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El Don de Consejo en Audio


    Los 7 Dones del Espíritu Santo

EL DON DE CONSEJO

El 25 de julio de 1956, un desastre marítimo conmovió al mundo entero. El mejor buque italiano, el Andrea Doria, se hundió en el Atlántico, cerca de Nueva York. ¿Causas? Un descuido del timonel, que no supo virar con la suficiente rapidez cuando el Stockolm, buque sueco, se cruzó en su ruta. ¡Si pudiéramos conocer los accidentes que ocurren todos los días y a todas horas, por falta de dirección o de intuición, a las almas de los hombres! La virtud de la
prudencia, y sobre todo el don de consejo, que la perfecciona, nos enseñarán a salvar estos graves inconvenientes.

1. Naturaleza del don de consejo.

El don de consejo es un hábito sobrenatural por el cual el alma en gracia, bajo la inspiración del Espíritu Santo, intuye rectamente, en los casos particulares, lo que conviene hacer en orden al fin último sobrenatural.
En torno a esta definición hay que notar principalmente lo siguiente:

a) Los dones del Espíritu Santo no son mociones transeúntes o simples gracias actuales, sino hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en el alma juntamente con la gracia santificante.
 
b) El Espíritu Santo pone en movimiento el don de consejo como única causa motora; pero el alma en gracia colabora como causa instrumental, a través de la virtud de la prudencia, para producir un acto sobrenatural, que procederá, en cuanto a la substancia del acto, de la virtud de la prudencia, y, en cuanto a su modalidad divina, del don de consejo.

Este mismo mecanismo actúa en los demás dones. Por eso sus actos se realizan con prontitud y como por instinto, sin necesidad del trabajo lento y laborioso del discurso de la razón (cf. Mateo 10, 19-20).

c) La prudencia sobrenatural juzga rectamente lo que hay que hacer en un momento dado, guiándose por las luces de la razón iluminada por la fe. Pero el don de consejo intuye rápidamente lo que debe hacerse bajo el instinto y moción del Espíritu Santo, o sea por razones enteramente divinas, que muchas veces ignora la misma alma que realiza aquel acto. Por eso el modo de la acción es discursivo en la virtud de la prudencia, mientras que en el don es intuitivo, divino o sobrehumano.

2. Importancia y necesidad

Es indispensable la intervención del don de consejo para perfeccionar la virtud de la prudencia, sobre todo en ciertos casos repentinos, imprevistos y difíciles de resolver, que requieren, sin embargo, una solución ultrarrápida, puesto que el pecado o el heroísmo es cuestión de un instante. Estos casos —menos raros de lo que comúnmente se cree— no pueden resolverse con el trabajo lento y laborioso de la virtud de la prudencia, recorriendo sus ocho momentos o aspectos fundamentales; es menester la intervención del don de consejo, que nos dará la solución instantánea de lo que debe hacerse por esa especie de instinto o connaturalidad característica de los dones. Es muy difícil a veces conciliar la suavidad con la firmeza, la necesidad de guardar un secreto sin, faltar a la verdad, la vida interior con el apostolado, el cariño afectuoso con la castidad más exquisita, la prudencia de la serpiente con la sencillez de la paloma ( Mateo 10,16). Para todas estas cosas no bastan a veces las luces de la prudencia: se requiere la intervención del don de consejo.

«Hay en la Sagrada Escritura —escribe el Padre Lallemant— multitud de pasajes en los que se transparenta con claridad la intervención del don de consejo; como en el silencio de nuestro Señor ante Herodes en la admirable respuesta que dio para salvar a la mujer adúltera para confundir a los que le preguntaron maliciosamente si había que pagar el tributo al César; en el juicio de Salomón; en la empresa de Judit para liberar al pueblo de Dios del ejército de Holofermes; en la conducta de Daniel para justificar a Susana de la calumnia de los dos viejos; en la de San Pablo cuando enzarzó a fariseos y saduceos entre sí y cuando apeló al tribunal del César, etcétera, y otros muchos casos por el estilo».

