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    Los 7 Dones del Espíritu Santo

EL DON DE FORTALEZA

 

En la escala ascendente de los dones del Espíritu Santo ocupa el segundo lugar el don de fortaleza, encargado primariamente de perfeccionar la virtud infusa del mismo nombre. Vamos a estudiarlo con el cuidado y atención que merece su gran importancia en la vida espiritual

 

1. Naturaleza del don de fortaleza

Él don de fortaleza es un hábito sobrenatural que robustece al alma para practicar, por instinto del Espíritu Santo, toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades que puedan surgir

Expliquemos un poco la definición, palabra por palabra.

 

Es un hábito sobre natural, como los demás dones y virtudes infusas. Que robustece el alma. Precisamente tiene por misión elevar sus fuerzas hasta el plano de lo divino, como veremos en seguida.

 

Para practicar por instinto del Espíritu Santo.

Es lo propio y específico de los dones. Bajo su acción, el alma no discurre ni razona; obra por un impulso interior, a manera de instinto, que procede directa o inmediatamente del mismo Espíritu Santo, que pone en marcha sus dones.

 

Toda clase de virtudes heroicas.

 

— Aunque la virtud que el don de fortaleza viene a perfeccionar y sobre la que recae directamente es la de su mismo nombre, sin embargo, su influencia llega a todas las demás virtudes, cuya práctica en grado heroico supone una fortaleza de alma verdaderamente extraordinaria, que no podría proporcionar la sola virtud abandonada a sí misma  

Por eso, el don de fortaleza, que tiene que abarcar tantos y tan diversos actos de virtud, necesita, a su vez, ser gobernado por el don de consejo

 

«Este don —advierte el  Padre Lallemant— es una disposición habitual que pone el Espíritu Santo en él alma y en el cuerpo para hacer y sufrir cosas extraordinarias, para emprender las acciones más difíciles, para exponerse a los daños más temibles, para superar los trabajos más rudos, para soportar las penas más horrendas; y esto constantemente y de una manera heroica».

 

Con invencible confianza .

— Es una de las más claras notas de diferenciación entre la virtud y el don de fortaleza. También la virtud —dice Santo Tomás— tiene por misión robustecer al alma para sobrellevar cualquier dificultad o peligro; pero proporcionarle la invencible confianza de que los superará de hecho pertenece al don de fortaleza. Exponiendo este punto concreto, escribe con acierto el  Padre Arrighini:

 

«A pesar de la semejanza de la definición, no se debe confundir el don de fortaleza con la virtud cardinal del mismo nombre. Porque* si bien suponen ambos una cierta firmeza y energía de espíritu, la virtud de la fortaleza tiene sus límites en la potencia humana, que nunca podrá sobrepasar; pero el don del mismo nombre, en cambio, se apoya en la potencia divina, según la expresión del profeta: «Con mi Dios traspaso la muralla» (Sal 18,30), o sea traspasaré todos los obstáculos que puedan surgir para alcanzar el último fin.

 

Secundariamente, si la virtud cardinal de la fortaleza proporciona el suficiente coraje para afrontar en general tales obstáculos, no infunde, sin embargo, la confianza de afrontarlos y superarlos todos, como hace el don análogo del Espíritu Santo.

 

Además, la virtud de la fortaleza, precisamente porque se encuentra limitada por la potencia humana, no se extiende igualmente a toda clase de dificultades; y por eso se da el caso de quien supera fácilmente las tentaciones de orgullo, pero no tanto las de la carne; o quien evita cierta dase de peligros, pero no otros, etc.

El don de fortaleza, en cambio, apoyándose completamente en la divina omnipotencia, se extiende a todo, se basta para todo y hace exclamar con Job: «Ponme, Dios mío, junto a ti y venga a asaltarme el que quiera» (Job 17,3).

 

En fin, la virtud de la fortaleza no siempre consigue su objeto, ya que no es propio del hombre superar todos los peligros y vencer en todas las luchas; pero Dios puede muy bien hacer esto, y como el don de fortaleza nos infunde precisamente la divina potencia, podrá el hombre con él superar ágilmente todo peligro y enemigo, combatir y vencer en toda batalla y repetir con el Apóstol: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4,13).

