptación de acuerdo
con el genio latino en la lengua
clásica de la latinidad tardía
cristiana; realización de la
tradición universal en la forma
exterior de la cultura de
entonces; transmisión de
elevados valores espirituales en
una forma externa elocuente.
Naturalmente, la celebración que
acabamos de describir de los
Missarum Sollemnia es el culto
festivo del papa, pero sirve de
modelo a todas las demás
acciones eucarísticas. Con gran
libertad se orientan hacia este
alto modelo en las celebraciones
que los presbyteri realizan en
los tituli (o sea, en las
iglesias parroquiales) de la
ciudad y en reuniones menos
numerosas. Para completar el
cuadro de la liturgia de aquel
tiempo es necesario por lo menos
aludir a la celebración de las
solemnidades: después de la
celebración de la navidad y
epifanía, de las memoriae de los
mártires, y particularmente de
los grandes apóstoles, así como
de las solemnidades de María
Madre de Dios, está la gran
celebración del misterio
pascual, o sea, la celebración
de la vigilia pascual, preparada
por la quadragesima y prolongada
en el tiempo festivo de la
quinquagesima pascual
(pentecostés), que concluye el
día cincuenta con el domingo de
pentecostés.
En este espacio de tiempo
festivo se inserta de manera
elocuente la celebración de la
iniciación cristiana: la
preparación de los catecúmenos
en los cuarenta días anteriores
a la pascua; la administración
de los sacramentos del bautismo,
la confirmación y la primera
plena y real participación en la
eucaristía la noche de pascua,
así como la atención prestada a
los nuevos bautizados en la
semana de pascua y en el
sucesivo tiempo pascual. A esto
se añade la celebración de las
consagraciones (concesión de los
órdenes) sobre todo durante las
cuatro témporas, celebración
consistente en una simple
imposición de las manos y una
oración. Acerca del officium
divinum, la liturgia de las
Horas de aquellos siglos, es
poco lo que sabemos. Propiamente
se trata sólo de las horas
principales, de los laudes
matutinos y ad vesperas, y por
lo menos de las vigilias que
precedían a las grandes
solemnidades principales.
Obviamente, para garantizar la
celebración, los papas debieron
recurrir siempre a pequeños
grupos más celosos, en la
práctica, a monjes. Sus
monasterios se construyeron en
gran número alrededor de las
grandes basílicas, como ha
demostrado G. Ferrari. Esos
monasterios anticipan los
posteriores capítulos de
canónigos de las grandes
basílicas.
Aunque solamente con trabajo se
puede sacar este cuadro de las
fuentes, que describen, no
siempre de manera detallada y
sobre todo no siempre de manera
clara, la situación originaria,
de todas formas los datos bastan
para iluminar -especialmente
confrontándolos con las
liturgias de Oriente y de las
iglesias hispánicas- lo que se
ha llamado justamente "the
genius of the Roman Rite". La
peculiaridad formal de la
liturgia romana puede
caracterizarse más o menos así:
"Una sencillez precisa, sobria,
breve, sin palabrerías, poco
sentimental; una disposición
clara y lúcida; grandeza sagrada
y humana a la vez, espiritual y
de gran valor literario". Pero
es más importante la
peculiaridad teológica presente
en esa liturgia. Se trata en
primer lugar de la clásica
postura fundamental de la
oración en las grandes
plegarias, observada
rigurosamente en aquellos
primerísimos siglos: "Dum ad
altare assistitur, semper ad
Patrem dirigitur oratio", por
medio de Cristo nuestro Señor,
en el Espíritu Santo, según la
formulación de los sínodos
africanos de Hipona del 393 y de
Cartago del 397. Además, es de
gran valor la piedad
eucarística, que se expresa así
en las plegarias romanas: la
ecuaristía es la acción sagrada
que celebra el memorial de la
muerte y resurrección de Cristo,
culmina en la prex eucharistica
(en el canon romano), está
introducida por la oratio super
oblata y por el prefacio, y se
concluye con el Amén de los
fieles. Estos últimos toman
parte en la acción en dos
momentos fundamentales de
carácter procesional: la
presentación de los dones del
pan y del vino, y la
aproximación a la mesa santa
para comulgar bajo las dos
especies. El final es la oratio
post communionem. En esta acción
solemne se cumple el memorial,
que es la presencia del
sacrificio de Cristo, "hostia
pura, sancta, inmaculata, panis
vitae aeternae et calix salutis
perpetuae". El cuerpo y la
sangre de Cristo se reciben "ex
hac altaris participatione".
Todo ello se expresa de una
manera sobria, y manifiesta
claramente la realidad:
"sacramenta caelestia, mysteria,
sancta, remedium, alimonia,
panis, potus, libamen, munus,
pignus". La celebración se
orienta a la adoración de Dios
Padre, pero mediante Jesucristo,
en la representación de su único
sacrificio. Sólo con mucha
discreción se habla de la
adoración del sagrado manjar,
del cuerpo y la sangre de
Cristo, y concretamente -a
excepción del respeto con que
todo se realiza sólo en la
rúbrica del OR I. (n. 49):
"Pontifex, inclinato capite,
salutat sancta", al comienzo de
la celebración. Se trata siempre
de la celebración de toda la
ecclesia, que se reúne para la
statio en un determinado día
litúrgico, y para la celebración
habitual (del domingo) en los
tituli. Y este culto es el culto
divino de la iglesia romana, "in
qua semper apostolicae cathedrae
viguit principatus" (Agustín,
Ep. 43, 7), "in qua immaculata
est semper catholica servata
religio" (papa Hormisdas,
514-523).
