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La Santa Misa
Instrucciones sobre La Santa Misa
I. – Preliminares
1.º – En el Templo podemos ver representado el monte Calvario
y en el Altar la Cruz en la cual el Hijo de Dios obró nuestra
Redención.
2.º – El Sacerdote. – Arrodillado ante el Sagrario, recuerda
a Jesús orando en el Huerto. El Sacerdote, después de orar, se
reviste de ornamentos sagrados, para mejor asemejarse al Sumo
Sacerdote y Jesucristo.
3.º – Los Ornamentos Sagrados
son: El amito, el alba, el
cíngulo, el manípulo, la estola y la casulla. El significado
espiritual es como sigue:
El Amito
significa el yelmo de la salud contra
las sugestiones del enemigo y el trapo sucio con que
cubrieron el rostro del Salvador en la casa de Caifás.
El Alba
, por su misma blancura, simboliza la pureza
de conciencia con que el Sacerdote debe subir al Altar y la
vestidura blanca que Herodes mandó poner a Jesús por burla.
El Cíngulo
, es la figura de la represión de la
concupiscencia y los cordeles con que los judíos ataron
al Señor en el Huerto.
El Manípulo
espiritualmente es el manojito de mirra
de los trabajos de la vida y las cuerdas con que ataron a la
Columna las manos del Nazareno.
La Estola
es el símbolo de la inocencia restituida,
y de la tosca y áspera soga que echaron al cuello del
mansísimo Cordero cuando iba camino del Calvario.
La Casulla
es la imagen del yugo del Señor, de
la caridad y del manto de grana que los soldados pretorianos
pusieron sobre las espaldas del Salvador, para la ceremonia de la
coronación de espinas.
4.º –Los Vasos Sagrados
son: El Cáliz, la Patena y el Copón.
Místicamente significan:
El Cáliz
, el sepulcro donde estuvo enterrado el
Cuerpo de nuestro Señor.
La Patena
representa la losa que sobre el
sepulcro puso José de Arimatea.
El Copón
con su copa dorada (al menos) por dentro,
debe ser el modelo de nuestro pecho, adornado por el oro de la
caridad.
5.º – Los Lienzos Sagrados
son: Los Corporales y la Palia.
Los Corporales
significan la Sagrada Sábana en
que fue envuelto el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.
La Palia
nos trae a la memoria el Sudario que
envolvió la cabeza de Jesús en el sepulcro.
6.º – Los colores litúrgicos
son: el blanco, el rojo, el
verde, el morado y el negro.
El Blanco
es el símbolo de la luz, de la pureza, de la
alegría, de la gracia y de la gloria.
El Rojo
es la imagen del fuego, de la sangre, del amor
y del sacrificio.
El Verde
en todas partes y tiempos se ha considerado
como figura de la Esperanza.
El Morado
es el símbolo de la penitencia, de la
humildad, del retiro y del deseo y nostalgia del Cielo.
El Negro
es la ausencia de la luz y de la vida,
símbolo de la muerte y del dolor causado por la muerte..
II. –
LA SANTA MISA
1.º – Su institución:
San Pablo refiere la institución del
Sacrificio de la Santa Misa por estas palabras: «Porque yo he
recibido del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, en
la noche en que fue entregado, tomó el pan y, después de dar
gracias, lo partió y dijo: "Este es mi cuerpo que se da por vosotros;
haced esto en recuerdo mío."
Asimismo también el cáliz después de cenar diciendo: "Este cáliz es
la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces lo bebiereis, hacedlo
en recuerdo mío."
Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la
muerte del Señor, hasta que venga.»(I Corintios 11, 23–26).
2.º – Su fin:
Nuestro Señor Jesucristo instituyó la Santa
Misa para estos cuatro fines: latréutico o de adoración;
eucarístico o de acción de gracias; propiciatorio o para
pedir perdón por nuestros pecados e impetratorio o para
demandarle los auxilios necesarios.
3.º – Su valor:
En cuanto proviene de la Iglesia a los
sacerdotes y asistentes, el valor de la Santa Misa es limitado, pues
depende de sus disposiciones. En cuanto proviene de Cristo: en sí
mismo considerado, es infinito, mas en cuanto se aplica a las almas
es también limitado, porque depende de la dignidad del sujeto que lo
recibe.
4.º – Sus frutos:
Son cuatro: el Universal, del que
participa toda la Iglesia; el General, del que sólo
participan los asistentes a la Misa; el Especial, que se
aplica exclusivamente a la persona que encarga la Misa, y el
Especialísimo, que sólo puede ser para el sacerdote.
5.º – Su relación con el Sacrificio de la Cruz:
He aquí cómo
se expresa el Concilio de Trento: «En el divino Sacrificio que se
consuma en la Misa, se contiene y sacrifica incruentamente (o sin
derramamiento de sangre), aquel Sacrificio o aquel mismo Jesucristo
que en el mismo Ara de la Cruz se ofreció a Sí mismo por modo
cruento (o con derramamiento de sangre), una sola vez... Una sola y
una misma Víctima y uno mismo es el que por medio de los sacerdotes
la ofrece ahora; el mismo que se ofreció entonces a Sí mismo en la
Cruz, siendo solamente diverso el modo de ofrecerla» (Sesión XXIII,
cap. 2).