3. Efectos del don de consejo.

Son admirables los efectos que produce el don de consejo en las afortunadas almas donde actúa. He aquí algunos de los más importantes:

1) NOS PRESERVA DEL PELIGRO DE UNA FALSA CONCIENCIA.
—Es facilísimo ilusionarse en este punto tan delicado, sobre todo si se tienen conocimientos profundos de teología moral. Apenas hay pasioncilla desordenada que no pueda justificarse de algún modo invocando algún principio de moral, tal vez muy cierto y seguro en sí mismo, pero mal aplicado a ese caso particular. Al ignorante le es más difícil, pero el técnico y entendido encuentra fácilmente un «título colorado» para justificar lo injustificable.
Con razón decía San Agustín que «lo que queremos es bueno, y lo que nos gusta, santo». Sólo la intervención del don de consejo, que, superando las luces de la razón natural, entenebrecida por el capricho o la pasión, dicta lo que hay que hacer con una seguridad y fuerza inapelables, puede preservarnos de este gravísimo error de confundir la luz con las tinieblas. En este sentido, nadie necesita tanto el don de consejo como los sabios y teólogos, que tan fácilmente pueden ilusionarse, poniendo falsamente su ciencia al servido de sus comodidades y caprichos.

2) Nos RESUELVE, CON INEFABLE SEGURIDAD Y ACIERTO, MULTITUD DE SITUACIONES DIFÍCILES E IMPREVISTAS.
—Ya hemos dicho que no bastan, a veces, las luces de la simple prudencia sobrenatural. Es menester resolver en el acto situaciones apuradísimas que, teóricamente, no se acertarían a resolver en varias horas de estudio, y de cuya solución acertada o equivocada acaso dependa la salvación de un alma (verbi gracia, un sacerdote administrando los últimos sacramentos a un moribundo). En estos casos difíciles, las almas habitualmente fieles a la gracia y sumisas a la acción del Espíritu Santo reciben de pronto la inspiración del don de consejo, que les resuelve en el acto aquella situación dificilísima con una seguridad y firmeza verdaderamente admirables. Este sorprendente fenómeno se dio muchas veces en el santo Cura de Ars, que, a pesar de sus escasos conocimientos teológicos, resolvía en el confesonario instantáneamente, con admirable seguridad y acierto, casos difíciles de moral que llenaban de pasmo a los teólogos más eminentes.

3) Nos INSPIRA LOS MEDIOS MÁS OPORTUNOS PARA GOBERNAR SANAMENTE A LOS DEMÁS.
—La influencia del don de consejo se refiere siempre a casos concretos y particulares. Pero no se limita al régimen puramente privado y personal de nuestras propias acciones; se extiende también a la acertada dirección de los demás, sobre todo en los casos imprevistos y difíciles. ¡Cuánta prudencia necesita el superior para conciliar el afecto filial, que ha de procurar inspirar siempre a sus súbditos, con la energía y entereza en exigir el cumplimiento de la ley; para juntar la benignidad con la justicia, conseguir que sus súbditos cumplan su deber por amor, sin amontonar preceptos, mandatos y reprensiones Y el director espiritual ¿cómo podrá, resolver con seguridad y acierto los mil pequeños conflictos que perturban a las pobres almas, aconsejarles lo que deben hacer en cada caso, decidir en materia de vocación cuando aparece dudosa y guiar a cada alma por su propio camino hacia Dios? Apenas se concibe este acierto sin la intervención frecuente y enérgica del don de consejo.

Santos hubo que tuvieron este don en grado sumo. San Antonio de Horenda destacó tanto por la admirable inspiración de sus consejos, que ha pasado a la historia con el sobrenombre de Antoninus consiliorum. Santa Catalina de Siena era el brazo derecho y el mejor consejero del papa. Santa Juana de Arco, sin poseer el arte militar, trazó planos y dirigió operaciones que pasmaron de admiración a los más expertos capitanes, que veían infinitamente, superada su prudencia militar por aquella pobre mujer. Y Santa Teresita del Niño Jesús desempeñó con exquisito acierto, en plena juventud, el difícil y delicado cargo de maestra de novicias, que tanta madurez y experiencia requiere.