VI. LAS TRANSFORMACIONES DE LA
LITURGIA ROMANA
AL ENCONTRARSE CON EL GENIO
FRANCO-GERMÁNICO
Es un dato histórico que la
liturgia romana emigró hacia el
norte, primero en un proceso
casi imperceptible y más bien
casual, y después de manera
consciente. En esa emigración se
adaptó, bajo múltiples aspectos,
a las nuevas situaciones y se
modificó para, a continuación,
cambiada y enriquecida, volver a
Roma como fundamento de la
liturgia romana de la edad
media. Inicialmente fueron
peregrinos de países
franco(galo)-germánicos, llenos
de admiración por el ceremonial,
los edificios y los textos de la
liturgia romana, papal, los que
la dieron a conocer en el norte
con sus narraciones, con sus
esbozos y finalmente con sus
textos. Así, en la práctica, se
acogían los elementos de una
liturgia grandiosa, monumental,
y pese a todo sencilla, al par
que su peculiaridad teológica,
sin renunciar en todo caso al
propio patrimonio, tal y como
todavía se nos ha conservado en
los documentos de la liturgia
galicana antigua (en el Missale
Gothicum, Francorum, Gallicanum
Vetus), caracterizada por una
predilección por el lenguaje
sentimental, cálido, conmovedor,
y por la acción dramática. Un
primer resultado de la fusión de
las dos formas son los
Sacramentaria Gelasiana del s.
VIII, cuya forma original se
elaboró probablemente en
Flavigny hacia la mitad del
siglo bajo Pepino.
Pero la admiración por Roma y la
veneración hacia la iglesia de
San Pedro empujaron todavía más
a los nuevos pueblos.
Repetidamente Carlomagno pide al
papa textos romanos puros. Quizá
le movían también razones
políticas: quería reforzar los
lazos entre las diversas
regiones de su reino occidental
mediante una unificación de la
liturgia, precisamente sobre la
base del modelo romano.
Naturalmente, el sacramentario
puro que le envió el papa
Adriano I "ex bibliotheca
cubiculi", un gregorianum, no
bastaba: ante todo estaba
incompleto, y además no
respondía plenamente a las
nuevas situaciones. Así los
ministros del rey, sobre todo,
según parece, Benito de Aniane,
lo completaron, y explicaron
detalladamente su trabajo en un
prólogo ("Hucusque"). El hecho
es bastante sintomático.
Un patrimonio originalmente
romano, en sí mismo herencia de
los comienzos del siglo V,
elaborado en la Roma papal de
los siglos V al VIII, se adopta
en la capilla palatina del
rey-emperador y sirve no sólo
para Aquisgrán, sino para todo
el país de los francos y en el
imperio de Occidente como base
para una liturgia enriquecida
con elementos indígenas. Lo que
aquí sucedió con el
sacramentario es ejemplo
elocuente del proceso análogo
que afectó a la progresiva
elaboración del Ordo Missae, y
sobre todo a la celebración
concreta de las diferentes
acciones litúrgicas, y
finalmente a los leccionarios y
antifonarios. Nos limitaremos a
mencionar algunos ejemplos
típicos. La nueva liturgia mixta
es más rica que las formas
simples de la antigua liturgia
romana; se añade la espléndida
consagración del cirio pascual,
misas votivas, un gran número de
oraciones más marcadamente
personales, sobre todo oraciones
en las que el sacerdote confiesa
privadamente y en silencio sus
propias culpas y pide perdón
(las llamadas apologías), que
poco a poco van apareciendo al
comienzo de casi todas las
partes de la misa. Muchas
oraciones son de tipo nuevo, se
dirigen preferentemente al mismo
Cristo y no ya, como en la forma
clásica, sólo al Padre mediante
Cristo; además se aprecia una
fuerte conciencia del pecado,
una angustia frente al juicio
inminente. El carácter
comunitario queda marcadamente
en segundo plano; el pueblo
creyente toma parte menos actora
en el culto, con frecuencia es
sólo un espectador mudo de una
liturgia clerical. El sacerdote,
que ahora está casi siempre de
pie en el altar de espaldas al
pueblo, celebra el culto con un
aislamiento mayor y va asumiendo
cada vez más todos los papeles
que hasta ahora se habían
distribuido entre varios
ministros. Por eso le basta con
un solo libro, que contenga todo
lo necesario para la
celebración; de aquí nace el
Missale plenarium, en el que se
recogen a la vez antífonas,
oraciones, lecturas, prefacios,
canon y toda la ordenación de la
misa. De manera semejante se
recogen juntas las rúbricas y
los textos necesarios para el
culto celebrado por el obispo,
primero ampliando más o menos
los Ordines, y finalmente, hacia
el 950, en el monasterio de St.
Alban de Maguncia, todo se
sintetiza en un libro único que
recibe el significativo nombre
de Pontifícale Romano
Germanicum. El monasterio renano
no es el único centro de
semejantes trabajos de
compilación, de adaptación y de
desarrollo de documentos. Algo
parecido sucede en San Gall
(Suiza), en Metz (Lorena), en
Séez (Normandía), en Minden
(Alemania septentrional), etc.
Un elemento importante de la
liturgia modificada es la
multiplicidad de las misas,
prácticamente de carácter
privado con mucha frecuencia, a
pesar de que en un primer
momento se celebren con la
intención clara de imitar en el
ambiente germánico indígena el
ciertamente rico culto
estacional romano.
También en este caso conocemos
en cierta medida, mediante los
monumentos conservados, el
ambiente en que se celebraba la
liturgia. Sobre el modelo romano
o ravenés se construyeron en los
siglos VIII y IX las iglesias de
planta circular de la capilla
palatina de Carlomagno en
Aquisgrán, de San Miguel en
Fulda, de S. Riquier y de
Germigny-des-Prés. También la
construcción alargada de forma
basilical se desarrolla en las
maravillosas iglesias de Korvey
(Corbeia nova, Weser), de San
Ciriaco en Gernrode, de San Rémy
en Reims; formas más sencillas
encontramos en las iglesias
románicas de Cataluña y, por
ejemplo, en San Miguel de Pavía,
hasta que en el estilo románico
antiguo surjan edificios
imponentes como el de S. Benoit
(Fleury)-sur-Loire que pretenden
presentar en la poderosa y
torreada fachada exterior el
misterio de Cristo, hasta ahora
completamente escondido en el
interior de la iglesia (ejemplos
clásicos posteriores serán la
iglesia abacial de Cluny y las
catedrales renanas, así como,
aunque de manera diversa, las
iglesias románicas de Colonia o
el arte románico-bizantino de
Sicilia). Esas iglesias de arte
románico unen de manera feliz
"lo estático con lo dinámico, la
línea horizontal y la vertical,
la perfección de la armonía,
simple y monumental, con el
vitalismo voluntarista y ético
de los pueblos franco-germánicos
..., en un conflictivo
creativo..., con una belleza
específica, llena de tensiones,
a veces trágicas... Encontramos
el mismo fenómeno en las formas
de la liturgia de esa época: el
genio (el éthos) nuevo, un
componente de individualismo
voluntarista, exige y encuentra
la manera de entrar en las
formas transmitidas por Roma.
