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Articulo II. -El don de presencia de Dios.

Entrada en la contemplación.

I
Cuando después que un alma ha conseguido una gran pureza de corazón Dios viene a entrar en ella y se le manifiesta claramente por el don de su santa presencia - que es el principio de sus dones sobrenaturales- el alma se encuentra tan encantada en este nuevo estado que le pare que anteriormente no había conocido ni amado a Dios. Se extraña de la ceguera y estupidez de los hombres; condena la pereza y languidez en que generalmente vivimos ; deplora las pérdidas que por su cobardía cree haber sufrido; piensa que toda su vida anterior no merecía el nombre de vida y que es en ese momento cuando realmente empieza a vivir.

II
En vano nos esforzamos en querer conseguir la presencia de Dios, si Él mismo no nos la concede. Es un puro don de su misericordia. Pero una vez recibido, por esta presencia y en esta presencia, vemos a Dios y a la voluntad de Dios en todas nuestras acciones, igual que a un mismo tiempo vemos la luz y los cuerpos que ella nos ilumina. Esta gracia es fruto de una gran pureza de corazón y conduce al alma a una estrecha unión con Dios. Él nos la da cuando nosotros ponemos de nuestra parte todo lo posible y hacemos todo lo que debemos hacer.

III
Podemos tener continua oración si estamos plenamente poseídos por Dios. Sucede a veces que una pasión, un resentimiento o una acritud del espíritu nos posee de tal manera que nos tiene completamente distraídos durante dos o tres días, sin que casi podamos pensar en otra cosa. No pasa hora del día en que no sintamos este desagrado. Y aunque nos parezca que resistimos a esta influencia, sin embargo si Dios nos deja ver el verdadero estado de nuestra corazón, veremos que no queremos estar sin esta pasión y que secretamente la fomentamos. Lo mismo sucede: si tuviéramos una tierna devoción a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, pensaríamos en Él mil veces durante el día. Si el amor de Dios llenara nuestro corazón, nos acordaríamos de Él constantemente y no nos sería difícil vivir en su presencia. Todas las cosas nos servirían para elevarnos a Dios y hasta las menores ocasiones excitarían nuestro fervor. Debemos persuadirnos de que Nuestro Señor y la Santísima Virgen nos miran desde el cielo, e incluso que lo hacen con ojos corporales, la excelencia de su vista superando la lejanía del objeto. Así debemos hacer todas nuestras acciones como en su presencia. Es el mejor medio para llegar a la más alta presencia de Dios, en la que siempre vivían los profetas Elías y Eliseo, y que les hacía decir: ( Vive el Señor en cuya presencia estoy ) (1 ). Presencia que es más viva y más prenetrante que la que tenemos por la fe.

Articulo III: Ventajas de la contemplación.

I
La contemplación es la verdadera sabiduría. La que tanto recomiendan los libros de la Sabiduría, el Eclesiástico y el Eclesiastés. Los que se apartan de ella cometen un gran error. Cuando aportamos las disposiciones requeridas no encierra ni el más ligero escollo (2). Es cierto que sí puede existir el peligro de ilusión en los éxtasis y arrobos, sobre todo si la gracia es todavía un poco débil y el alma no está todavía acostumbrada a ,estas cosas; pero en la contemplación en sí no hay ningún peligro.

II
 En la primera epístola de San Pablo a los Corintios leemos que los primeros cristianos poseían habitualmente los dones más maravillosos : el de lenguas, el de curar enfermos, el de hacer milagros y el de discernimiento de espíritus. Y el Santo Apóstol exhorta a los fieles al desea de estos dones sobrenaturales, sobre todo el de profecía, que no consiste solamente en predecir las cosas venideras, sino en entender las Escrituras y en explicarlas para instruir a los pueblos. Sin embargo ahora cuando alguno aspira a algún grado de oración más elevada, se le dice claramente que estos son dones extraordinarios que Dios no da más que cuando le place y a quien quiere y que por lo tanto no se debe ni pedirlos ni desearlos ; y así de esta forma se le cierra para siempre la puerta de estos dones. Es un gran abuso. Si bien es cierto que nadie por sí mismo debe mezclarse en esta clase de oración, tampoco debemos rehusarla si Dios nos la presenta, ni hacer nada positivo que pueda impedir que Él nos introduzca en ella cuando le plazca.

III
La meditación amansa el espíritu y sus actos son de corta duración. En cambio los actos de la contemplación, incluso de la común, duran horas enteras sin trabajo ni aburrimiento; en las almas más puras la contemplación puede durar hasta varios días seguidos, aun en medio del mundo y del agobio de los negocios. En este estado de gloria, el primer acto de la visión beatífica de un alma santa durará eternamente sin desgana, sin cansancio, siempre lo mismo y siempre glorioso. Lo imita en su facilidad y en su duración. No desgasta la salud ni las fuerzas.