4) Aumenta extraordinariamente nuestra docilidad y sumisión A los legítimos superiores.
—He aquí un efecto admirable, que a primera vista parece incompatible con el don de consejo, y que, sin embargo, es una de sus consecuencias más naturales y espontáneas. El alma gobernada directamente por el Espíritu Santo parece que no tendrá para nada obligación o necesidad de consultar sus cosas con los hombres; y, con todo, ocurre precisamente todo lo contrario: nadie es tan dócil y sumiso, nadie tiene tan fuerte inclinación a pedir las luces de los legítimos representantes de Dios en la tierra (superiores, director espiritual...) como las almas sometidas a la acción del don de consejo.

Es porque el Espíritu Santo les impulsa a ello. Ha determinado Dios que el hombre se rija y gobierne por los hombres. En la Sagrada Escritura tenemos innumerables ejemplos de ello. San Pablo cae del caballo derribado por la luz divina, pero no se le dice lo que tiene que hacer, sino únicamente que entre en la ciudad y Ananías se lo dirá de parte de Dios (Actos 9,1-6). Este mismo estilo tiene Dios en todos sus santos: les inspira humildad, sumisión y obediencia a sus legítimos representantes en la tierra. En caso de conflicto entre lo que El les inspira y lo que les manda el superior o director, quiere que obedezcan a estos últimos. Se lo dijo expresamente a Santa Teresa:

«Siempre que el Señor me mandaba alguna cosa en la oración, si el confesor me decía otra, me tornaba el mismo Señor a decir que le obedeciese; después Su Majestad le volvía para que me lo tornase a mandar».

Incluso cuando con tanta falta de juicio mandaron a la Santa algunos confesores que hiciera burla de las apariciones de nuestro Señor (teniéndolas por diabólicas), le dijo el mismo Señor que obedeciera sin réplica:

«Decíame que no se me diese nada, que bien hacía en obedecer, mas que El haría que se entendiese la verdad».

La Santa aprendió tan bien la lección, que, cuando el Señor le mandaba realizar alguna cosa, lo consultaba inmediatamente con sus confesores, sin decirles que se lo habia mandado el Señor (para no coaccionar su libertad de juicio); y sólo después que ellos habían decidido lo que convenía hacer les daba cuenta de la comunicación divina, si coincidían ambas cosas; y si no, pedía a nuestro Señor que cambiase el parecer al confesor, pero obedeciendo mientras tanto a este último. Es ésta una de las más claras y manifiestas señales de buen espíritu y de que las comunicaciones que se creen recibir de Dios son realmente de El. Revelación o visión que inspire rebeldía y desobediencia, no necesita de más examen para ser rechazada como falsa o diabólica.

4. Bienaventuranzas y frutos correspondientes.

San Agustín asigna al don de consejo la quinta bienaventuranza, correspondiente a los misericordiosos (Mateo 5,7). Pero Santo Tomás lo admite únicamente en un sentido directivo, en cuanto que el don de consejo recae sobre las cosas útiles o convenientes para la salvación, y nada tan útil como la misericordia para con los demás, que nos la alcanzara también para nosotros. Pero, en sentido ejecutivo o elicitivo, la misericordia corresponde —como vimos— al don de piedad. En cuanto relacionado con la misericordia, al don de consejo le corresponden de algún modo los frutos de bondad y benignidad.

5. Vicios opuestos al don de consejo.

Al don de consejo se oponen, por defecto, la precipitación en el obrar, siguiendo el impulso de la actividad natural, sin dar lugar a consultar al Espíritu Santo; y la temeridad, que supone una falta de atención a las luces de la fe y a la inspiración divina por excesiva confianza en sí mismo y en las propias fuerzas. Y por exceso se opone al don de consejo la lentitud excesiva, porque, aunque es menester usar de madura reflexión antes de obrar, una vez tomada una determinación según las luces del Espíritu Santo, es necesario proceder rápidamente a la ejecución antes de que las circunstancias cambien y las ocasiones se pierdan.