Reconoce... el primado de estas
formas y mediante esta sumisión
crea la liturgia, la piedad, la
cultura cristiana de estos
siglos, que así se acercan a la
meta suprema de la síntesis
propia de los siglos XII y
XIII…".
VII. TRANSFORMACIONES,
DESARROLLOS, REFORMAS
1.LA LITURGIA DE LA CURIA.
Todo el material elaborado en
este proceso de transformación
durante siglos e introducido y
aceptado en la celebración
cultual necesitaba una ulterior
maduración y codificación para
poder convertirse en la base de
la celebración litúrgica de los
siglos sucesivos. Nuevamente
esto sucedió mediante un acto de
Roma y su irradiación, sobre
todo por obra de la joven orden
franciscana. La liturgia del
período romano clásico y la
franco-germánica de los
monasterios y catedrales era
demasiado rica para poder llegar
a ser patrimonio común.
Es un mérito del clero de la
curia romana de los siglos XII y
XIII el haberla adaptado y hecho
prácticamente accesible incluso
a comunidades más pequeñas,
sobre todo parroquiales. Este
necesitaba esa simplificación
para su propio culto, todavía
comunitario siempre, durante las
numerosas peregrinaciones de la
corte romana. El resultado fue
la liturgia de la curia romana,
consistente en un Misal, un
Breviario y un Pontifical (para
el Breviarium, cf P. Salmon,
L'Office divin au moyenáge,
París 1967~ 143-170 para el
Pontificale, cf la ed. de M.
Andrieu, Ciudad del Vaticano
1940).
La joven comunidad de hermanos
de san Francisco de Asís deseosa
de celebrar la misa y el oficio
divino "secundum ordinem sanctae
romance ecclesiae" (Regula II),
adoptó esa liturgia. Aimón de
Faversham, ministro general de
la orden (1240-44), reelaboró
posteriormente todo ello y lo
hizo más practicable. Así, una
vez revisada, esa liturgia,
usada por sus hermanos, se
difundió por todo el Occidente.
Frente a la gran multiformidad
de las liturgias, que habían
conocido una auténtica
uniformidad solamente en el
ámbito de las grandes
comunidades religiosas (Cluny,
Prémontré, Citeaux y luego sobre
todo entre los dominicos) y en
asociaciones metropolitanas
menores, esto significó un paso
importante hacia la uniformidad
centralizada de la liturgia
occidental, que tiene su fuente
en un patrimonio romano,
arrastrado por la fuerza
revolucionaria de la orden
franciscana. Naturalmente, la
difusión manuscrita -la única
que existía antes de la
invención de la imprenta- siguió
ofreciendo la posibilidad de
continuos cambios y
enriquecimientos nuevos. Pero el
núcleo fundamental y la actitud
espiritual siguieron siendo
comunes.
Solamente el Pontifical fue
modificado por el trabajo de
Guillermo Durando, obispo de
Mende (Francia), en 1285 y
modificado de una manera típica
de todo el proceso: un libro
romano (que a su vez era la
reelaboración romana del
Pontifícale Romano- Germanicum
de Maguncia) se adaptó a las
exigencias de un obispo que
vivía fuera de Roma, con la
utilización de costumbres
propias no romanas. Andrieu lo
ha caracterizado de manera
excelente: el trabajo de
Durando, "católico por su
extensión, lo será también por
su composición íntima". La
liturgia descrita en este libro
muestra con claridad cuáles son
las ideas directivas y la
mentalidad de fondo, sobre las
que se formó la sociedad
cristiana medieval: comunidad de
fieles ordenada jerárquicamente,
capaz de asegurar la salvación
de todos sus miembros ordenados
en torno al obispo, que tiene el
poder de instituir al clero y de
santificar a los laicos, e
incluso de consagrar al mismo
emperador, los reyes y los
caballeros: todo esto en tiempos
y lugares sagrados. Se trata, en
definitiva, de la liturgia
pública celebrada por toda la
cristiandad en las catedrales,
en los monasterios y en las
iglesias parroquiales de los
siglos XIII y XIV.
Todo esto encierra muchos
aspectos positivos. La
celebración litúrgica es el
elemento central de un período
vitalísimo, el siglo XII con
Bernardo de Claraval, Abelardo,
el "Duecento" verdaderamente
grande con Francisco de Asís,
Domingo y maestros como Giotto.
Pese a todas las variaciones en
los detalles, el Ordo Missae
toma una firme estructura,
testimoniada, v.gr., por el Ordo
officiorum ecclesiae
lateranensis (mitad del siglo
XII). De todas formas, todavía
afloran aspectos nuevos, como el
que subraya la presencia
eucarística del cuerpo del Señor
(tras la controversia con
Berengario y la clarificación
del concepto de
transubstanciación). Al comienzo
del s. XII se inicia la
costumbre de la elevación de la
hostia después de la
consagración; participan en el
culto, pero con frecuencia
centran su interés en; aumenta
la distancia entre el sacerdote
y los fieles. Se multiplican las
celebraciones de misas, sobre
todo en privado. En el
calendario se asumen nuevas
fiestas: la de la Santísima
Trinidad y del Corpus Christi.
Está claro que la ordenación de
las nuevas formas de piedad
basadas en tradiciones
inmemoriales implica que éstas
se inserten en el gran complejo
del culto eclesial (es muy
interesante el análisis
pormenorizado de todo el Ordo
Misae, así como ver de donde y
cuando nace cada oración
concreta).