 

 

Por todo esto se comprende fácilmente que el don de fortaleza sea muy superior a la virtud del mismo nombre. Esta trae su energía de la gracia hasta el punto en que lo consiente la humana potencia; aquél hasta el punto que sea necesario para combatir y vencer. La primera hace obrar siempre al modo humano; el segundo, al modo divino. La fortaleza, como virtud, va siempre unida al freno y al juicio de la prudencia cristiana; el don, en cambio, empuja a resoluciones que, sin d, parecerían ser presunciones, temeridades, exageraciones. Precisamente a esto se deben las críticas y los falsos juicios que incluso hombres sensatos y creyentes se permiten hacer en tono a ciertos heroísmos de nuestros santos. Los juzgan según la prudencia, incluso cristiana si se quiere; los juzgan del modo que podrían obrar ellos mismos. Pero no piensan que en los santos hay otro motor mucho más alto y potente que puede hacerles correr y saltar a alturas inalcanzables con sus pobres piernas. Es preciso tener esto muy en cuenta para juzgar con acierto esas aparentes locuras de los santos».
Hay, en efecto, una gran diferencia entre las posibilidades de la virtud adquirida, la virtud infusa y el don de fortaleza, aunque lleven los tres el mismo nombre. Y así:

    a) La fortaleza natural o adquirida robustece el alma para sobrellevar los mayores trabajos y exponerse a los mayores peligros, como vemos en muchos héroes paganos; pero no sin cierto temblor y ansiedad, nacido de la clara percepción de la flaqueza de las propias fuerzas, únicas con que se cuenta.

   b) La fortaleza infusa se apoya, ciertamente, en el auxilio divino—que es de suyo omnipotente e invencible—, pero se conduce en su ejercicio al modo humano, o sea según la regla de la razón iluminada por la fe, que no acaba de quitarle del todo al alma el temor y temblor.

   c) El don de fortaleza, en cambio, le hace sobrellevar los mayores males y exponerse a los más inauditos peligros con gran confianza y seguridad, por cuanto la mueve el propio Espíritu Santo no mediante el dictamen de la simple prudencia, sino por la altísima dirección del don de consejo, o sea por razones enteramente sobrenaturales y divinas.

2. Importancia y necesidad


El don de fortaleza es absolutamente necesario para la perfección de la virtud cardinal del mismo nombre, para la de todas las virtudes infusas y, a veces, incluso para la simple permanencia en el estado de gracia. Veámoslo en particular.
   a) Para  la perfección  de  la  virtud  cardinal de la fortaleza .—La razón fundamental es
la que hemos ya indicado más arriba. Aunque la virtud de la fortaleza tiende de suyo a robustecer al alma contra toda clase de dificultades y peligros, no lo acaba de conseguir del todo mientras permanezca, sometida al régimen de la razón iluminada por la fe (modo humano). Es preciso que el don de fortaleza le arranque de cuajo todo motivo de temor o indecisión al someterla a la moción directa e inmediata del Espíritu Santo (modo divino), que le da una confianza y seguridad inquebrantables .

 He aquí cómo expone esta doctrina el  Padre Arrighini :

«El primer efecto del don de fortaleza es el de completar la virtud cardinal del mismo nombre y llevarla hasta donde ella sola, con las solas energías humanas de que puede disponer, no llegaría nunca. Es necesario convenir que a tales energías el don de fortaleza añade otras sobrenaturales que vigorizan la voluntad, inflaman el sentimiento, excitan la fantasía y todas las otras facultades más nobles del alma para disponerlas serenamente a los mayores riesgos. La experiencia demuestra, además, que muchas veces el sobrenatural vigor de un tal don se extiende también al cuerpo, comunicándole una resistencia y energía muy superior a la ordinaria y que no puede menos de llenar de estupor a quien no conozca la divina fuente de donde brota.