6.º – Sus excelencias:
Dice San Buenaventura: «Hay en la Misa
tantos misterios como gotas de agua en el mar, como átomos de polvo
en el aire, y como Ángeles en el cielo; no sé si jamás ha salido de
la mano del Altísimo misterio más profundo» (Salm. 45, 9). San
Francisco de Sales escribe: «Entre las prácticas de religión, el
Santísimo Sacrificio es lo que el sol entre los astros, es
verdaderamente el alma de la religión cristiana» (Intr. A la V. Dev.
Par. II cap. 14). Afirma San Agustín: «El que oye Misa devotamente
tiene poderosos motivos para esperar que aquel día le librará el
Señor de muchos peligros y de la muerte repentina».
7.º – Diversos modos de oír la Misa con gran provecho:
Como no hay modo alguno prescrito para oír la Misa, cada uno es libre
para escoger el que más se acomode a su espíritu y fervor, con
tal que atienda a la celebración de la misma particularmente al Ofertorio, a la Consagración y a la Comunión.
Antes del con. vat. II ?
Puede oírse Misa bien y con fruto:
1.º Rezando el Santo Rosario u otras devociones, juntando la oración
mental con la vocal.
2.º Meditando la verdades de la fe. La meditación más acomodada es
la de la Sagrada Pasión.
3.º También se puede utilizar el modo que a continuación se va a
exponer. En todo caso hemos de tener en cuenta estas tres cosas:
1ª. Unirnos a las intenciones de la Iglesia.
2ª. Modestia exterior, que ha de consistir principalmente en vestir
honestamente, guardar silencio y recogimiento, y
3ª Devoción del corazón, que puede practicarse oyendo la Santa Misa,
conforme a los modos referidos.
8.º – División de la Santa Misa:
Para mayor comodidad de los
fieles dividimos la Santa Misa en cinco partes, que llamamos:
Preparación, Ofrecimiento, Consagración, Comunión y Acción de
gracias.
III. –
CEREMONIAS DE LA SANTA MISA
Primera parte: PREPARACIÓN
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Comienza el Sacerdote la Santa Misa santiguándose
† ,
porque la Cruz es la señal del cristiano, el arma invencible contra
todos los enemigos y porque en el nombre de la Santísima Trinidad,
cuyas Personas en ella invoca, debemos empezar todas nuestras buenas
obras. Haz también tú la señal de la Cruz †
y di:
¡Oh Jesús mío Crucificado, por la señal de la Santa Cruz
líbranos de las asechanzas de nuestros enemigos!
Confiteor Deo – Yo pecador me confieso a Dios.
– El
celebrante profundamente inclinado reza el Confiteor, primero,
porque es pecador, y segundo, porque hace las veces de Cristo:
«que llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (I Pedro
2, 24).
Reza con verdadero arrepentimiento de tus culpas el Yo pecador.
Amorosísimo Cordero de Dios, verdadero Varón de dolores,
préstame aquellos sentimientos de contrición que tuviste. Tú, cuando
subiste cargado con el madero de la Cruz hasta el Calvario.
Aufer a nobis – Borra de nosotros.
– Al subir al Altar el
Sacerdote pide al Señor que borre sus iniquidades. Lo mismo has de
hacer tú, porque el lugar del Sacrificio es Santo. Di al Señor con
David.
«¡Oh Dios mío! ¿Quién es el que podrá habitar en tu
tabernáculo, residir en tu monte santo? – El que anda en integridad
y obra la justicia, el que en su corazón habla la verdad. – El que
con su lengua no detrae, el que no hace mal a su prójimo, ni a su
cercano infiere injuria. – El que a sus ojos se menosprecia y
humilla y honra a los temerosos de Dios; el que aún jurando en daño
suyo, no se muda. –El que no da a usura sus dineros y no admite
cohecho para condenar al inocente. Al que tal hace, nadie jamás le
hará vacilar» (Salm 15).
Oramus Te, Domine – Te rogamos, Señor.
– Ya encima de la
tarima besa el Ministro de Dios el Altar. Advierte sobre esta
ceremonia. En medio del Altar hay una piedra, llamada Ara, en la
cual hay depositadas reliquias de Santos. El Ara figura a Cristo,
Piedra Angular de la Casa de Dios. Al besar, pues, el Sacerdote el
Altar o Ara, es como si besara a Cristo.
¡Oh Jesús mío, que, conociendo nuestra miseria, nos habéis
dado a los Santos por nuestros abogados, ante Vos. Os rogamos que
por la intercesión de los Santos, cuyas reliquias están en este
Altar, nos perdonéis todos nuestros pecados!
El Introito.
– Significa los deseos de los Patriarcas,
Profetas y Justos del Antigua Testamento por la pronta venida del
Redentor. Decían ellos:
«Destilad, cielos, de arriba el rocío; lloved, nubes, la justicia;
ábrase la tierra y produzca el fruto de la salvación y germine la
justicia» (Is. 45, 8). Tú di:
¡Gracias os doy, oh Eterno Padre, porque me habéis hecho nacer
después del nacimiento de vuestro Hijo Jesús y en el seno de la
Iglesia Católica donde participo de todos los bienes mesiánicos,
asistiendo a la Santa Misa!