Sin embargo, por otra parte,
todo esto se desarrolla
lentamente, asumiendo
proporciones notables sólo hacia
el final del medievo, en el
llamado "otoño de la edad
media". Expresión de ello, en
sus aspectos positivos y
negativos, es el arte
contemporáneo, que por un lado
nos muestra catedrales,
monasterios, pinturas y
esculturas grandiosas, y por
otro una articulación cada vez
mayor de las iglesias en
capillas con muchos altares y
una tendencia historizante en
las representaciones de la
historia sagrada, con sus
acentuaciones del lado humano en
la representación de Cristo y de
los acontecimientos de la
historia de la salvación.
2. EL BREVIARIO DE QUIÑONES.
El cardenal Fr. Quiñones, OFM,
es quizá el representante más
típico de la situación litúrgica
en la primera mitad del siglo
XVI. La evolución ha llevado a
tomar cada vez mayor conciencia
de las debilidades y defectos de
la liturgia y a la petición, de
reformas, que, sin embargo, se
realizan con un espíritu de
individualismo y de
privatización cada vez mayores.
En este sentido debe valorarse
la importante labor del card.
Quiñones, el Breviarium S.
Crucis (llamado así por la
iglesia titular de su autor.).
Reduce la extensión de la
recitación a proporciones
razonables y practicables,
insiste repetidamente en la
recitación regular de todo el
salterio y presenta en una buena
subdivisión toda la Sagrada
Escritura, renunciando a
lecturas discutibles de textos
legendarios. Y todo ello de una
manera, sin embargo, que
convierte el breviario en un
libro para que lo lea el orante
particular, renunciando a la
oración comunitaria (que se
había hecho demasiado pesada y
larga).
Junto al cardenal aparecen otras
figuras que, hacia finales del
siglo XV y comienzos del XVI,
emprenden a su manera una
reforma de la liturgia en el
sentido de las aspiraciones
generales de una reforma "in
capite et membris", tal y como
se expresan a partir del
concilio de Constanza (año
1415). En sínodos de 1453 y
1455, Nicolás Cusano pide que se
sometan a comprobación los
misales según un ejemplar
normativo. Obispos particulares
como G. M. Giberti de Verona y
otros de Francia y de Renania
emprenden una reforma en sus
respectivas jurisdicciones. El
maestro de ceremonias de la
corte de un papa como Alejandro
VI nos da incluso una amplia
descripción del modo de celebrar
la misa, naturalmente la misa
privada y rezada en voz baja. En
qué medida deseaban los mejores
humanistas de la época una
reforma del culto y de los
libros cultuales lo advertimos a
partir del Libellus supplex, que
los nobles venecianos (después
monjes camaldulenses) V. Quirini
y T. Giustiniani dedicaron a
León X en 1513-15. Sin embargo,
todo esto quedó como episodios
fragmentarios, hasta que la
acción revolucionaria emprendida
por el monje agustino de
Wittenberg Martín Lutero, con
sus reformas radicales, obligó
también a la gran iglesia a
poner mano a una reforma real
cimentada en la Tradición.
3. DE TRENTO Y LA CODIFICACIÓN
DE PÍO V.
Las reformas litúrgicas de
Martín Lutero y de sus
contemporáneos contenían
indudablemente importantes
elementos de la liturgia de
siempre, pero contenían muchos
más elementos inventados,
sacados de contexto, de
invención,… Pero lo que si es
del todo cierto es que los
reformadores protestantes
eliminaron demasiadas cosas del
genuino patrimonio de la
tradición y, al par que la unión
con la gran iglesia, perdieron
también el camino de acceso al
tesoro hereditario de los
orígenes apostólicos (cf el
juicio de equilibrados
historiadores de la liturgia de
confesión protestante). La
verdadera reforma decisiva fue
misión del concilio de Trento:
superación de las doctrinas
erróneas e inauguración de una
auténtica reforma basada siempre
en la Tradición. Esta afectó
también y precisamente al ámbito
litúrgico. Tomó nota de la
situación, decidió cambiarla,
redactó un "catalogus abusuum" y
dio también algunos pasos
efectivos, por ejemplo
prohibiendo el Breviarium S.
Crucis de Quiñones (porque
correspondía poco al carácter
tradicional de la oración
comunitaria) y promulgando el
decreto "de observandis et
vitandis in celebratione
Missarum". Sin embargo, el
concilio no podía cargar sobre
sí la tarea de poner en práctica
las reformas concretas, y se lo
encargó solemnemente al papa,
"ut eius iudicio atque
auctoritate terminetur et
vulgetur".
Con una mirada retrospectiva
podemos ahora caracterizar así
su programa de reforma: "El
concilio ha querido llevar a
cabo una reforma litúrgica -para
superar el estado caótico de la
liturgia- en continuidad con la
tradición, en sentido
crítico-histórico; a saber:
eliminando las añadiduras
posteriores, devolviendo la
precedencia a las partes de
tempore, disminuyendo las
fiestas de santos y las misas
votivas, buscando una mayor
uniformidad, abreviando
razonablemente, componiendo en
fidelidad absoluta a la
tradición un Ordo Missae con
rúbricas obligatorias para
todos. Es un título de gloria de
los papas postridentinos haber
puesto mano con energía a la
reforma querida por el concilio
también en el campo litúrgico y
haberla llevado a la práctica en
un tiempo relativamente breve:
el Breviarium Romanum en 1568,
el Missale Romanum en 1570, por
obra de san Pío V; el
Pontiftcale Romanum en 1596, el
Caeremoniale Episcoporum en
1600, por obra de Clemente VIII;
el Rituale Romanum en 1614, por
obra de Paulo V; la Sacra
Congregatio sacrorum Rituum,
fundada en 1588 por Sixto V para
asegurar la obra de la reforma.
En las bulas introductorias Quod
a nobis, de 1568, y Quo primum
Tempore (Bula de muy interesante
lectura para centrar el tema),
de 1570, Pío V expresó
claramente la intención de la
reforma: la reforma de la
alabanza divina y de la misa se
reordena y reconduce "ad
pristinam orandi regulam", "ad
pristinam... sanctorum Patrum
normam ac ritum" para toda la
iglesia y para uso perpetuo.
