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Tercera parte de la Introducción a la vida devota


CAPÍTULO XV


CÓMO HA DE PRACTICAR LA POBREZA REAL EL QUE ES RICO DE HECHO


El pintor Parrasio pintó al pueblo ateniense de una manera muy ingeniosa, representándolo con un carácter diverso y variable, colérico, injusto, inconstante, cortés, clemente, misericordioso, altivo, glorioso, humilde, valiente y pusilánime y todo esto en un conjunto; pero yo, amada Filotea, quisiera poner juntas en tu corazón la riqueza y la pobreza, un gran cuidado y un gran desprecio de las cosas temporales.


Has de tener mucho más interés del que tienen los mundanos en hacer que tus bienes sean útiles y fructuosos. Dime: los jardineros de los grandes príncipes ¿no son mucho más solícitos y diligentes en cultivar y embellecer los jardines que tienen bajo su cuidado, que si fuesen de su propiedad? ¿Por qué esto? Sin duda, porque consideran aquellos jardines como jardines de príncipes y de reyes, a los cuales desean hacerse gratos por estos servicios. Ahora bien, Filotea, los bienes que tenemos no son nuestros: Dios nos los ha dado y quiere que los hagamos útiles y fructuosos, por lo que le prestamos un servicio agradable cuando tenemos este cuidado.


Pero conviene que sea un cuidado más grande y más sólido que el que tienen los mundanos de sus bienes, porque éstos sólo trabajan por amor de sí mismos, y nosotros hemos de trabajar por amor de Dios; ahora bien, así como el amor de sí mismo es un amor violento, turbulento e inquieto, así también el cuidado que produce está lleno de turbación, de tristeza y de inquietud; y, así como el amor de Dios es dulce, apacible y tranquilo, así la solicitud que de él se deriva, aunque se trate de los bienes de la tierra, es amable, dulce y graciosa. Tengamos, pues, este cuidado amable de la conservación, y aun del aumento, de nuestros bienes temporales, cuando se ofrezca ocasión justa para ello y en cuanto lo exija nuestra condición, ya que Dios quiere que así lo hagamos por su amor.


Pero procura que el amor propio no te engañe, porque, a veces, de tal manera remeda el amor de Dios, que se corre el riesgo de creer que ambos son una misma cosa. Ahora bien, para impedir que te engañe y que este cuidado de los bienes temporales degenere en avaricia, además de lo que te he dicho en el capítulo precedente, es menester practicar con mucha frecuencia la pobreza real y efectiva, en medio de todos los bienes y riquezas que Dios nos haya dado.


Despréndete siempre de alguna parte de tus haberes, dándolos de corazón a los pobres; porque dar de lo que se posee es empobrecerse algún tanto, y, cuanto más des, más pobre serás. Es cierto que Dios te lo devolverá, no sólo en el otro mundo, sino también en éste, porque nada ayuda tanto a prosperar como la limosna; siempre serás pobre de ello. ¡ Oh! ¡Santa y rica pobreza la que nace de la limosna!


Ama a los pobres y a la pobreza, porque, mediante este amor, llegarás a ser verdaderamente pobre, porque, como dice la Escritura, nosotros nos volvemos como las cosas que amamos. El amor hace iguales a los amantes. ¿Quién es débil -dice San Pablo-, que yo no lo sea con él?» Y hubiera podido decir: «¿Quién es pobre, que yo no lo sea con él?» porque el amor le hacía ser como aquellos a quienes amaba. Si, pues, amas a los pobres, serás verdaderamente amante de su pobreza, y pobre como ellos. Ahora bien, si amas a los pobres, has de andar con frecuencia entre ellos; complácete en hablarles; no te desdeñes de que se acerquen a ti en las iglesias, en las calles y en todas partes. Seas con ellos pobre de palabra, hablándoles como una amiga, pero seas rica de manos, dándoles de tus bienes, ya que eres poseedora de riquezas.