IV
La contemplación muestra al alma un mundo nuevo cuya hermosura le encanta. Cuando Santa Teresa salía de la oración decía ( que venía de un mundo incomparablemente más grande y hermoso que mil mundos como éste. San Bernardo, cuando venía de tratar con Dios, sentía pena de tener que volver a tratar con los hombres y temía, como un infierno, el apegarse a las criaturas. Y el santo sacerdote Beato Juan de Ávila, al volver del altar casi no podía soportar el trato con el mundo. El alma pura descubre en la contemplación, sin dificultad y sin ningún esfuerzo por paste de sus potencias, verdades que la arrebatan y retirándola de todas las operaciones de los sentidos, le hacen disfrutar en su interior de un paraíso anticipado.

v
 La contemplación lleva al alma a actos heroicos da caridad, de celo, de penitencia y de otras virtudes, como por ejemplo el martirio. Los santos que han recibido de Dios este don deseaban sufrir siempre diez veces más de lo que sufrían ; y para sentir esos deseos no sentían los combates ni las dificultades que nosotros sentimos generalmente cuando los hacemos. No encontraban en ello más que consuelo.

VI
 Por la contemplación se conocen perfectamente tanto las cosas humanas y temporales como las sobrenaturales y eternas. Se ven aquéllas tan bajas y despreciables que se está convencido de que el estimarlas es el mayor engaño del mundo, y el dejar que el corazón se apegue a ellas, el mayor desorden. Se juzga sin error del valor de las unas y de las otras y se establece la diferencia con la misma facilidad y certeza que una persona entendida en monedas puede decir con sólo verlas o tocarlas: aquélla es de oro; ésta, no.

VII
 Cuando Dios hace que un alma, entre en La contemplación, el alma descubre en sí misma defectos e imperfecciones que antes no veía: como el mirar mucho a una persona guapa, encontrarse a gusto en su compañía y amarla por su hermosura. Esta clase de miradas, estas conversiones y ternezas particulares son para Dios como faltas de impureza y su principio es vicioso.

Articulo IV: - Que la contemplación es necesaria para la vida apostólica, en lugar de serle opuesta.

I
La contemplación no impide el celo por las almas; al contrario la aumenta por tres consideraciones en las hace penetrar a fondo. Primera: todas las almas son capaces de poseer a Dios, y bajo este punto de vista, no hay ninguna que no sea incomparablemente más hermosa que el cielo y la tierra con toda su grandeza y su tesoros. Segunda: todas las almas pertenecen al Hijo de Dios, que dio su vida para rescatarlas, las lava con su sangre; y siendo su herencia y su corona no hay trabajo que no haya que emprender, no hay dolor que no haya que sufrir por su salvación y por su adelantamiento. Tercera: es muy doloroso el estado de un alma en pecado; cómo es de desgraciada y lo cerca que está del infierno. Estas consideraciones hacían desear a San Pablo ser anatema por el bien de sus hermanos, y otros muchos santos, si Dios se lo hubiese permitido, sufrir sin pecado las penas del infierno para evitar la pérdida de un alma. Estos eran los sentimientos de Santa Catalina de Siena, de Santa Catalina de Bolonia y de San Alonso Rodríguez.


II
Sin la contemplación nunca se avanzará mucho en la virtud y tampoco será uno capaz de hacer que avancen los demás. Nunca se vencerán de todo las propias debilidades e imperfecciones estará siempre atado a la tierra, sin la fuerza necesaria para elevarse sobre los sentimientos de naturaleza. Jamás se podrá ofrecer a Dios un servicio perfecto. Con ella en cambio se hará más para si mismo; y para los otros en un mes que sin ella en diez años Produce actos excelentes, libres de la impureza de nuestro natural; actos de amor de Dios muy elevados y que no se podrán hacer sino muy raramente sin este don. En fin, perfecciona la fe y todas las virtudes levantándolas a su más alto grado.


III
 Cuando no se ha recibido este excelente don, es peligroso entregarse demasiado al servicio del prójimo. No debería hacerse sino a manera de ensayo, no siendo que estemos obligados a ello por la obediencia ,. Pero de no ser así, es mejor tener poco empleo fuera, para que de esta forma se ocupe el espíritu en mirarse interiormente, en purificar sin cesar los brotes de la naturaleza y en enderezar todos sus caminos para andar siempre en la presencia de Dios.