Quedan libres de adoptar la
nueva norma vinculante sólo
aquellas iglesias que desde
doscientos años antes posean una
forma propia (Sobre todo las
Iglesias Orientales). Para
alcanzar esta finalidad se
sirvieron de manuscritos del
Vaticano y de otras bibliotecas,
esperando así renovar la forma
original, tal y como había sido
"praesertim Gelasio ac Gregorio
I constituta, a Gregorio VII
reformata", mientras que las
épocas posteriores se habían ido
alejando de ella. Se eliminaron
los desarrollos indebidos, se
pasaron por el tamiz y se
restablecieron todas las partes,
especialmente de la misa,
tomando prácticamente como base
el Missale secundum usum Curiae
del s. XIII y en la forma de su
tradición romano-italiana, tal y
como aparecía en la primera
edición impresa de 1474. Sin
embargo, en el conjunto no se
llegó más allá de Gregorio VII,
y, por tanto, no se restableció
el antiguo rito romano, sino
solamente su forma mixta, el
rito romano-franco-germánico del
medievo. Se le podó de múltiples
añadiduras, por ejemplo de las
secuencias dominicales, y se le
mejoró con una mayor rigidez en
el calendario. Pero como base de
la liturgia de la iglesia
universal se estableció para los
sucesivos cuatrocientos años una
de sus múltiples variedades
(ciertamente una de las
mejores), o sea, la liturgia de
la curia.
Aunque se tratara de una forma
mixta medieval, en su núcleo
encerraba el patrimonio esencial
de la antigua liturgia romana y
se convirtió en una fuente de
vida espiritual. Por otra parte,
junto a los méritos, debemos ver
también sus límites, inevitables
en la difícil situación de
entonces. (recomendamos otros
tantos textos que centran toda
la historia de esta codificación
de San Pío V, ya que aquí nos es
imposible el incluirlos).
4. LA REFORMA INSPIRADA EN EL
/MOVIMIENTO LITÚRGICO.
Se trata de un proceso cultural
y espiritual complejo, de
amplísimo alcance. En sus
primeros momentos, a través de
la obra de dom Próspero
Guéranguer (con su producción
literaria L’ anée liturgique e
Institutions liturgiques y con
su batalla contra la liturgia
neogalicana a favor de la
liturgia romana, el movimiento
litúrgico se basa en las
intenciones más profundas de Pío
V acerca de la liturgia, que
desarrolla y que, a través de
Pío X, y la Mediator Dei, de Pío
XII.
a) Pío X. En el arranque de esta
imponente línea de desarrollo
está seguramente el trabajo de
varios centros del siglo XIX:
Solesmes, con Guéranger; Beuron,
con M. y PI. Wolter; el Vat. I,
con sus estímulos a la
renovación y profundización de
la vida eclesial bajo la guía
del papado; el florecimiento de
una renovada teología (de la
escuela romana y de la escuela
de Tubinga); los intentos de
renovación de la música sagrada,
sobre todo en el marco del
movimiento ceciliano con el
congreso de Arezzo (1882), y los
esfuerzos del card. José Sarto
(Pío X). Pero como arranque del
verdadero movimiento litúrgico
de esta época se debe considerar
el primer decenio del siglo XX.
Su fundamento -aunque no se le
diera de inmediato tal
importancia- fueron sin duda las
palabras programáticas de Pío X
(por tanto, precisamente del
card. Sarto) en su motu proprio
del 22 de noviembre de 1903
sobre la restauración de la
música sagrada, Tra le
sollecitudini: "Siendo... un
vivísimo deseo nuestro que
florezca nuevamente de todas las
maneras posibles el verdadero
espíritu cristiano..., es
necesario antes que nada atender
a la santidad y dignidad del
templo, donde se reúnen
precisamente los fieles para
beber ese espíritu de su primera
e indispensable fuente, que es
la participación activa en los
sacrosantos misterios y en la
oración pública y solemne de la
iglesia". Esta importante
declaración no tuvo
consecuencias inmediatas. Los
decretos sobre la comunión
promulgados por el papa
inmediatamente después
aumentaron la frecuencia de la
comunión eucarística, pero sin
una conexión directa con la
liturgia de la misa, pese a
haber desempeñado la necesaria
función de abrir caminos.
b) Malinas/ L. Beauduin. El
auténtico comienzo de aquel
movimiento que en 1956 Pío XII
definirá "como un paso del
Espíritu Santo por su iglesia
"41 se ve en el impulso que da
el congreso de Malinas de 1909,
con el inflamado discurso de dom
Lamberto Beauduin y con la
actividad litúrgico-pastoral de
las abadías belgas puestas en
movimiento por este
acontecimiento. Debemos
limitarnos a indicar brevemente
los datos que revelan la
amplitud del movimiento:
Lovaina/ Mont César; M.
Festugiére, con su ensayo sobre
La liturgie cathlique de 1913,
en el que ilustra de manera
incluso revolucionaria cuán gran
fuente de energía espiritual es
la liturgia correctamente
celebrada; Maria Laach, en los
años 1913-14 y 1918 y
siguientes, con su actividad en
el mundo de los estudiantes y
con sus colecciones en parte
divulgativas, en parte
rigurosamente científicas:
Ecclesia Orans,
Liturgiegeschichtliche Quellen
und Forschungen y Jahrbuch für
Lit. Wiss, de O. Casel a partir
de 1921; Pius Parsch en Austria,
con su actividad litúrgica
popular; la "Rivista liturgica"
de Finalpia, a partir de 1914;
1. Schuster y su Liber
sacramentorum; los salesianos
E.M. Vismara y don Grosso, así
como muchos otros. Todos estos
intentos tendían a valorar y a
aprovechar las fuentes de la
piedad auténtica descubiertas en
la liturgia romana, precisamente
en una atmósfera de rigurosa
centralización y sumisión a la
norma de la iglesia de Roma.
Bastaba con abrir los libros
romanos y celebrar la liturgia
de acuerdo con ellos para
descubrir "el fundamento
objetivo de la construcción
individual de la propia vida
religiosa". Se centraban sobre
todo en la recta celebración del
sacrificio de la misa, pero
también en la celebración de los
demás sacramentos, de la
liturgia de las Horas y del año
litúrgico. Se fijaron como meta
concelebrar la liturgia no sólo
como individuos aislados, sino
como comunidad, y participar en
la acción salvífica de Cristo
por la concelebración de las
acciones sagradas.