Kyrie eleison – Señor, tened misericordia de nosotros.
–
Nueve veces, tres a cada Persona de la Beatísima Trinidad, repite el
Sacerdote este clamor del género humano pecador demandando perdón al
Dios tres veces Santo. En unión del Ministro del Altar y en nombre
de la humanidad, ruega con los sacerdotes de Israel, diciendo:
¡Ten piedad de tu pueblo, oh Señor, y no des al oprobio a tu
heredad, para que se enseñoreen de ella las gentes! ¿Por qué han de
poder decir las gentes: Dónde está su Dios? (Joel 2,17).
Gloria in excelsis Deo – ¡Gloria a Dios en las alturas!
–
Es el himno de los Ángeles sobre la cuna del Niño de Belén.
Considera el gozo con que los Ángeles y Pastores alabaron al
Altísimo por el nacimiento del Reparador de la honra de Dios y el
Portador de la paz a los hombres.
¡Oh Rey pacífico! Me alegro de vuestra venida a este mundo y
me uno a las alabanzas angélicas anunciadoras de todo bien. Resuenen
siempre en mis oídos estas dos expresiones: «¡Gloria a Dios en las
alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!»
Dominus vobiscum – El Señor sea con vosotros.
– Este
saludo del celebrante al pueblo fiel, recuerda de los diversos
saludos de Jesús a los Apóstoles diciéndoles: «La paz sea con
vosotros». Ningún bien mejor puedes desear a tus prójimos de la
permanencia del Señor en sus almas. Esta es una hermosa oración para
ese fin:
«¡Quédate con nosotros, Señor, pues el día ya declina!»
(Luc. 24, 29).
Oremos
, dice el Sacerdote vuelto al misal, exhortándonos a
orar con él. Las varias oraciones que recita nos traen a la memoria
las muchas que hizo el Salvador durante su vida mortal y la
necesidad que nosotros tenemos de la oración. Dice el Maestro de
ella:
«Es necesario orar en todo tiempo y no desfallecer» (Luc. 18,
1). Esta es la sentencia de los Santos:
«El que ora se salva; el que no se condena».
Ora, pues, mucho y di al Maestro:
«Señor, enséñanos a orar, como también Juan Bautista enseñaba
a sus discípulos» (Luc. 11, 1).
Epístola
. – Es una instrucción tomada de la Sagrada
Escritura. Es una preparación para escuchar con fruto el Evangelio;
por eso, representa la predicación de los Profetas, particularmente
del mayor de todos ellos, Juan Bautista. Cristiano, instrúyete en
las verdades de la fe con la lectura de los libros Santos, a fin de
que no merezcas esta sentencia del Señor:
«Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la hoya» (S. Mt. 15,
14). Di con David:
«Instrúyeme ¡oh Señor!, en el camino de tus Mandamientos, para
que del todo los cumpla» (Salm 119, 33).
Gradual Aleluya y Tracto
. – Actualmente son unos versos
sueltos de la Sagrada Escritura. En las Misas solemnes se cantan
entre la Epístola y el Evangelio, para quitar la monotonía y evitar
el cansancio del pueblo. Algunos autores quieren que representen la
penitencia que hicieron los judíos por la predicación del Precursor.
Munda cor meum – Purificad mi corazón
. – Así ruega el Celebrante profundamente inclinado ante el Altar para hacerse menos
indigno de anunciar el Evangelio. También para oír con fruto el
Evangelio se necesita pureza de corazón, según aquella sentencia de
Jesús:
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»
(Mt. 5, 8). Pídela a Jesús, diciéndole:
¡Oh Maestro bueno, que dijiste a tus discípulos: «Vosotros
estáis limpios por la palabra que os he hablado» (Juan 15, 3),
purificad mi corazón para que saque mucho fruto de la lectura y
explicación del Santo Evangelio!
Evangelio
. – Es compendio de la vida, doctrina, milagros,
pasión, muerte y vida gloriosa de Jesucristo en la tierra. En todas
las Misas se lee un punto de Él.
Nos ponemos en pie para manifestar que estamos dispuestos a
seguir el Evangelio de la paz.
Nos signamos en la frente
†
para indicar que
creemos las verdades
que contiene; en la boca
†
para afirmar que
confesamos esas verdades públicamente
y en el pecho
†
para demostrar que
las ponemos
en práctica
.
El Evangelio es la misma predicación de Cristo.
¡Oh Cristo Jesús, evangelizador de los pobres, iluminad mi
entendimiento para que conociéndoos os ame y os de a conocer a los
demás! «Acendrada del todo es tu palabra y tu siervo la ama» (Salm.
119, 140).
Credo
. – Es un compendio de las principales verdades de
nuestra religión. Si el Sacerdote lo reza, rézalo tu también como
una protestación de tu fe. Al Incarnatus est nos arrodillamos para
adorar al Verbo de Dios Encarnado.