 

En virtud de esta fuente, o sea de la fortaleza infusa por el Espíritu Santo especialmente en el sacramento de la confirmación, el mundo ha podido contemplar, a lo largo de veinte siglos, increíbles maravillas. Ha visto millones de almas de ricos y pobres, de doctos e ignorantes, de viejos y jóvenes, viviendo en todos los estados y condiciones, bajo todas las latitudes, en medio de todos los peligros, fuertes, llenos de coraje, constantes en la ejecución de sus deberes cristianos, en superar las tentaciones del mundo, del demonio y de la carne, en combatir y vencer toda clase de enemigos y peligros. El propio Espíritu Santo rinde por boca de San Pablo su propio testimonio: «Por la fe subyugaron reinos, ejercieron la justicia, alcanzaron las promesas, obstruyeron la boca de los leones, extinguieron la violencia del fuego, escaparon al filo de la espada, convalecieron dé la enfermedad, se hicieron fuertes en la guerra, desbarataron los campamentos de los extranjeros» (Heb 11,33-34).

 

De este modo conocemos lo que tantos cristianos han hecho con el don de fortaleza. Veamos ahora lo que han soportado y padecido: «Las mujeres recibieron sus muertos resucitados; otros fueron sometidos a tormento, rehusando la liberación por alcanzar una resurrección mejor; otros soportaron irrisiones y azotes, aún más, cadenas y cárceles; fueron apedreados, tentados, aserrados, murieron al filo de la espada, anduvieron errantes, cubiertos de pieles de oveja y de cabra, necesitados, atribulados, maltratados; aquellos de quienes no era digno el mundo, perdidos por los desiertos y por los montes, por las cavernas y por las grietas de la tierra» (Heb 11,35-38). He aquí lo que todo el mundo ha podido ver y admirar».


   b) Para la perfección de las demás virtudes infusas.

—Únicamente puede llamarse perfecta una virtud cuando su acto brota del alma con energía, prontitud e inquebrantable perseverancia. Ahora bien, este heroísmo continuo y jamás desmentido es francamente sobrenatural, y no puede explicarse satisfactoriamente más que por la actuación del modo sobrehumano de los dones del Espíritu Santo, particularmente en este sentido del don de fortaleza.


   c) Para permanecer en estado de gracia.

— Hay ocasiones en que el dilema se presenta inexorablemente: el heroísmo o el pecado mortal, una de dos. En estos casos —mucho más frecuentes de lo que se cree— no basta la simple virtud de la fortaleza. Precisamente por lo violento, repentino e inesperado de la tentación —cuya aceptación o repulsa, por otra parte, es cuestión de un segundo— no es suficiente el modo lento y discursivo de las virtudes de la prudencia y fortaleza; es menester la intervención rápida de los dones de consejo y de fortaleza. Precisamente —como ya vimos— se funda el Doctor Angélico en este argumento para proclamar la necesidad de los dones, incluso para la salvación eterna.


«Este don —escribe a este propósito el  Padre Lallemant—. es extremadamente necesario en ciertas ocasiones en las que se siente uno combatido por tentaciones apremiantes, a las que, si se quiere resistir, es preciso resolverse a perder los bienes, el honor o la vida.

En estos casos, el Espíritu Santo ayuda poderosamente con su consejo y su fortaleza al alma fiel que, desconfiando de sí misma y convencida de su debilidad y de su nada, implora su auxilio y pone en El toda su confianza.

En estos trances, las gracias comunes no son suficientes; se precisan luces y auxilios extraordinarios. Por esto, el profeta Isaías enumera juntamente los dones de consejo y de fortaleza; el primero, para iluminar el espíritu, y el otro, para fortalecer el corazón».


Insistiendo en estas razones y concretándolas con relación a los tres principales enemigos del alma, escribe otro excelente autor:

«Por todo cuanto acabamos de decir, se comprende sin esfuerzo que el don de fortaleza no es necesario únicamente a los héroes, a los mártires o al cumplimiento de extraordinarias empresas; no menos que los otros dones del Espíritu Santo, es, a veces, necesario indistintamente a todos los hombres para conseguir su eterna salvación y, por lo mismo, para vivir cristianamente y combatir y vencer en esta gran batalla que es la vida del hombre sobre la tierra, como nos lo advierte el propio Espíritu Santo por boca de Job: «La vida del hombre sobre la tierra es una milicia» (Job 7,1).