Se forma así una nueva
conciencia de la iglesia; la
iglesia se hace viva en el alma
de los fieles" sobre todo cuando
éstos se encuen¿ran reunidos en
torno al altar como iglesia
local. Se dan cuenta de que
todos los bautizados están
llamados, como sujetos de un
sacerdocio universal y bajo la
guía del sacerdote ordenado
celebrante, a "celebrar" el
culto en una acción sagrada que
tiene un sentido, es simbólica
sacramental. Esto tiene lugar
cuando nos conformamos a Cristo
y a su acción salvífica, por
medio de Cristo nuestro Señor,
no sólo en el recogimiento mudo
y adorante de la oración ante el
sagrario, sino sobre todo en la
participación activa en la
acción sagrada, cuando el
acontecimiento salvífico se nos
hace presente y engloba en sí
mismo a nosotros y nuestro
camino en Cristo hacia el Padre,
para alabanza de su gloria y
para salvación nuestra. Punto
central de todos los esfuerzos
es la celebración de la misa,
sobre todo en la forma de misa
recitada, dialogada, de la misa
comunitaria. El ideal es y sigue
siendo la adhesión fiel a las
normas oficiales de la liturgia
romana. En un primer momento,
pues, no se necesitan formas
nuevas, y se limitan a dejar de
lado, con una actitud cada vez
más crítica, las menos válidas,
como la misa ante el Santísimo
expuesto o la exuberante
abundancia de misas de negro o
de difuntos. Las iniciativas
positivas son más numerosas:
predilección por la liturgia de
ea, sobre todo durante la
cuaresma; recitación comunitaria
de completas y de otras horas, a
ser posible en el momento
debido; en los límites de lo
posible, la comunión en cada
misa, pero con hostias "ex hac
altaris participatione", etc. De
semejante actitud crítica brota,
con el paso de los años, también
el deseo de ver cambiadas
algunas cosas no tan perfectas.
c) Pío XII "Mediator Dei" y
vigilia pascual. Las reacciones
que desencadena esta nueva
actitud conducen, hacia 1938-39,
a una crisis, que provocará la
intervención de Pío XII con la
encíclica Mediator Dei, de 1947,
en la que el papa pone en
guardia contra desviaciones y
exageraciones, pero a la vez
reconoce expresamente las
instancias auténticas del
movimiento litúrgico. Sin duda
el punto culminante de su
intervención es el encargo
confiado en 1948 a la
Congregación de ritos de
preparar una reforma general de
la liturgia, encargo que dará su
primer fruto con la
reintroducción de la vigilia
pascual y la reforma de la
semana santa, establecidas por
el decreto Maxima redemplionis
mysteria, de 1955 11. Así se
abría el camino que, a través de
numerosos congresos
internacionales de estudiosos y
expertos en liturgia (a partir
de 1951) y sobre todo a través
del congreso litúrgico pastoral
de Asís de 1956 y el congreso
eucarístico de Munich de 1960,
llevaría al concilio Vat. Il.
d) El Vat. 11.- SC y reforma
posconciliar. El concilio y todo
su programa de reforma son
mérito de la valiente
iniciativa, verdaderamente bajo
la guía del Espíritu Santo, de
Juan XXIII. Fue providencial que
el primer documento conciliar
fuera la constitución litúrgica
Sacrosanctum Concilium. En ella
encontramos frecuentemente de
manera programática la finalidad
última de la reforma conciliar e
indicado el camino hacia ella:
el concilio se interesa
especialmente por la reforma e
incremento de la liturgia porque
se propone ,,acrecentar de día
en día entre los fieles la vida
cristiana, adaptar mejor a las
necesidades de nuestro tiempo
las instituciones que están
sujetas a cambio..." (SC l). El
hecho de que comenzara por la
constitución sobre la liturgia
fue sintomático: sobre todo
porque la glorificación de Dios
y la comunicación de la
salvación en Cristo a los
hombres deben constituir siempre
el fin primordial de la iglesia;
luego -last, not least- porque
el programa expresado en la
constitución litúrgica era el
fruto precioso del trabajo de
todo un siglo del movimiento
litúrgico, correspondía al deseo
de los mejores miembros de la
iglesia y estaba apoyado por el
trabajo conjunto de los
liturgistas de toda la iglesia.
El concilio votó la constitución
el 4 de diciembre de 1963, con
2.147 placet y cuatro non
placet, y Pablo VI la aprobó.
Esta finalmente hacía lo que se
debería haber hecho hacia el
final de la edad media, pero que
el concilio de Trento no pudo
realizar por falta de tiempo y
por el precipitarse de los
acontecimientos: clarificaciones
de fondo sobre lo que es la
liturgia como culto de la
iglesia, como adoración del
Padre en espíritu y verdad, como
celebración memorial de la obra
salvífica de Cristo; indicación
de las normas directivas de una
reforma real, para perseguir
finalmente -pidiendo otra vez
para ello la intervención del
papa, pero con medios mejores
que entonces la meta valiente
que Pío V se había propuesto, es
decir, la renovación de la
liturgia "ad pristinam normam
Patrum" (bula Quo primum, de
1570), llevando a cabo al mismo
tiempo una genuina actualización
según las necesidades de
nuestros días.
La constitución sobre la
liturgia expone en un primer
capítulo los "principios
generales para la reforma y
fomento de la sagrada liturgia".