¿Con qué acciones de gracias corresponderé ¡oh, Jesús mío! al
don inapreciable de la fe que en el bautismo me comunicaste? «Tomaré
el Cáliz de la salud, esto es, trabajaré por la dilatación de la fe
entre los fieles e invocaré el nombre del Señor» (Salm. 116,
12–13).
Segunda parte: OFRECIMIENTO
Ofertorio
. – Hoy en día es una simple antífona. Antiguamente
era una oración colectiva en forma de letanía. En este momento
presentaban los fieles sus ofrendas de las cuales se separaba una
parte para el Sacrificio. Hoy se ofrece la caridad en algunas
partes. El Celebrante ofrece por separado el pan y el vino por sus
pecados, por todos los que le rodean y por todos los cristianos
vivos y difuntos. Haz tu ofrecimiento diciendo:
Recibid ¡oh Padre misericordioso! el Sacrificio del Cuerpo y
Sangre de vuestro Hijo en reconocimiento de vuestro dominio sobre
todas las criaturas: en acción de gracias por los beneficios que nos
habéis dispensado: en satisfacción de nuestros pecados y por el
descanso eterno de las benditas almas del Purgatorio. Amén.
Lavabo
. – El Celebrante se lava las extremidades de los
dedos para indicarnos la gran limpieza de alma y cuerpo con que
hemos de asistir a estos misterios. Lleno de los sentimientos de
dolor del Real Profeta di con él:
«Lávame de mi iniquidad y límpiame de mi pecado. Rocíame con
hisopo y seré lavado y emblanqueceré más que la nieve» (Salm.
51, 4; 9).
Orate, frates – Orad, hermanos
. – Este aviso del Ministro
del Altar a los fieles nos trae a la memoria el de Cristo a los
Apóstoles en el Huerto. Quiere decirte que estés atento a todo lo
que se hace en el Altar. Que no estés en el templo, sólo con el
cuerpo ni charlando o dormitando. Que no te arrebate el diablo todo
o gran parte del fruto del Sacrificio. Responde a ese paternal aviso
con el acólito.
Reciba el Señor el Sacrificio de tus manos, a honra y gloria
de su divino Rey en memoria de la oración que le tributó Jerusalén
el día de Ramos. Hela aquí: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el
Rey que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega de
nuestro Padre David! ¡Paz en los cielos, hosanna y gloria en las
alturas! ¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor,
el Rey de Israel!» (Narración de los cuatro Evangelios).
Sanctus
. – Es el Trisagio que los Serafines dirigen
incesantemente a la soberana majestad de Dios Trino y Uno.
¡Oh Dios, tres veces Santo! Yo me uno a las alabanzas que
eternamente os cantan en el cielo los Ángeles y Arcángeles, Tronos y
Dominaciones, con toda la corte celestial, diciendo:
Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos; llenos están
los cielos y la tierra de la grandeza de vuestra gloria. Gloria al
Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.
Tercera parte: CONSAGRACIÓN
Esta es la parte principal de la Santa Misa. Si puedes hinca las dos
rodillas y persevera en esta postura reverente hasta la Comunión del
Celebrante.
Te igitur clementissime Pater – ¡Oh Padre clementísimo!
. –
Durante el Canon el Sacerdote multiplica las bendiciones con
la señal de la Santa Cruz sobre la Oblata
†
, dándonos a
entender que la Misa es el mismo Sacrificio de la Cruz y que por la
Cruz se nos confieren todos los bienes. No todas estas cruces tienen
el mismo significado. Las que preceden a la Consagración son
impetratorias, esto es, que tienden a obtener de Dios la
admirable conversión de toda la sustancia del pan en el Cuerpo de
Cristo y toda la sustancia del vino en la Sangre de Cristo. Las que
siguen a la Consagración son laudatorias o que tienden a
celebrar el amor del Señor en este misterio.
¡Dios te salve, oh Cruz preciosa! ¡Única esperanza nuestra!
Mementos de vivos
. – El Celebrante, después de rogar por
la Iglesia en general, por el Papa reinante, por el Prelado de la
diócesis y por todos los demás que profesan la Fe Católica y
Apostólica, pide en el Memento de vivos por los que quiere hacer
mención especial y por los presentes al Sacrificio. También tú has
de hacer tu Memento encomendando a Dios tus obligaciones
particulares. Di, pues:
¡Oh Padre Eterno! En unión del Corazón de Jesús y por los
méritos de este santo Sacrificio; por la intercesión de la siempre
Virgen María, Madre Dios, de todos los Santos y Santas del cielo,
hago oración a Vos, por el Padre Santo, el Papa (nombre), por
nuestro Obispo (Nombre), y por los que nos gobiernan. Concededles,
Señor, vuestra gracia, y que cada cual cumpla, como Vos mandáis, con
sus deberes. Os ruego por mis superiores espirituales y temporales;
por mis parientes y bienhechores; por la conversión de los pecadores;
por los moribundos; por cuantos tengo obligación de rogar, y en fin,
por todos los hombres».
Determínese la gracia que se desea conseguir, o para sí, o para otra
persona.