 

La experiencia lo demuestra. Es una continua batalla contra todo y contra todos. Contra nuestra misma naturaleza corrompida, puesto que todos —no excluido el propio Apóstol, que fue arrebatado hasta el tercer cielo— «sentimos en nuestros miembros otra ley que repugna a la ley de Dios y nos empuja al pecado» (Rom 7,23), a la que es preciso resistir si no se quiere llegar a la desoladora conclusión de aquel poeta pagano que decía: «Veo lo mejor y lo apruebo, pero hago lo peor»

 

    a) Batalla contra nuestras pasiones.

—A maneta de perro ladrador —dice el  Padre Lacordaire—, se agazapan en el fondo del corazón, dispuestas a ladrar y a morder en cualquier mínima ocasión. Basta una insignificancia: la vista de una persona, la lectura de una página de una novela o de un periódico, una palabra, una sonrisa, un gesto, para despertarlas súbitamente; pero ¡cuántas luchas y fatigas para frenarlas y someterlas a la recta razón!

 

   b) Batalla contra el mundo.

—Contra su moral corrompida y corruptora, las malas compañías, sus innumerables seducciones, sus modas escandalosas, sus placeres, sus fiestas impuras... Es imposible —decía el mismo Platón, aunque pagano—vivir honestamente por mucho tiempo en medio del mundo; un ángel mismo acabaría por caer sin un socorro especial del Espíritu Santo.

 

   c) Batalla contra el demonio.

—Es el enemigo peor y el más terrible. No se le ve, no se le siente, no se sabe de dónde viene y a dónde va. Pero es cierto, como dice San Pedro, que se encuentra por todas partes y se agita en torno nuestro «como león rugiente, buscando a quién devorar» (1 Pe 5,8).

 

Si el mismo Cristo nuestro Señor fue tentado tres veces por el demonio, ¿quién podrá permanecer seguro y tranquilo? Todos debemos continuamente combatir.

Contra nosotros mismos, contra nuestras pasiones, contra el mundo, contra el demonio. Y todavía restan otros muchos enemigos: las enfermedades que atentan contra la salud, las desventuras, las desgracias, los sinsabores que nunca faltan, preocupaciones, fastidios... Con razón decía Job que la vida del hombre sobre la tierra es una continua e inacabable lucha.

Ahora bien, ¿cómo podrá el hombre por sí solo —aunque sea ayudado con la sola virtud cristiana de la fortaleza, que pone en ejercicio únicamente sus energías humanas—, no ya superar, pero ni siquiera afrontar tantos y tan poderosos enemigos? Se comprende sin esfuerzo que le será necesaria alguna cosa más, una ayuda divina, una fortaleza estrictamente sobrehumana, que es precisamente la que puede infundirle en su alma y en sus mismos miembros el don del divino Espíritu.»

 

3. Efectos que produce en el alma.

 

Son admirables los efectos que produce en el alma el don de fortaleza. He aquí los principales:

   1) Proporciona al alma una energía inquebrantable en la práctica de la virtud.

 

—Es una consecuencia inevitable del modo sobrehumano con que a través del don se practica la virtud de la fortaleza. El alma no conoce desfallecimientos ni flaquezas en el ejercicio de la virtud. Siente, naturalmente, el peso del día y del calor, pero con energía sobrehumana sigue impertérrita hacia adelante a pesar de todas las dificultades. Acaso nadie con tanta fuerza y energía haya sabido exponer las disposiciones de estas almas como Santa Teresa de Jesús cuando escribe estas palabras: «Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella (la perfección), venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera o en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo» “.

 

Esto es francamente sobrehumano y efecto clarísimo del don de fortaleza.

El  Padre Meynard resume muy bien los principales efectos de esta energía sobrehumana en la siguiente forma: «Los efectos del don de fortaleza son interiores y exteriores. El interior es un vasto campo abierto a todas las generosidades y sacrificios, que llegan con frecuencia al heroísmo; son luchas incesantes y victoriosas contra las solicitaciones de Satanás, contra el amor y la rebusca de sí mismo, contra la impaciencia.