En primer lugar ilustra 1,a
naturaleza y la importancia de
la liturgia misma. Esta se halla
dentro de la realización del
proyecto salvífico de Dios para
nuestra redención y para la
adoración del Padre, que el Hijo
encarnado de Dios, Jesucristo,
ha actuado sobre todo mediante
el misterio pascual de su pasión
y glorificación. La iglesia debe
proclamar y actualizar esta obra
salvífica precisamente en la
liturgia, en la que "opus
nostrae redemptionis exercetur"
(SC 2). Para ello Cristo está
siempre presente en su iglesia,
por lo cual toda celebración
litúrgica "es acción sagrada por
excelencia, cuya eficacia... no
la iguala ninguna otra acción de
la iglesia" (SC 7). La acción de
la iglesia no se agota
obviamente en la liturgia,
aunque ésta, de todas formas,
sigue siendo cumbre y fuente (SC
10). Fin de toda la actividad
litúrgica es "aquella
participación plena, consciente
y activa en las celebraciones
litúrgicas" a la que los fieles
están llamados y capacitados por
el bautismo (SC 14). Para
alcanzar esta finalidad, es
necesario efectuar una reforma
con fidelidad a. la "sana
tradición", pero con espíritu
abierto a un "progreso legítimo"
(SC 23); una reforma que siempre
debe estar preparada y
acompañada por estudios
profundos, por la atención al
verdadero espíritu de la
liturgia y por prudencia
pastoral (ib). En este trabajo,
evidentemente, es necesario
tener en cuenta el carácter
comunitario del culto cristiano
(SC 26; 41s). Desde luego son
posibles eventuales cambios y
adaptaciones a las iglesias
locales; la iglesia ya no impone
"una rígida uniformidad", aunque
todas las decisiones deben
llevar el sello de la autoridad
episcopal y de la autoridad
papal (SC 37; 32; 43ss).
A estas explicaciones de
carácter general, aunque
extraordinariamente importantes,
siguen las directrices que se
refieren a las diferentes partes
de la liturgia. Por lo que
concierne al sacrificio de la
misa, son de suma importancia la
insistencia sobre la
proclamación de la palabra de
Dios también en lengua vernácula
en la misa, la concesión de la
comunión bajo las dos especies y
el restablecimiento de una
genuina / "concelebración" (SC
47-58); en cuanto a los demás
sacramentos, merecen mención
especial la renovación de la
liturgia bautismal y sobre todo
la restauración de un
"catecumenado... dividido en
distintas etapas" (SC 64);
acerca de la liturgia de las
horas hay que destacar la
acentuación de las horae
cardinales (SC 89), del carácter
comunitario y de la "veritas
temporis" (SC 99 y 88, 94); la
recitación del salterio,
distribuida durante un ciclo más
largo que el de una semana (SC
91); la posibilidad de recitarlo
en lengua vulgar (SC 101); el
reordenamiento del sistema de
lecturas (SC 92).
El capítulo relativo al año
litúrgico subraya ¡a posición
central de la fiesta de pascua y
del domingo, y sobre todo la
preeminencia de la liturgia "de
tempore" sobre las fiestas de
santos, que han de ser
reorganizadas (SC 102-11 l).
Finalmente, siguen algunas
disposiciones sobre "la música
sagrada" (1112-121) y sobre "el
arte y los objetos sagrados"
(122130), así como (en apéndice)
una declaración (le
disponibilidad por parte de la
iglesia para establecer, en
diálogo con los "hermanos
separados", "la fijación de la
fiesta de pascua en un domingo
determinado... del calendario
gregoriano".
Todo lo que se ha dicho en la
constitución SC es sumamente
valioso,,. Pero en ella se han
querido limitar expresamente a
las directrices generales y a
las primeras realizaciones más
importantes. La auténtica
reforma debía ser nuevamente
tarea del papa. Pablo VI puso
rápidamente manos a la obra,
instituyendo con el motu proprio
Sacram liturgiam, de enero de
1964, el "Consilium ad
exsequendam Constitutionem de s.
Liturgia" compuesto por 30-40
cardenales y obispos de toda la
iglesia, la mitad nombrados por
el papa y la otra mitad
designados por las conferencias
episcopales. Se puso a su
disposición casi doscientos
colaboradores (consultores y
consejeros). Con un trabajo
cuidadoso, reuniones de
comisiones celebradas en
diferentes lugares de Europa,
más de una sesión anual de
obispos y cardenales, consultas
y experimentos prácticos, el
ingente trabajo de la reforma
posconciliar se llevó a cabo en
un período de quince años. Se
trata de una reforma de
proporciones desconocidas antes
de ahora: reestructuración de
casi todos los ritos y
composición de los textos
correspondientes en lengua
latina. Fue luego tarea de las
conferencias episcopales de las
diferentes áreas lingüísticas
traducir esos libros a la propia
lengua y, eventualmente, adaptar
los ritos a situaciones
diversas, naturalmente
sometiendo el resultado final a
la aprobación definitiva de la
Sede Apostólica. Ahora la
reforma (con la publicación del
Caeremoniale episcoporum, 1984)
puede considerarse concluida
sustancialmente al más alto
nivel. Todavía queda por
efectuar aquí o allá la
traducción de los textos a las
diferentes lenguas vernáculas y
esperar que las iglesias
particulares, sus sacerdotes y
sus fieles, asimilen y se
apropien interiormente de toda
la obra. Los protagonistas y los
responsables de la reforma
-concilio, papa y el consilium
encargado por él- eran
perfectamente conscientes de lo
extraordinario de la tarea y de
las chances que tenía, y han
hecho todo lo posible por
aprovecharlas: de aquí ha
resultado una reforma de alcance
verdaderamente histórico.
Salvando el núcleo esencial
establecido por Cristo y los
apóstoles, han tratado de volver
a las formas originales de la
liturgia romana clásica y de
tener en cuenta a la vez la
situación actual.
De esta manera ciertamente ha
terminado la época de aquella
liturgia romana que era una
adaptación franco-germánica a
las condiciones medievales, sin
que por ello se deba renunciar a
los valores permanentes que
habían introducido esas formas
medievales. Tan ambiciosa meta
se ha alcanzado sustancialmente,
aunque la obra, fruto siempre
del trabajo humano, no es
perfecta al ciento por ciento.
Las intenciones del consilium
encargado de la reforma se
expresaron claramente, sobre
todo en las diversas
instrucciones públicas de los
competentes dicasterios romanos:
Inter oecumenici, de 1964, con
las primeras disposiciones
concretas; Tres abhinc annos, de
1967, con más indicaciones
concretas; Eucharisticum
mysterium, de 1967, que hace
importantes afirmaciones sobre
la naturaleza teológica de la
celebración eucarística y de la
piedad eucarística en general;
Liturgicae instaurationes, de
1970, que fija sobre todo
algunos límites necesarios
frente a excesos y posibles
desarrollos equivocados. Es
importante la afirmación
contenida ya en la primera
instrucción, Inter oecumenici:
"...Ante todo es conveniente que
todos se convenzan de que la
constitución del concilio Vat.