Comunicantes – Participando
. – Después de conmemorar el
Celebrante a los de la tierra, se une a los moradores del cielo,
particularmente a la Madre de Dios, a los Apóstoles, a los cinco
primeros sucesores de San Pedro, a algunos mártires determinados, y
en general a todos los Santos, a fin de que Dios nos conceda su
protección y auxilio en todas nuestras necesidades. Únete tú también
a todos los bienaventurados, pensando, como dice San Crisóstomo, que
al momento de la Consagración asisten reverentes alrededor del
Altar.
Consagración
. – Es el acto culminante del Sacrificio. El
Celebrante recuerda la historia de la Institución de la Santa Misa y
en todos sus gestos y palabras trata de representar a Cristo, a fin
de obrar el gran misterio de la Fe, consistente en la admirable
conversión de toda la sustancia del pan en la carne de Cristo y de
toda la sustancia del vino en su Sangre.
Alma cristiana, aviva la fe en estos misterios. Juntamente con el
Celebrante reproduce en tu imaginación la escena del Cenáculo.
Escena de amor y de bondad de Jesús a los mortales.
«Cantemos al amor de los amores. – Cantemos al amor. – Dios está
aquí ¡venid adoradores! – Adoremos a Cristo Redentor».
Elevación
. – A la elevación de la Hostia contempla a
Cristo levantado en la Cruz, y di con fe viva y doliéndose de tus
pecados:
¡Señor mío y Dios mío! Te adoro, Hostia sacratísima, Cuerpo
preciosísimo de mi Señor Jesucristo, que en el Ara de la Cruz fuiste
digno sacrificio para la redención del mundo. Cuerpo de Cristo,
sálvame.
A la elevación del Cáliz di también
. – ¡Señor mío y Dios
mío! Te adoro, Sangre preciosísima de mi Señor Jesucristo, que
derramada en el madero de la Cruz lavaste mis pecados y los de todo
el mundo. Sangre de Cristo, embriágame.
Unde et memores – Por tanto, recordándonos . – Nuestro
Señor Jesucristo, después de consagrar el pan y el vino, dijo a los
Apóstoles:
«Haced esto en memoria mía». En virtud de este mandato el Sacerdote
hace memoria de la Pasión, Resurrección y Ascensión del Señor. Acto
seguido suplica al Eterno Padre que mire benigno al Santo
Sacrificio, la Hostia Inmaculada, como miró los dones de Abel, el
Sacrificio de Abraham y del sumo sacerdote Melquisedech. También le
ruega que por las manos de su santo Ángel lo lleve al Altar del
cielo. Lleno de los sentimientos de estos Tres Patriarcas, di a
Jesús:
¡Dulcísimo Jesús mío, yo me uno a tu Ministro en la
recordación de estos tres misterios, por los cuales nos borraste los
pecados, otorgaste la justificación y nos abriste las puertas del
cielo. Por estos tres misterios te suplico que, purificada ahora mi
alma de sus culpas, resucite glorioso mi cuerpo el día de la
resurrección universal; y cuerpo y alma entren a gozar contigo en la
casa de tu Padre por toda la eternidad. Amén.
Memento de los difuntos
. – Por tradición apostólica, como
dice San Crisóstomo, recibió la Iglesia la costumbre de rogar por
los difuntos en la Santa Misa. Y eso es lo que hace el Celebrante en
el segundo Memento. Haz tu también tu Memento por los seres queridos
y di:
¡Oh Eterno Padre! Yo os ofrezco en sufragio de las Benditas
Almas del Purgatorio el Cuerpo y Sangre de vuestro Hijo, que están
presentes en el Altar. En especial os lo ofrezco por las almas de
mis parientes, amigos y bienhechores, de las de mi obligación, de
las más necesitadas y de aquellas que Vos, oh Dios mío, queréis que
yo os encomiende. Libradlas, Señor, cuanto antes de tan terribles
penas y concededlas el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz.
Nobis quoque peccatoribus – Y también a nosotros pecadores
.
– El Sacerdote, después de pedir por las almas del Purgatorio,
demanda asimismo para nosotros, aunque pecadores, una partecita de
la bienaventuranza en compañía de algunos santos que nombra y de
todos los bienaventurados. Y esta petición la hace levantando la voz
y golpeándose el pecho. Nobis quoque peccatoribus. Esto
equivale a una confesión general de los pecados. Tú puedes hacer lo
mismo en voz baja.
Aquí viene la súplica del Buen Ladrón y la respuesta del Señor: «Jesús,
– dijo al Señor Crucificado el Buen Ladrón– acuérdate de mi cuando
entres en tu reino» (Luc. 23, 42). Le respondió Jesús: «En verdad te
digo, hoy estarás conmigo en el paraíso» (Luc 23, 43).