6. Medios de fomentar este don.

Aparte de los ya consabidos para el fomento general de los dones (recogimiento, vida de oración, fidelidad a la gracia, etc.), sobre los que nunca se insistirá bastante, los siguientes medios nos ayudarán mucho a disponernos para la actuación del don de consejo cuando sea menester:
a) Profunda humildad para reconocer nuestra ignorancia y demandar las luces de lo alto. La oración humilde y perseverante tiene fuerza irresistible ante la misericordia de Dios. Es preciso invocar al Espíritu Santo por la mañana al levantamos para pedirle su dirección y consejo a todo lo largo del día; al comienzo de cada acción, con
un movimiento sencillo y breve del corazón, que será, a la vez, un acto de amor; en los momentos difíciles o peligrosos, en los que, más que nunca, necesitamos las luces del cielo; antes de tomar una determinación importante o emitir algún juicio orientador para los demás, etc.

b ) Acostumbrarnos a proceder siempre con reflexión y sin apresuramiento.
—Todas las industrias y diligencias humanas resultarán muchas veces insuficientes para obrar con prudencia, como ya hemos dicho; pero a quien hace lo que puede, Dios no le niega su gracia. Cuando sea menester, actuará sin falta el don de consejo para suplir nuestra ignorancia e impotencia: pero no tentemos a Dios esperando por medios divinos lo que podemos hacer por los medios puestos por El a nuestro alcance con ayuda de la grada ordinaria:
«A Dios rogando y con el mazo dando».

c ) Atender en silencio al Maestro interior.
—Si lográramos hacer el vacío en nuestro espíritu y acalláramos por completo los ruidos del mundo, oiríamos con frecuencia la voz de Dios, que en la soledad suele hablar al corazón (Ósea 2,14). El alma ha de huir del tumulto exterior y sosegar por completo su espíritu para oír las lecciones de vida eterna que le explicará el divino Maestro, como en otro tiempo a María de Betania, sosegada y tranquila a sus pies (Lucas 10,39).

«El cristiano —escribe a este propósito el Padre Philipon— debería caminar por este mundo con la mirada fija en el sublime destino que le espera: la consumación de su vida en la unidad de la Trinidad, en sociedad con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, con los demás hombres, sus hermanos, y con los ángeles, llamados ellos también a habitar con nosotros en la misma Ciudad de Dios, formando todos juntos una sola familia divina: la Iglesia del Verbo encarnado, el Cristo total. ¿Por qué toda nuestra actividad moral no brota en nosotros de esta suprema orientación de nuestra existencia hacia la beatificante visión de la Trinidad? Nos arrastramos en una atmósfera de vanidades, de horizontes meramente terrestres. Y, con todo, la gracia de Dios nos asiste para divinizar nuestros actos y valorizarlos hasta en sus menores detalles, sobrellevándolos hasta ponerlos al nivel de las intenciones de Cristo, nivel en el que nos deberíamos mantener sin desfallecimientos, conscientes de nuestra filiación divina. Nuestras vidas deberían desarrollarse, en todos sus instantes, al soplo del Espíritu del Padre y del Hijo, sin desviarse nunca hacia el mal, sin retardar jamás su impulso hacia Dios.

El Espíritu Santo se halla no sólo muy cerca de nosotros, sino dentro de nosotros, en lo más hondo de nuestras almas, para iluminarnos con las claridades de Dios, para inspirarnos la realización de acciones enteramente divinas y facilitarnos su cumplimiento. Cuanto más se entrega un alma al Espíritu Santo, más se diviniza. La santidad perfecta consiste en no rehusarle nada al Amor.

d) Extremar nuestra docilidad y obediencia a los que Dios ha puesto en la Iglesia para gobernarnos.
-— Imitemos los ejemplos dé los santos. Santa Teresa —como hemos visto— obedecía a sus confesores con preferencia al mismo Señor, y éste alabó su conducta. El alma dócil, obediente y humilde está en inmejorables condiciones para recibir las ilustraciones de lo alto. Nada hay, por el contrario, que aleje tanto de nosotros el eco misterioso de la voz de Dios como el espíritu de autosuficiencia y de insubordinación a sus legítimos representantes en la tierra.


Fin




8 momentos de la prudencia... pág. 155

nota 5
Son los siguientes:
memoria de lo pasado, Inteligencia de lo presente, docilidad, sagacidad, razonamiento, providencia, circunspección y cautela o precaución (cf. II-II q.49 a.1-8).


Ha determinado Dios que el hombre se rija y gobierne por los hombres.



La santidad perfecta consiste en no rehusarle nada al Amor. (Espíritu Santo)





El_Gran_Desconocido_El_Espiriritu_Santo_y_Sus_Dones.pdf

El gran desconocido El Espíritu Santo y sus dones
POR ANTONIO ROYO MARIN