En el exterior son nuevos y magníficos triunfos obtenidos por él Espíritu Santo contra el error y el vicio; y también nuestro pobre cuerpo, participando de los efectos de una fortaleza verdaderamente divina y entregándose con ardor, ayudado sobrenaturalmente, a las prácticas de la mortificación o sufriendo sin desfallecer los más crueles dolores. El don de fortaleza es, pues, verdaderamente el principio y la fuente de grandes cosas emprendidas o sufridas por Dios» “ .

 

    2) Destruye por completo la tibieza en el servicio de Dios.

 

—Es una consecuencia natural de esta energía sobrehumana. La tibieza —verdadera tuberculosis del alma, que a tantos tiene completamente paralizados en el camino de la perfección— obedece casi siempre a la falta de energía y fortaleza en la práctica de la virtud.

Les resulta demasiado cuesta arriba tener que vencerse en tantas cosas y mantener su espíritu un día y otro día en la monotonía del cumplimiento exacto del deber hasta en sus detalles más mínimos.

La mayoría de las almas desfallecen de cansancio y renuncian a la lucha, entregándose a una vida rutinaria, mecánica y sin horizontes, cuando no vuelven del todo las espaldas y abandonan por completo el camino de la virtud. Sólo el don de fortaleza, robusteciendo en grado sobrehumano las fuerzas del alma, es remedio proporcionado y eficaz para destruir en absoluto y por completo la tibieza en el servicio de Dios.


   3) Hace al alma intrépida y valiente ante toda clase de peligrosos enemigos.

—Es otra de las grandes finalidades o efectos del don de fortaleza, que aparece con caracteres impresionantes en la vida de los santos.

Los apóstoles, cobardes y miedosos, abandonan a su Maestro en la noche del jueves santo— ¡aquel Pedro que le negó tres veces después de haberle prometido que moriría por El!—, se presentan ante el pueblo en la mañana de Pentecostés con una entereza y valentía sobrehumanas.

No temen a nadie. No tienen para nada en cuenta la prohibición de predicar en nombre de Jesús impuesta por los jefes de la Sinagoga, porque «es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Act 5,29).

Son apaleados y afrentados, y salen del concilio «contentos y alegres de haber sufrido aquel ultraje por el nombre de Jesús» (Act 5,41).

Todos- confesaron a su Maestro con el martirio. Y aquel Pedro que se acobardó de tal modo ante una mujercita, que no vaciló en negar a su Maestro, muere con increíble entereza, ‘crucificado cabeza abajo, confesando al Maestro, a quien negó.

Todo esto era perfectamente sobrehumano, efecto del don de fortaleza que recibieron los apóstoles, con una plenitud inmensa, en la mañana de Pentecostés.

 

Después de ellos son innumerables los ejemplos en las vidas de los santos. Apenas se conciben las dificultades y peligros que hubieron de vencer un San Luis, rey de Francia, para ponerse al frente de la cruzada; una Santa Catalina de Siena para hacer regresar al papa a Roma; una Santa Teresa para reformar toda una orden religiosa; una Santa Juana de Arco para luchar con las armas contra los enemigos de Dios y de su patria, etc. Eran verdaderas montañas de peligros y dificultades las que les salían al paso; pero nada era capaz de detenerles: puesta su confianza únicamente en Dios, seguían adelante con energía sobrehumana hasta ceñir su frente con el laurel de la victoria. Era sencillamente un efecto maravilloso del don de fortaleza que dominaba su espíritu.

    4) Hace soportar los mayores dolores con gozo y alegría.

—La resignación, con ser una virtud muy. laudable, es, sin embargo, imperfecta. Los santos propiamente no la conocen. No se resignan ante el dolor: le salen gozosos a su encuentro. Y unas veces esta locura de la cruz se manifiesta en penitencias y maceraciones increíbles (María Magdalena, Margarita de Cortona, Enrique Susón, Pedro de Alcántara), y otras en una paciencia heroica, con la que soportan, con el cuerpo destrozado, pero con el alma radiante de alegría, los mayores sufrimientos, enfermedades y dolores.