PATER NOSTER
(Transición)
El Pater Noster
. – Es la mejor Oración y la más apropiada
para comulgar. Rézalo con fervor, pensando en que sus siete
peticiones recuerdan las siete palabras que habló el Hijo de Dios en
la Cruz. La Iglesia desenvuelve la última petición en esta magnífica
oración:
Os suplicamos, Señor, que tengáis a bien librarnos de todos
los males pasados, presentes y futuros, y por la intercesión de la
bienaventurada siempre Virgen María, Madre de Dios, de vuestros
bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y Andrés, y de todos
vuestros Santos, concedednos propicio la paz en nuestros días, a fin
de que, asistidos de la ayuda de vuestra misericordia, nos
conservemos siempre exentos de todo pecado y libres de toda
turbación.
Cuarta parte: COMUNIÓN
Al partir la Hostia
. – Considera cómo el alma de Cristo se
separó de su cuerpo y bajó al seno de Abraham a libertar las almas
de los Santos Padres y llevarlas al cielo, y cómo los discípulos de
Emaús reconocieron al Maestro en el partir del pan.
¡Oh buen Jesús! Que consolasteis con vuestra presencia a las
almas de los Santos Padres del Antiguo Testamento e iluminasteis los
entendimientos de los discípulos con vuestras enseñanzas; consolad e
iluminad también mi pobrecita alma con la presencia de vuestra
gracia. Con los discípulos os digo: «Permaneced conmigo, Señor,
porque sino vendrá sobre mi la noche de la ignorancia y del pecado y
me perderé».
Pax Domini – La Paz del Señor
. – Con un pedacito de Hostia
entre los dedos hace el Sacerdote tres cruces sobre el Cáliz
†
y saluda al pueblo en alta voz, diciendo: «La paz del Señor sea con
vosotros». Estas tres cruces significan que la paz de Dios nos ha
sido dada por la Cruz y la Sangre que Jesús derramó en ella. Este
saludo del Celebrante es un recuerdo de los que el Señor resucitado
dirigía a los Apóstoles en sus apariciones.
¡Oh Jesús mío!, haced que yo viva en paz y unión con Vos,
cumpliendo vuestra Ley; con mis prójimos sufriendo sus defectos, y
conmigo, venciendo mis pasiones.
Agnus Dei – Cordero de Dios
. – Próxima ya a desaparecer la
Divina Víctima del Altar por la Comunión del Sacerdote, di con éste:
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo: dadnos la
paz. Sí, Jesús mío, dadnos la paz; pero la paz vuestra que es la
verdadera, la paz que consuela el alma; no la paz del mundo que es
falsa y se abraza con los errores y vicios.
Comunión
. – Si comulgas sacramentalmente, la paz será tu
mejor disposición, pues la Eucaristía es Sacramento de paz; si no
comulgas sacramentalmente, hazlo, al menos, espiritualmente o de
deseo. Y tanto para la una como para la otra, dirás tres veces con
el Celebrante:
Señor mío Jesucristo; yo no soy digno de que vuestra Divina
Majestad entre en mi pobre morada; mas decid una sola palabra, y mi
alma quedará santa y salva.
Para la comunión espiritual puedes valerte de esta fórmula:
Os creo y adoro, ¡oh Jesús mío!, presente en el Santísimo
Sacramento, y deseo recibiros; venid a mí espiritualmente y haced
que jamás me separe de Vos.
Quinta parte: ACCIÓN DE GRACIAS
Acción de gracias
. – Aunque sólo hayas comulgado
espiritualmente, procura dar gracias a Dios por tan excelso
beneficio. Si un rey de la tierra viniera a visitarte a tu casa, ¿cómo
le obsequiarías? ¿Qué gracias le darías? Pues siempre que te acercas
a la Sagrada Comunión, recibes en la casa de tu alma al Rey de los
cielos y tierra; dale, pues, infinitas gracias.
Últimas oraciones
. – Representan las continuas súplicas que
Jesucristo dirige a su Eterno Padre por nuestra salvación. Dice San
Pablo:
«Jesucristo siempre vive para interceder por nosotros» (Hbr. 7, 25).
Reza en este tiempo algunas de tus devociones.
Ite Missa est
. – Quiere decir que la Misa ya está terminada,
y, por tanto, que quedas en libertad para marchar. Es la señal de
despedida que el Sacerdote da al pueblo.
Bendición
. – Mientras el Ministro de Dios bendice a los
fieles, arrodíllate y santiguándote despacio di:
La bendición de Dios. Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu
Santo, descienda sobre nosotros, y en nosotros permanezca siempre.
Amén.
Último Evangelio
. – Óyelo de pie, persignate al principio,
y, si el Sacerdote se arrodilla, hazlo tú también, y al fin:
«Deo gratias» – ¡Gracias a Dios!
Preces leoninas
. – Para la represión de los enemigos de la
Iglesia el Papa León XIII mandó que al fin de las Misas rezadas se
rezaran tres Avemarías, una Salve y una oración a la Santísima
Virgen y una oración al Arcángel San Miguel. Pío X ordenó que se
añadiera a estas preces esta jaculatoria, tres veces repetida, al
Sagrado Corazón de Jesús:
«Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros».
Gracias, oh Salvador mío amantísimo, por cuantas gracias nos
habéis otorgado en esta Misa. Perdonadnos las faltas que en ella
hemos cometido, y no permitáis que volvamos a ofenderos jamás. ¡Oh
Madre de Dios, Virgen Santísima! Sed siempre nuestro amparo y
nuestra guía. Amén.