II sobre sagrada liturgia no
tiene como finalidad cambiar
sólo los ritos y los textos
litúrgicos, sino más bien
suscitar en los fieles una
formación y promover una acción
pastoral que tenga como punto
culminante y fuente inspiradora
la sagrada liturgia" [5]. "El
esfuerzo de esta acción pastoral
centrada en la liturgia ha de
tender a hacer vivir el misterio
pascua¡... (ut mysterium
paschale vivendo exprimatur)"
[6]. La actualización del
misterio pascual de Cristo: he
aquí la finalidad última a la
que se orientan los nuevos
libros litúrgicos y las
correspondientes acciones
sagradas.
Para esto sirve la reordenación
del año litúrgico, tal y como
nos la ilustra el pequeño
documento Calendarium Romanum,
de 1969; el nuevo Missale
Romanum, de 1969-70, y la nueva
Liturgia Horarum, de 1970-71. El
punto más central es la
celebración del triduo pascual
con su respectiva vigilia,
seguido del "tiempo de cincuenta
días", que se cierra con el
domingo de pentecostés, cuya
octava se suprime; esa
celebración se prepara con el
"tiempo de cuarenta días" de
ayuno, de penitencia y de
preparación a los sacramentos
pascuales, con la supresión de
los domingos de septuagésima. La
celebración pascual se prolonga
a lo largo del año (per annum)
en 34 domingos. El comienzo del
año está marcado, con el
adviento, la navidad y la
epifanía, por el tiempo de la
"manifestatio Domini", o sea,
por la celebración de su venida:
de la encarnación del Hijo de
Dios en la tierra y de su vuelta
gloriosa. Las fiestas de los
santos deben subordinarse a las
celebraciones "de tempore"'. Una
gradación inteligente y práctica
de las fiestas (solemnidad,
fiesta, memorias de diversos
tipos) permite celebrar a los
santos sin grandes dificultades,
máxime cuando solamente son
obligatorias las fiestas de
aquellos santos que son
importantes para toda la
iglesia, mientras que se deja a
las iglesias locales la
celebración de aquellos santos a
los que ellas están unidas de
manera especial. En el marco de
este calendario anual, todos
están invitados a participar
activamente en la celebración
comunitaria del sacrificio
eucarístico y, dentro de lo
posible, y desde luego al menos
como principio, también en la
celebración de la liturgia de
las Horas, que ha sido
reestructurada de manera que sea
viable también para los laicos,
para grupos de laicos y sobre
todo para la comunidad familiar.
Estas acciones cultuales
principales contienen la mayor
parte del patrimonio tradicional
de oración de la iglesia romana,
de manera que todos los fieles
pueden oír, en los domingos de
los tres años (A, B y C) en que
se subdividen las lecturas, todo
el NT y las partes esenciales
del AT. Un gran número de
oraciones tomadas de los
antiguos sacramentarios romanos,
numerosos prefacios y, junto al
canon romano, otras plegarias
eucarísticas compuestas según el
espíritu de la antigua liturgia
romana y de las plegarias
eucarísticas de las iglesias
orientales, ofrecen ulteriores
riquezas de la antigua tradición
clásica. La liturgia de las
Horas -reducida a proporciones
practicables, sobre todo con la
subdivisión del salterio en
cuatro semanas y una repartición
de las horas más razonable, de
manera que, rezadas
efectivamente en el tiempo
debido, puedan santificar las
horas del día está enriquecida
con numerosas lecturas breves de
la Sagrada Escritura durante las
horas diurnas y con una buena
subdivisión de las lecturas
bíblicas en el oficio de
lectura, en sintonía con el
orden de las lecturas de la
misa. Además, en particular, las
llamadas lecturas de los padres
se han elegido de manera que
ofrezcan lo mejor de los
escritores espirituales de-todos
los siglos, dejando a salvo la
facultad de las conferencias
episcopales de añadir también
lecturas de autores recientes de
su propia área lingüística (por
ejemplo, Newman, Marmion,
Schuster, Guardini, etcétera).
De manera semejante se ha
ordenado y enriquecido la
celebración de los sacramentos:
de la "initiatio" (el conjunto
unitario formado por el
bautismo, la confirmación y la
primera participación activa en
la eucaristía), de la
penitencia, de la unción de los
enfermos, del matrimonio y del
orden jerárquico (con
acentuación de los grados
clásicos del diaconado,
presbiterado y episcopado).
Finalmente, se han reordenado
las celebraciones que pertenecen
al campo de los sacramentales;
pero que no son menos
importantes para la vida
eclesial y cristiana en general
la consagración de la iglesia,
los ritos de la vida religiosa
(que alcanzan su vértice en la
profesión religiosa solemne y en
la consagración de las
vírgenes), así como la
consagración M abad y de la
abadesa.
Con una reforma tan amplia se ha
ofrecido la posibilidad de
celebrar comunitariamente la
acción salvífica pascua¡ de
Cristo (muerte y resurrección
del Señor), y así hacer de ella
realmente la cumbre y la fuente
de la vida cristiana en el
seguimiento del Señor y en la
conformación a él. Es misión de
las iglesias locales -con la
tarea en verdad difícil de la
traducción de los textos latinos
oficiales a cada una de las
diferentes lenguas particulares-
celebrar y realizar todo esto de
manera que mysterium paschale
vivendo exprimatur, para
alabanza de la gloria de Dios,
para salvación de todos los que
creen, como testimonio de la
esperanza en la venida del
Señor. Así la vida cristiana se
plasmará a partir de la
liturgia, "por cuyo medio Opus
nostrae salutis exercetur, sobre
todo en el divino sacrificio de
la eucaristía", de manera que
"los fieles expresen en su vida
y manifiesten a los demás el
misterio de Cristo" (SC 2).