 

«He llegado a no poder sufrir —decía Santa Teresita del Niño Jesús—, porque me es dulce todo padecimiento». ¡Lenguaje de heroísmo, verdaderamente sobrehumano, que procede directa e inmediatamente de la actuación intensísima del don de fortaleza! Los ejemplos son innumerables en las vidas de los santos.

   5) Proporciona al alma el «heroísmo de lo pequeño», además del heroísmo de lo grande.

—No se necesita mayor fortaleza para sufrir de un golpe el martirio que para soportar sin el menor desfallecimiento ese martirio a alfilerazos que constituye la práctica heroica del deber de cada día, con sus mil menudos detalles y pequeñas incidencias. Ser obstinadamente fiel al deber de cada día, sin permitir jamás la menor infracción voluntaria, supone un heroísmo constante, que sólo puede proporcionarlo al alma la actuación intensa del don de fortaleza.


4. Bienaventuranzas y frutos correspondientes


Santo Tomás, siguiendo a San Agustín, atribuye al don de fortaleza la cuarta bienaventuranza: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de santidad, porque ellos serán hartos» (Mt 5,6), porque la fortaleza recae sobre cosas arduas y difíciles; y desear santificarse, no de cualquier manera, sino con verdadera hambre y sed, es en extremo arduo y difícil”.

 

Y así vemos, en efecto, que las almas dominadas por el don de fortaleza tienen un deseo insaciable de hacer y de sufrir grandes cosas por Dios. Ya en este mundo comienzan a recibir la recompensa con el crecimiento de las virtudes y los goces espirituales intensísimos con que Dios llena frecuentemente sus almas.

Los frutos del Espíritu Santo que responden a este don son la paciencia y la longanimidad. El primero, para soportar con heroísmo los sufrimientos y males; el segundo, para no desfallecer en la práctica prolongada del bien

5. Vicios opuestos

Según San Gregorio, al don de fortaleza se oponen el temor desordenado o timidez, acompañado muchas veces de cierta flojedad natural, que proviene del amor a la propia comodidad, nos impide emprender grandes cosas por la gloria de Dios y nos impulsa a huir de la abyección y del dolor.

 

«No se puede decir —escribe el  Padre Lallemant— de cuántas omisiones nos hace culpables el miedo. Son muy pocas las personas que hacen por Dios y por el prójimo todo cuanto podrían hacer. Es preciso imitar a los santos, no temiendo más que al pecado, como San Juan Crisóstomo; enfrentándonos con toda dase de riesgos y peligros, como San Francisco Javier; deseando afrentas y persecuciones, como San Ignacio.»
 

6. Medios de fomentar este don.

Además de los medios generales para el fomento de los dones (recogimiento, oración, fidelidad a la gracia, invocar al Espíritu Santo, etc.), afectan muy de cerca al don de fortaleza los siguientes, entre otros muchos:


   a) Acostumbrarse al cumplimiento exacto del deber a pesar de todas las repugnancias.

—Hay heroísmos que acaso no estén a nuestro alcance con las fuerzas de que disponemos actualmente; pero es indudable que con la simple ayuda de la gracia ordinaria, que Dios no niega a nadie, podríamos hacer mucho más de lo que hacemos.

Nunca, ni con mucho, podremos llegar al heroísmo de los santos hasta que actúe intensamente en nosotros el don de fortaleza; pero esta actuación no suele producirla el Espíritu Santo para premiar la flojedad y pereza voluntarias. Al que hace lo que puede, no le faltará la ayuda de Dios; pero nadie puede quejarse de no experimentarla si ni siquiera hace lo que puede. «A Dios rogando y con el mazo dando.»

    b) No pedir a Dios que nos quite la cruz, sino únicamente que nos dé fuerza para sobrellevarla santamente.

—El don de fortaleza se da a los santos para que puedan resistir las grandes cruces y tribulaciones por las que inevitablemente tiene que pasar todo aquel que quiera llegar a la cumbre de la santidad. Ahora bien, si al experimentar cualquier dolor o sentir el peso de una cruz que la Providencia nos envía, empezamos a quejamos y a pedirle a Dios que nos la quite, ¿de qué nos maravillamos si no vienen en nuestra ayuda los dones del Espíritu Santo?