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En corto.....
RITOS INICIALES
Son ritos
introductorios a la celebración y nos preparan para escuchar la palabra y
celebrar la eucaristía.
Comprende:
Entrada - Señal de la cruz - Saludo - Acto penitencial - Gloria - Oración
colecta.
PROCESIÓN DE
ENTRADA
Llegamos al templo y
nos disponemos para celebrar el misterio más grande de nuestra fe.
Acompañamos la procesión de entrada cantando con alegría.
SALUDO
INICIAL
Después de besar el
altar y hacer la señal de la cruz, el sacerdote saluda a la
asamblea.
ACTO
PENITENCIAL
Pedimos humildemente
perdón al Señor por todas nuestras faltas.
GLORIA
Alabamos a Dios,
reconociendo su santidad, al mismo tiempo que nuestra necesidad de Él.
ORACIÓN /
COLECTA
Es la oración que el
sacerdote, en nombre de toda la asamblea, hace al Padre. En ella recoge
todas las intenciones de la comunidad.
LITURGIA DE LA
PALABRA
Escuchamos a Dios,
que se nos da como alimento en su Palabra, y respondemos cantando,
meditando y rezando.
comprende:
Primera Lectura -
Salmo Responsorial - Segunda Lectura - Aleluya - Evangelio - Homilía -
Credo - Oración universal.
PRIMERA
LECTURA
En el Antiguo
Testamento, Dios nos habla a través de la historia del pueblo de Israel y
de sus profetas.
SALMO
Meditamos rezando o
cantando un salmo.
SEGUNDA
LECTURA
En el Nuevo
Testamento, Dios nos habla a través de los apóstoles.
EVANGELIO
El canto del Aleluya
nos dispone a escuchar la proclamación del misterio de Cristo. Al
finalizar aclamamos diciendo: "Gloria a ti, Señor Jesús".
HOMILÍA
El celebrante nos
explica la Palabra de Dios.
CREDO
Después de escuchar
la Palabra de Dios, confesamos nuestra fe.
ORACIÓN DE
LOS FIELES
Rezamos unos por
otros pidiendo por las necesidades de todos.
LITURGIA DE LA EUCARISTÍA
Tiene tres partes:
Rito de las ofrendas, Gran Plegaria Eucarística (es el núcleo de toda la
celebración, es una plegaria de acción de gracias en la que actualizamos
la muerte y resurrección de Jesús) y Rito de comunión.
PRESENTACIÓN
DE LAS OFRENDAS
Presentamos el pan y
el vino que se transformarán en el cuerpo y la sangre de Cristo.
Realizamos la colecta en favor de toda la Iglesia. Oramos sobre las
ofrendas.
PREFACIO
Es una oración de
acción de gracias y alabanza a Dios, al tres veces santo.
EPÍCLESIS
El celebrante
extiende sus manos sobre el pan y el vino e invoca al Espíritu Santo,
para
que por su acción los transforme en el cuerpo y la sangre de Jesús.
CONSAGRACIÓN
El sacerdote hace
"memoria" de la última cena, pronunciando las mismas palabras
de Jesús. El
pan y el vino se transforman en el cuerpo y en la sangre de Jesús.
ACLAMACIÓN
Aclamamos el
misterio central de nuestra fe.
INTERCESIÓN
Ofrecemos este
sacrificio de Jesús en comunión con toda la Iglesia. Pedimos por el Papa,
por los obispos, por todos los difuntos y por todos nosotros.
DOXOLOGÍA
El sacerdote ofrece
al Padre el cuerpo y la sangre de Jesús, por Cristo, con él y en él, en
la
unidad del Espíritu Santo. Todos respondemos: "Amén".
PADRENUESTRO
Preparándonos para
comulgar, rezamos al Padre como Jesús nos enseñó.
COMUNIÓN
Llenos de alegría
nos acercamos a recibir a Jesús, pan de vida. Antes de comulgar hacemos
un
acto de humildad y de fe.
ORACIÓN
Damos gracias a
Jesús por haberlo recibido, y le pedimos que nos ayude a vivir en
comunión.
RITOS DE DESPEDIDA
Son ritos que
concluyen la celebración.
BENDICIÓN
Recibimos la
bendición del sacerdote.
DESPEDIDA Y
ENVÍO
Alimentados con el
pan de la Palabra y de la Eucaristía, volvemos a nuestras actividades, a
vivir lo que celebramos, llevando a Jesús en nuestros corazones.
Eucaristia
(Gr. eucharistia, thanksgiving).(Del griego eucharistia,
acción de gracias)
Es el nombre que se da al Santo Sacramento del Altar, que recoge su doble
aspecto de sacramento y sacrificio de la misa, y en el cual Jesucristo está
realmente presente bajo apariencia de pan y vino. Se emplean otros títulos,
como
"Cena del Señor" (Caena Domini), "Mesa del Señor" (Mensa
Domini),
"Cuerpo del Señor"(Corpus Domini) y "Santísimo"
(Sanctissimum), a
los cuales se puede añadir las siguientes expresiones con su significado
original algo alterado: "Agape" (fiesta del amor),
"Eulogia"
(bendición), "fracción del pan", "Synaxis" (asamblea),
etc.; pero el
antiguo título de "Eucaristía", que aparece en autores tan tempranos
como
Ignacio, Justino e Ireneo, ha tomado precedencia en la terminología de la
Iglesia y sus teólogos. La expresión "Santo Sacrificio del Altar",
introducida
por Agustín, se encuentra hoy en día reducida al ámbito popular y catequético.