¿Quieres hacer más, Filotea? No te contentes con ser pobre con los pobres, sino procura ser más pobre que los pobres, ¿De qué manera? «El siervo es menos que su señor». Hazte, pues, sierva de los pobres. Sírveles en el lecho cuando están enfermos, con tus propias manos; seas su cocinera a costa tuya; seas su costurera y su lavandera. ¡Oh, Fílotea! este servicio es más glorioso que una realeza.


Nunca he admirado lo bastante el fervor con que este consejo fue practicado por San Luis, uno de los grandes reyes que ha habido en el mundo -gran rey, digo; rey de toda clase de grandezas- Servía con frecuencia a los pobres, a quienes sustentaba, y, casi todos los días, hacía sentar tres a su mesa; con frecuencia comía de sus sobras, con un amor sin igual. Cuando visitaba los hospitales (cosa que hacía muy a menudo), solía servir a los que padecían los males más horribles, como a los leprosos, a los cancerosos y a otros semejantes, y les servía con la cabeza descubierta y de rodillas, respetando, en su persona, al Salvador del mundo, y amándolos con un afecto tan tierno como el de una dulce madre para con su hijo. Santa Isabel, hija del rey de Hungría, estaba ordinariamente entre los pobres ´ y, a veces, se complacía en aparecer en medio de sus damas vestida como una mujer pobre, y les decía: «Si fuese pobre, vestiría así». ¡Ah, amada Fílotea! ¡Qué pobres eran este príncipe y esta princesa, en medio de sus riquezas, y que ricos en su pobreza!


«Bienaventurados los que son pobres de esta manera, porque de ellos es el reino de los cielos». «Tenía hambre, y vosotros me disteis de comer; tenía frío, y vosotros me cubristeis; tomad posesión del reino que os ha sido preparado desde la creación del mundo», dirá el Rey de los pobres y Rey de los reyes en su gran juicio.


Nadie hay que, alguna vez, no tenga alguna privación o alguna falta de comodidades. A veces acontece que llega un huésped, al que quisiéramos y deberíamos agasajar, y no hay manera de hacerlo en aquel momento; que tenemos los buenos trajes en otra parte, y nos hacen falta para acudir a donde hay que ir por compromiso; que todos los vinos de la bodega se han echado a perder y están agrios: los únicos que tenemos son malos y recientes; que estamos en el campo, en una mala choza, sin cama ni habitación, ni mesa, ni servicio. Finalmente, por rica que sea una persona, es muy fácil que, con frecuencia, le falte alguna cosa necesaria; ésta es, pues, la manera de ser pobre en las cosas que nos faltan. Filotea, alégrate de estas ocasiones, acéptalas de buen grado y súfrelas gozosamente.


Cuando te sobrevengan contratiempos, que te empobrezcan poco a poco, como tempestades, fuego, inundaciones, esterilidades, hurtos, pleitos, ¡ah!, entonces tienes buena coyuntura para practicar la pobreza, recibiendo con dulzura estas disminuciones de intereses y adaptándote con paciencia y constancia a este empobrecimiento. Esaú se presentó a su padre con las manos cubiertas de pelo, y Jacob hizo lo mismo; mas, como quiera que el pelo que estaba en las manos de Jacob no era de su propia piel, sino de los guantes, se le podía arrancar, sin incomodarle ni martirizarle; por el contrario, como la piel de las manos de Esaú era naturalmente peluda, si le hubiesen querido arrancar el pelo, le hubieran causado dolor; él hubiera gritado y se hubiera enardecido para defenderse. Cuando tenemos nuestros bienes en el corazón, si el mal tiempo, o los ladrones, o algún tramposo nos arrebata una parte de ellos, ¡qué quejas, qué turbaciones, qué impaciencias no sentimos! Pero, cuando nuestros bienes no nos preocupan más de lo que Dios quiere, y no los tenemos en el corazón, si acontece que nos los arrancan ´ no perdemos, por ello el juicio ni la tranquilidad. Es la misma diferencia que existe entre las bestias y el hombre en cuanto al vestir: el ropaje de las bestias está adherido a la carne; el de los hombres es tan sólo postizo, y pueden quitárselo o ponérselo, según les plazca.











Ave María Purísima
Cristiano Católico 18-12-2012  Año de la Fe
Vida Devota













































































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