 

Si, al probarnos en cosas pequeñas, Dios nos halla flacos, ¿cómo va a seguir adelante en su acción divina purificadora? No nos quejemos de las cruces; pidamos al Señor tan sólo que nos dé fuerzas pata llevadas. Y espetemos tranquilos, que pronto sonará la hora de Dios. Jamás se dejará vencer en generosidad.

 

    c) Practiquemos, con valentía o debilidad, mortificaciones voluntarias.

 

—No hay nada que tanto fortalezca contra el frío como acostumbrarse a vivir a la intemperie. El que se abraza voluntariamente con el dolor acaba por no temblar ante él y hasta por encontrar verdadero gusto en experimentarlo. No se trata de que nos destrocemos a golpes de disciplina o practiquemos las grandes maceraciones de muchos santos: no está todavía el alma para ello.

 

Pero esos mil pequeños detalles de la vida diaria: guardar silencio cuando se siente la comezón de hablar; no quejarse nunca de la inclemencia del tiempo, de la calidad de la comida, etc.; mostrarse cariñosos y serviciales con las personas antipáticas; recibir con humildad y paciencia las burlas, reprensiones y contradicciones, y otras mil cosillas por el estilo, podemos y debemos hacerlas violentándonos un poco con ayuda de la gracia ordinaria.

Ni es menester sentirse valientes o esforzados para practicar estas cosas.

Pueden llevarse a cabo aun en medio de nuestra flaqueza y debilidad.

Santa Teresita del Niño Jesús se alegraba de sentirse tan débil y con tan pocas fuerzas, porque así ponía toda su confianza en Dios y todo lo esperaba de EL.

 

    d) Busquemos en la Eucaristía la fortaleza para nuestras almas.

— La Eucaristía es el pan de los ángeles, pero también el pan de los fuertes. ¡Cómo robustece y conforta al alma este alimento divino! San Juan Crisóstomo dice que hemos de levantarnos de la sagrada mesa con fuerzas de león para lanzarnos a toda dase de obras heroicas por la gloria de Dios.

Es que en ella nos ponemos en contacto directo y entrañable con Cristo, verdadero león de Judá (Ap 5,5), que se complace en transfundir a nuestras almas algo de su divina fortaleza.

 

 

 

Fin

 

 


« ls Jo. hom.61,3: ML 59,260.


10 O jc ., ptrnc.4 c.4 a.6.

 

w Cf. II-II q.139 a2 . “

 

a. n-n q.139 a.2 ad3. “

 

Cf. Morales c.49: ML 75.593.

Cf. Novissima verba, día 29 de mayo.

15  Padre Meynard, O.  Padre, Traité de la vie intérieure I 264.

 

14 San Teresa, Camino de perfección. 21 »2.

 

13 Ovidio, Metamorfosis 1.7 v.20-21.

 

10 a. I-n q.68 a .2. 11 La doctrina espiritual princ.4 c.4 a.6. 13  Padre Abkichini, o.c.,  Padre338-340.

 

* Cí. II-II q.139 a.l ad 1. • O.C.,  Padre336-38.

 

7 Cf. Juan de Santo Tomas, 1« 1-11 d.18 a.6.

4 - «Cuanto más alta es una potencia —escribe Santo Tomás—, tanto se extiende a mayor número de cosas... Y, por lo mismo, el don de fortaleza se extiende a todas las dificultades que pueden surgir en las cosas humanas... El acto principal del don de fortaleza es soportar todas las dificultades, ya sea en las pasiones, ya en las operaciones» (In III Sant. d.34 q.3 a.l q.*2 sol.).

  

3 Cf. II-II q.139 a.l ad 3. 4  Padre Laixem ant, La doctrina espiritual princ.4 c.4 a.6. 5 a . II-II q.139 a.l ad 1. 6  Padre Arrighini, 11 Dio ignoto (Roma 1937)  Padre334-36.

 

 

1 Cf. nuestra Teología de la perfección cristiana (Madrid “1968} n.442-47.
















El_Gran_Desconocido_El_Espiriritu_Santo_y_Sus_Dones.pdf
El gran desconocido
El Espíritu Santo y sus dones
POR ANTONIO ROYO MARIN
























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