Esta extensa nomenclatura, que describe este gran misterio desde tantos puntos
de vista diferentes es, en sí misma, prueba suficiente de la posición central
de
la Eucaristía desde las primeras épocas, tanto en el culto divino y los
servicios de la Iglesia como en la vida de fe y devoción de sus miembros.
La Iglesia honra a la Eucarisía como uno de sus más elevados misterios, ya
que por su majestad e incomprensibilidad acompaña a los misterios de la
Trinidad
y la Encarnación. Estos tres misterios constituyen una triada maravillosa, que
hace lucir a la característica esencial del cristianismo como religión de
misterios que trascienden con mucho las capacidades de la razón, con todo su
esplendor, y eleva al catolicismo, el más fiel guardián y custodio de nuestra
herencia cristiana, muy por encima de todas las religiones paganas y no
cristianas.
La conexión orgánica de esta triada misteriosa se aprecia claramente, si
consideramos la divina gracia bajo su aspecto de comunicación personal de Dios.
Así, en el seno de la Trinidad beatísima, Dios Padre, por virtud de la
generación eterna, comunica su naturaleza divina a Dios Hijo, "el único
Hijo que
está en el seno del Padre" (Juan i, 18),mientras que el Hijo de Dios, en
virtud
de la unión hipostática, comunica a su vez la naturaleza divina recibida del
Padre a su naturaleza humana formada en el vientre de la Virgen María (Juan i,
18), para que así, como Dios y Hombre, escondido en las especies eucarísticas,
pueda entregarse a su Iglesia, quien, como tierna madre, cuida místicamente en
su seno este su mayor tesoro, y a diario lo expone a sus hijos como alimento
espiritual para sus almas. Así, Trinidad, Encarnación y Eucaristía están unidas
como una cadena preciosa, que de manera prodigiosa une el cielo y la tierra, a
Dios con el hombre, ligándoles de la manera más íntima, y manteniendo esa unión.
Por el hecho de que el misterio eucarístico trasciende toda razón, ningún
teólogo católico puede aventurar una explicación racional, basada en hipótesis
meramente naturales, ni tratar de abarcar una de las más sublimes verdades de
la
religión cristiana como la conclusión espontánea de un proceso lógico.
La ciencia moderna de las religiones comparadas intenta descubrir, en la
medida de lo posible, "paralelismos histórico-religiosos" en las
religiones
paganas, que se correspondan con los elementos teoréticos y prácticos del
cristianismo, y así dar una explicación natural a éste por medio de las
primeras. Incluso cuando se pueda apreciar una analogía entre el banquete
eucarístico y el nectar y la ambrosía de los dioses de la antigua Grecia, o el
haoma de los iraníes, o el soma de los hindúes, hay que ser muy cuidadososo de
no tratar una mera analogía como un paralelismo estrictamente dicho, ya que la
Eucaristía cristiana nada tiene en común con esas comidas paganas, cuyos
orígenes hay que buscalos en el culto idólatra y a la naturaleza. Lo que
descubrimos particularmente es una nueva demostración de la razonabilidad de la
religión católica, a partir de la circunstancia de que Jesucristo, de modo
prodigiosamente condescendiente, responde al apetito natural del corazón humano
con un alimento que alimenta para la inmortalidad, un apetito expresado en
muchas religiones paganas, entregando su humanidad, su propia carne y sangre.
El
cristianismo ha adoptado todo lo que es bello, todo lo que es verdadero de las
religiones naturales, y como un espejo cóncavo ha reunido los resquicios de
verdad dispersos y con frecuencia no distorsionados en su foco común, para
reflejarlos de nuevo ya resplandecientes en un rayos de luz perfecta.
Sólo la Iglesia, pilar y fundamento de la verdad, penetrada y dirigida por el
Espíritu santo, garantiza a sus hijos a través de su magisterio infalible la
divina revelación plena e inalterada. En consecuencia, la primera obligación de
los católicos es afirmar lo que la Iglesia propone como la "norma próxima
de fe"
(regula fidei proxima), que, en referencia a la Eucaristía, se trató de manera
particularmente clara y detallada en las sesiones XIII, XXI y XXII del Concilio
de Trento. La quintaesencia de estas decisiones doctrinales reside en que en la
Eucaristía el cuerpo y la sangre del Dios hecho hombre están verdadera, real y
sustancialmente presentes para alimento de nuestras almas, en virtud de la
transubstanciación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y en
este cambio de sustancias también se contiente el Sacrificio incruento de la
Nueva Alianza. Estas tres verdades principales - Sacrificio, Sacramento y
Presencia real - se explican con más detalle en los artículos siguientes:
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